jueves, 11 de septiembre de 2008

Nieve - II



Los cascos se hundieron como hojas que calaban el terreno mullido. A ambos lados, algo más allá, moteadas de cipreses apiñados en bosquecillos, se extendían praderas de un verde destellante. El monte Whitmore, acordonado por picos que se prolongaban hacia el oeste, se alzaba desafiante en un azul añil. Estaban a finales de septiembre, y el calor apretaba aún. El alazán corcoveó cuando Rafael Sheeler lo azuzó con un tirón de las riendas. En un mar de ovejas mantenidas a raya por dos perros pastores, el señor Flynn impartía órdenes a dos hombres. Su hijo ya se encontraba cerca, la cabeza gacha. Preparaba un lazo sin decir nada. Rafael, devenido flamante extraño en el rancho, se acercó con gesto vacilante. No fue necesario que se presentara.
- ¡Ea, Sheeler! – gritó el hombre por sobre el berreo de los animales. - ¿Eres tú, verdad? Los peones parecieron mirarlo con desconfianza. Inclinó su sombrero en un gesto que fue mezcla de afirmación y saludo. “Ya me habían advertido acerca de esta región”, pensó mientras lo hacía. Su padre solía decir: “Wyoming. El estado de la arrogancia y la suficiencia inconmensurables. Ah sí, y hay bosques, lagos y montañas también.”
- Harlow, Conroy. Ellos ayudan aquí. – anunció Flynn, señalándolos con brusquedad. Los hombres se miraron con un aire de sorna. A Sheeler se le antojaron cómplices de algo que no acabó por discernir. Tenían el acostumbrado aspecto rudo y viril de los pastores y vaqueros con los que había trabajado. Conroy era bajo, menudo y le faltaba uno de los dientes frontales. Le extrañó que no llevara sombrero sino una raída gorra de los Yankees. Harlow era flaco, algo desgarbado, con el mentón en punta hacia arriba. Se le ocurrió que era aficionado a fumar en pipa.
– Ya conoces a Joshua. Él te dirá qué hacer. – prosiguió el Sr. Flynn. Encendió un cigarrillo, lo observó de soslayo. – ¿A qué esperas? Hay mucho que hacer aquí.
Josh Flynn comenzaba a alejarse lentamente. Sheeler inclinó su cabeza en inútil señal de saludo y no tardó en seguirlo.
- Y muchacho... – exclamó Flynn por entre una nube de humo. - ...a los de esta parte del país nos importa un soberano carajo lo que creen en el sur, ¿entendido?
Sheeler lo contempló. Repasó el lema que su padre repetía. Se limitó a hacer un gesto de afirmación casi imperceptible.
Las pasturas tiernas abundaban sobre el faldeo del monte Whitmore, en los límites del rancho. Condujeron el rebaño hasta el punto donde la pradera comienza a trepar. Harlow, algo más atrás que los dos jóvenes, guiaba una docena de vacas maldiciendo constantemente. Dóciles y a raya bajo la tutela de los perros, las ovejas pastaron mansamente. Josh Flynn pretendió de Rafael la imitación de todas sus acciones y movimientos, pues no soltó palabra durante esa tarde. Diestro en la faena, el joven oriundo de Virginia decidió imitar la presunta discreción oficial del estado. Después de todo, estaba allí por la paga, que no era tan mala.
Soplaba una brisa ligeramente fresca, anticipo del ocaso, cuando su impuesto superior pareció tomar una pausa. Sentado sobre un leño entrecerró su mirada asustadiza. Harlow era una mancha borrosa forcejeando de un ternero indeciso. Sin quitar los ojos de ese panorama fundido en el verde ahora azulado del prado mucho más abajo encendió un cigarrillo.
- ¿Fumas? – preguntó Joshua Flynn al cabo.
Rafael examinaba las patas de un cordero algo cojo. La pregunta con lejanos tintes de invitación lo hizo titubear. – Seguro. – replicó. Echaba la primera pitada cuando la voz seca del muchacho lo disuadió del paso que planeó dar a continuación.
- Será mejor que no pierdas de vista ese cordero. – murmuró Josh, ya recostado todo el largo del añoso tronco, el ala de su sombrero apoyada sobre su nariz.
Jirones de nubes rosáceas coronaban el cordón montañoso cuando se ubicaron en sus sitios a cenar. Rafael dedujo que Conroy y Harlow no estarían allí porque faltaba una oxidada Ford F100 que había visto al llegar ese mediodía. Creyó escuchar que vivían en las afueras de Signal. La señora Flynn los acogió con uno de sus ya característicos gruñidos. Rafael ya había vislumbrado su nariz prominente entre los paños de la cortina de la cocina comedor cuando desmontaba su caballo. Sudaba y cada tanto se abanicaba furiosamente ahora. Mechones de su cabello blanco, liberados de un pulcro nudo atado con una cinta celeste a su espalda se mecían con cada arremetida y le daban una apariencia hostil. Sonrió para sí al asociarla con una bruja ilustrada en un cuento de su infancia. Stanley Flynn bostezaba apoltronado en su puesto a la cabecera de la mesa. Las niñas se miraban de reojo. Blandiendo una cuchara, el bebé lanzaba pequeños trozos de comida en todas direcciones con una mueca de disgusto. Migajas de carne y papa cayeron sobre la mejilla del ausente Joshua cuando su madre se acercaba tambaleante, portando una soberbia fuente que humeaba y despedía un delicado aroma a huevo y cebollas.
- Has llegado al límite, pequeño Stan. – vociferó la mujer. Alzó la silla con el pequeño dentro y la trasladó al rincón más sombrío de la estancia. El niño ensayó un sollozo que pronto se perdió en el ríspido ambiente. – Stan, la oración por favor. – ordenó suavemente cuando tomó asiento, las mejillas hechas un manchón morado. Las niñas se consultaron furtivamente, Josh había clavado su mirada vacía en el vaso con agua que tenía frente suyo. Aunque no era su costumbre, Rafael oró también. Ya tenía en claro que no lo beneficiaría en nada desairar a esa gente. Por un largo momento, luego de la breve plegaria, el aire se inundó del rumor ininterrumpido de vajilla y cubiertos, chasquidos de mandíbula y dientes masticando.
- Madge. – susurró Stanley Flynn, cortante.
La señora Flynn no se excusó cuando, presurosa y todavía sudando, se acercó a Rafael con su plato. Lo apoyó descuidadamente sobre la pequeña mesa del costado donde él esperaba quedamente. Una parte del contenido se derramó sobre el mantel bordado.
- La paga no incluye carne, el señor Flynn ya te lo habrá dicho. – espetó. Los ojos de Rafael ignoraron el menjunje en el plato que le correspondería a diario y, por un segundo, se posaron en el pálido perfil de Joshua, en la huesuda nuez que descendía y ascendía por su garganta.
- ¡Muchacho! – Rafael no reparó en el grito del jefe de la familia. – ¡Sheeler! – cuando lo hizo, un bollo de pan atravesaba el aire hacia él. Lo atajó con un latigazo de sus brazos.
- Niñas, un susurro más y... – amenazó la señora Flynn. – Coman ya. – dictaminó, y lo mismo hizo cuando añadió: – Hace demasiado calor para la época. No nevará hasta Navidad este año. – no había queja ni pesadumbre en su voz, sólo convicción.
Stanley Flynn la escudriñó sonriente. – Si tú lo dices, Madge, así será. – sentenció.

Quiso asegurarse de que los Flynn permanecerían dentro de la casa fumando sobre un costal a un lado de uno de los corrales. Desde allí podía adivinar los movimientos dentro del rancho, guiado por las luces y las sombras que se desplazaban a través de los ventanales. Cuando éstas se hubieron calmado lo suficiente, Rafael tomó una gran cubeta que llenó en un barril hasta el borde de agua, cerca de la bomba. Si no se refrescaba, el intenso calor no lo dejaría dormir esa noche. Junto al catre y a un pequeño armario con una puerta que no cerraba, rincón del granero destinado como vivienda para él, se desnudó despreocupadamente. Deslizó el pan de jabón blanco por su cabello y el cuerpo ya humedecidos con una esponja. La sensación, sumada a una corriente de aire tibio que se coló por el portón abierto, lo reconfortó. Otra más, distinta, repentina, lo hizo girar e intentar ver a sus espaldas cuando restregaba su pelo. Una columna de espuma que se deslizó dentro de sus ojos lo obligó a cerrarlos con fuerza. El jabón los irritó de todos modos. Como pudo, a tientas, buscó la cuba y sumergió la cabeza. Mientras los enjuagaba ayudado por sus dedos, pensó que podía jurar que alguien lo observaba desde la oscura clandestinidad de los fardos apilados por todo el granero. Terminó de asearse, se secó con su toalla deshilachada, se vistió con una de las tres únicas mudas de ropa interior limpia que tenía, y se calzó las gastadas botas de corte texano. De ninguna manera ensuciaría sus pies en el suelo polvoriento. Resuelto, caminó hasta el sitio desde donde sospechaba lo habían estado vigilando. Huellas de otros pies descalzos se dibujaban entre hebras de heno y piedrecillas y luego se perdían en la negrura de la noche en dirección a la casa ahora en penumbras.
Continúa.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Nieve



La señora Flynn descorrió apenas la cortina. Su intuición tampoco falló esta vez, le diría a Stan esa tarde. Una columna de volutas de tierra se elevaba tras la colina que conducía al rancho.
- Parece que lo olieran a uno. - murmuró con un gesto de desaprobación mientras llevaba la pesada olla al centro de la mesa. - No vayan a moverse. - agregó.
Sus manos se revolvían en el delantal a cuadros cuando la camioneta frenó junto al porche de la casa. Calculó que el muchacho que se apeó no tendría más de veintidos años.
- Señora. - saludó, con una leve inclinación de su cabeza, quitándose un viejo sombrero negro con una pluma de águila.
Ella resopló y dijo: - Tú debes ser el joven Sheeler.
El asintió, turbado por la fiereza en los ojos de ella.
- Sheeler, ¿qué? - inquirió.
La duda en el gesto del muchacho sólo consiguió airarla.
- Empezamos mal. Tu nombre, niño.
- Oh, Rafael. Rafael Sheeler.
- ¿Rafael? ¿Qué clase de nombre es ese?
- Pertenece a un pintor, un pintor que le gustaba a mi madre, mucho.
- Habiendo nombres de sobra en América, no veo el punto de complicarse con extravagancias de pintores y tonterías. - giró sobre sus talones y ordenó. - Entra, estábamos por almorzar.
El muchacho la siguió a través de una pequeña recepción en donde colgaban abrigos y sombreros. Un par de rifles se apoyaban contra la pared de listones de madera gris. La señora Flynn no se molestó en sostenerle la puerta de la estancia contigua. Dos niñas de trenzas y un pequeño sentados a la mesa rieron cuando la puerta lo chocó con fuerza. Los saludó sonriéndoles brevemente. Tomó asiento en una de las dos sillas disponibles cuando la señora Flynn exclamó:
- Allí no. Ese es el lugar de Josh, maldita sea. - Rafael saltó de su asiento y ocupó el de al lado. - Ese es el del señor Flynn. Tu lugar es aquel. - señaló una vetusta mesa junto a la pared. Los niños continuaban riendo. - Sue Ann y Megan Flynn, como no terminen esa sopa... - antes de que concluyera la frase las cucharas se hundieron dentro de los platos humeantes.
El joven recordó el emparedado de carne y el trozo de pastel de maíz que había devorado a un costado de la carretera cuando la primer cucharada de caldo atiborrado de frijoles se depositó en su estómago. No quería contradecir a la señora Flynn, no en su primer día al menos.

Un pesado silencio se apoderó de la cocina comedor, quebrado solamente por los sorbidos del pequeño sentado sobre una silla para bebés y el canto de algún pájaro lejano. En otra ocasión con seguridad hubiera contado alguna de sus historias. Pero la señora Flynn no parecía del tipo sociable exactamente. Con sus ojos rapaces no dejaba de escrutar el progreso en el almuerzo de sus niños.
- ¿Tienes veintidos años, ¿verdad? - disparó de pronto, sin girar la cabeza.
- Así es, señora. - Rafael la vio sonreír ampliamente.
Un rumor de galope cobró súbita vida. Al cabo, la puerta de acceso se cerró con un estrépito. Los tablones del piso se estremecieron bajo los tacones que fueron ganando distancia.
- ¿Son éstas horas de llegar? - rugió la señora Flynn. Los niños se miraron con temor. Un jovencito que no llegaría a los veinte años asomó con gesto de duda.
- Lo sé. Perdón, mamá, el...
- Cállate y siéntate. - Con violencia dejó caer una fuente cargada de papas y trozos de carne sobre la mesa. - Come a prisa. Llegó el señor Sheeler. Tu padre lo espera. - La señora Flynn no se molestó en presentarlos, pero Rafael dedujo que se trataba de Josh Flynn. El joven le dedicó una mirada fugaz y enseguida se zambulló en el plato de comida. No esperó a que terminara, se excusó y salió a fumar.
Unos pocos minutos habían pasado cuando un silbido agudo sonó al otro lado de la casa. Rafael atinó a levantar la mirada para ver al joven Flynn montado en su caballo y señalándole otro, al parecer ya listo para él.
- Soy Rafael. - dijo al acercarse, sin tenderle la mano.
El muchacho no lo miró. Apenas dijo: - Para mí serás Sheeler. Sígueme.
Cuando juntó sus cosas y subió al caballo, Josh ya era un punto en las colinas que se perdían en el horizonte.


Continúa.

martes, 12 de agosto de 2008

El Mundo es Maravilloso




Las noticias desalientan. Asustan en muchos aspectos. Las calles en las grandes ciudades intimidan. Hay que estar alerta constantemente. Tener cuidado, evitar lugares oscuros. Billeteras, teléfonos celulares ocultos. Escatimar la información acerca de nuestras actividades y movimientos. El otro es un posible agresor, mejor desconfiar, siempre. Quien escribe estas líneas vive frente a una de las plazas más importantes de la ciudad. La escultura del pensador de Rodin, sigue ajena a los grafitis que intentan decorar su pedestal pero parece más sombría. Palomas de cuello pivotante deambulan por entre papeles, excrementos, envases y suciedad de larga data. El césped hace tiempo abandonó los retazos de tierra dura protegidos por una cerca poco útil. Es una muestra, no es todo. Pero aún así, un mundo indiferente y cruel parece reinar ante los ojos de un vaquero abrumado que no quiere rendirse a pensar que las cosas deban ser así. Para él el mundo puede ser maravilloso. Puede serlo.
Dicen que la vida es lo que haces de ella, al fin y al cabo.






Miguel Ángel Buonarrotti fue uno de los artistas más grandes del Renacimiento italiano. Es casi imposible encontrar las palabras adecuadas para describir su genialidad, su maestría en todo lo que hizo. Para este vaquero embelesado con su obra, él fue la mano de Dios. ¿Cómo explicar, si no, la capilla Sistina, el David, la Piedad? Dedicado por entero al arte, trabajó con fruición incansable desde muy pequeño. Cada día de su vida. Lo consideraba su misión. Y se entregó a ella. En la madurez de su talento, apenas si dormía o se alimentaba. Sentía que perdía tiempo si lo hacía. Sus manos dibujaban, pintaban, esculpían belleza. Sentía el mármol, lo conocía, detectaba las formas que la naturaleza ya había impreso en sus vetas. Fue odiado, castigado, injuriado, prohibido por ello. Objeto de pujas religiosas y políticas. Y amado también, incondicionalmente.



Jamás llegó a ser rico. Poco lo doblegó realmente. Aún convertido en un manojo de piel y huesos, nunca sus manos dejaron de estrechar el pincel ni el cincel. Ni siquiera cuando caprichos papales y reales arreciaban, o cuando pestes y plagas azotaban Florencia y Roma y lo hacían interrumpir su obra. Ese espíritu indómito no lo abandonó sino hasta pasados los ochenta años de edad.






El mundo era distinto en el siglo XVI. ¿Lo era realmente? La naturaleza humana no ha cambiado demasiado, a entender de este vaquero. Es en momentos como éste, cuando es para él sanador recordar que el mundo es maravilloso, aún a pesar de la raza humana. Que hay amor, bondad, belleza, abundancia. Que uno puede apropiárselas y actuar bajo su mando. Que hubo una vez alguien como Miguel Ángel, cuya obra incomparable, aún quinientos años más tarde, conmueve hasta las lágrimas. Prueba, para él, de que todos, cada uno a su manera, desde su humilde puesto en este mundo, podemos elevarnos, y construir y acercarnos un poco más, a Dios.
Pero eso, sólo si queremos.

Fotos: www. google.com

martes, 22 de julio de 2008

Un Cumpleaños Especial


Nieves algo tardías tapizan el sur cordillerano.
Aires tropicales se burlan de la estación en el norte y el centro.
Una puja de connacionales agita ánimos, desparramando vendavales de pasión económico-política.
Valles y riberas de árboles desnudos ya no rivalizan con la gris estepa en los helados meandros del vaquero hoy errante.
Mientras tanto, amigos de todas las regiones celebraron recientemente su día, homenajeando uno de los sentimientos más puros que pueden experimentar los seres humanos.
El vaquero falto de tiempo suficiente quiere hoy hacer otro tanto con un Hada que se halla algo menos al Sur del Mundo que él.

Hada ésta de aleteo inquieto, de palabras siempre poéticas que conoció una luminosa tarde de agosto. Hada de sonrisa franca, de mirada dulce.
Hada que cumple años y que el vaquero soñador quiere felicitar de corazón.

Cómo quisiera también él regalarle sueños cumplidos, deseos llevados a cabo, paz garantizada, música celestial, la flor más bella.




El sol se despedía en silencio, frente a un recodo del río, cuando pensó en ella.
Capturó el momento y lo convirtió en su presente.
No contento con ello, borroneó unas nubes que enmarcaban el horizonte marino.
Pintó de naranja un retazo de cielo.
Arrojó unas piedras al cielo que cayeron sobre la arena en una forma caprichosa.


¿Cuántas veces dijimos que Brokeback nos hizo bien?
Y no ha dejado de hacerlo…

Feliz Cumpleaños, Hada Vaquera, Ana querida, con todo mi cariño.

JfT

miércoles, 2 de julio de 2008

Nadie te Amará como Yo - Epílogo

Amigos, he aquí el final de esta historia que tanto se ha prolongado. Nunca pensé, desde que tipié las primeras palabras, que me estaba sumergiendo en una nueva travesía emocional, en un flashback incesante de hechos y deseos que sería plasmado en tantas páginas. Pero, llegué hasta aquí. Y eso ha sido posible solamente gracias al aliento y al afecto incondicional de todos quienes han gozado, o mejor dicho, padecido, con esta historia. Vaya entonces mi humilde agradecimiento a su lealtad de tantos meses, a sus comentarios llenos de elogios y aprecio. Y mi más sincero perdón a la mayoría por no haber correspondido sus visitas todavía. Han conseguido mucho más que hacer de este vaquero soñador un pichón de narrador satisfecho con cada entrega, se los aseguro.
Vaqueras, vaqueros, miembros de la hoguera, bloggers, los invito a compartir esta conclusión que les dedico con todo mi cariño.

JfT, un vaquero soñador.






Eran más de las nueve de la noche y los últimos rayos de un sol que rehusaba irse rasgaban el horizonte en lonjas naranja purpúreo. Man on the moon sonaba por enésima vez, mientras me retorcía en mi asiento. Hacía ya rato que había dejado atrás Plottier, algo más allá de la ciudad de Neuquén. La temperatura había descendido notoriamente. Mi auto devoraba kilómetros en la misma proporción con que las dudas crecían dentro de mí. Tenía aún más de trescientos por recorrer, pero si no me detenía allí mismo, me orinaría en mis pantalones. Maldecía por no haber parado en alguna de las estaciones de servicio casi pegadas las unas a las otras que había cruzado. La iluminación de una beatífica YPF hizo su aparición tras un denso cordón de álamos, cuando creía ya no resistir más. Había logrado mantener mi mente en blanco por casi diez horas, pero mis obligaciones fisiológicas pedían ser atendidas ahora. Como mis necesidades afectivas, supongo. Mi pie izquierdo sacudiéndose sin parar, mis piernas se cerraron para sujetar mi vejiga. Frené con un estrépito violento. Un par de empleados y las pocas personas paradas junto a los surtidores me miraron con reprobación, mientras luchaba por liberarme de un leve atasco en el mecanismo del cinturón de seguridad. La fuga de algunas gotas mojó mi calzoncillo. Corrí al baño, sin escuchar las voces que intentaron advertirme. Forcejeé el picaporte sin éxito. Un cartel manuscrito pegado sobre la puerta indicaba que las llaves debían ser pedidas en el mostrador. Llave escrito con "b", fue en lo que reparé aliviado por el cauce de pis que ya bañaba mis piernas. Demasiado avergonzado por el enorme manchón en mi bragueta como para ordenar que completaran el tanque de mi auto, me zambullí dentro. El grupo que seguía reunido alrededor de los surtidores me escudriñó con extrañeza cuando aceleré bruscamente.
Tenía hambre. Tenía sueño. La cara me ardía extrañamente. Recordaba los consejos que dan a los automovilistas que salen a la ruta cuando divisé una pequeña edificación pegada a un galpón, alumbrada por débiles faroles. Había dos vehículos vetustos estacionados, lo que demostraba presencia humana. La casita blanca debió expender combustible en tiempos remotos, ahora se la veía abandonada. El galpón de chapa acanalada era un comedero, o intentaba serlo, cuanto menos. Entré y una mujer de modales retraídos me anunció en un murmullo que habían cerrado. Un hombre de aspecto burdo que apareció a su lado la hizo callar, diciendo que harían una excepción conmigo. En la única mesa ocupada tres hombres y dos mujeres compartían una serena sobremesa. Me dirigieron una mirada furtiva, las mujeres rieron. Los hombres murmuraron algo por lo bajo. Estiré mi buzo para tapar la bragueta de mi pantalón manchado, alisé mi cabello por las dudas. El pollo que me trajeron sin que lo eligiera, aunque muy seco de tan cocinado, sabía rico. El puré estaba duro. Apuré el contenido de mi plato cuando el grupo a mi lado nos abandonó, me higienicé como pude en un baño minúsculo, sin espejos, y salí del lugar. Soplaba un viento frío que me hizo estremecer. A mis espaldas, las puertas se cerraron con doble llave. Pronto todo quedó a oscuras, salvo un farolito débil en lo alto de un poste y una luna difusa, agazapada tras las ramas de unos arbolitos. Hecho un ovillo en el asiento del auto, su resplandor de cuarto creciente se grabó en mi retina segundos antes de caer vencido por el sueño, intentando recordar cuántos años habían transcurrido hasta que los vaqueros de la montaña se encontraron por segunda vez.
Desperté cuando el amanecer era aún una promesa inminente. Sacudí la rigidez de mi cuerpo y mi modorra, bebí un poco de agua. Salí del auto, afuera helaba. Derramé otro poco de agua sobre mis manos para refrescarme la cara, miré hacia todos lados antes de orinar sobre unos pastizales y partí veloz. La ruta, desierta a esas horas, lucía invitadora. Me sentí el único ser vivo en un universo de estepa. Encendí el estéreo y me dejé llevar por la música.
En menos tiempo del que había calculado arribé a Junín de los Andes. En el bar de una estación de servicio bebí un café con leche y aproveché a cambiar mi ropa por una muda limpia, una chomba negra y un cargo que no había usado todavía. Entablé una feroz lucha con mis cabellos enmarañados que, después de numerosos intentos, creí empatar, puliéndolos con manotazos del acondicionador que siempre llevo conmigo. Me pregunté el por qué de mi frente, nariz y mejillas enrojecidas. La emoción, supuse. Ya en medio de los tumbos del camino que lleva al lago Curruhué recordé la intensa resolana durante mi chapuzón de la mañana anterior. Me faltaba el aire. El pecho parecía querer abrírseme en dos. No podía pensar en nada coherente y lógico, pero a la vez, todo lo pasado, presente y futuro acudía a mi mente en tropel. El bosque que se abría a ambos lados del estrecho sendero se me apareció más denso y tupido ahora. Flores silvestres blancas, amarillas y celestes adornaban las orillas. Los rayos del sol cayendo en picado contrastaban el abanico de verdes, volviéndolos mucho más verdes. La cabaña surgió repentinamente luego de un pronunciado recodo. Carraspeé un millón de veces antes de que el motor se apagara con un bramido. Mis manos temblaban cuando soltaron el volante y empujaron la puerta. La camioneta de doble tracción estaba estacionada a un costado, el rumor de música proveniente de una radio flotaba en el aire. Pasé mis dedos por mi cabello, sacudí el polvo en mi ropa antes de encaminarme hacia la caseta. Me encomendé a Dios, pero acto seguido reparé en que el Señor no aprobaba relaciones como la que yo pretendía. “Que el espíritu de la montaña me ampare, entonces“, rogué para mí. Un rumor de matorrales rozándose y de ramas quebrándose con violencia fue aumentando a mi izquierda. Me paré en seco, paralizado de miedo. Rodríguez surgió de entre la vegetación, ladrando, dirigido hacia mí como un cohete. Reprimiendo un vahído, mi cara transfigurada de alivio, me abordó con un empellón que por poco no me hizo caer de espaldas. Sin dejar de ladrar, apoyó sus gruesas patas sobre mi pecho y pasó su lengua pegajosa por toda mi cara. Sonreí y lo acaricié con alegría sincera.
- Parece que te conoce. – exclamó alguien desde la galería.
Tragué saliva y volví la vista hacia la voz. Su dueño ya se acercaba.
- Buen día y bienvenido. – saludó con calidez. – Soy el oficial Morelli.
“Morelli, ¿qué?”, pensé para mí. “no tenés por qué ser tan formal conmigo, nene, si yo sé todo.” Pero no dije una palabra, en su lugar lo estudié mientras el perro no dejaba de mordisquear mis dedos. No me había equivocado: un gendarme, tal como había pensado. Morelli, un hombre ciertamente atractivo, debía de tener treinta y pocos años, era casi tan alto como yo, delgado, pero con un vientre algo abultado para su contextura. Su piel cetrina, la nariz redonda y achatada, los ojos negros y rasgados daban cuenta de su raíz aborigen.
- ¿Qué tal? Soy Rodrigo Leiva, un... – no pude concluir mi presentación.
- ¡El famoso Rodrigo Leiva! Vos sabés que me imaginaba que serías vos... Davese no se cansa de hablar de lo que hacían juntos... Encantado, che. – exclamó con una ligera tonada, y estrechó mi mano con un apretón que me hizo doler. Me pregunté qué sabría de nosotros. Decidí no hablar para no arruinar nada. Como me limité a asentir mientras acariciaba al perro, siguió él. – Pero qué valiente lo tuyo, venirte hasta acá, al culo del mundo. – rió. – Sabés que justo el loco anda de ronda estos días, en el puesto norte... Muchos pescadores, es la temporada.
Moví la cabeza sin saber qué significaba esa noticia.
- Vos lo andás queriendo ver, venís de lejos, ¿no? – sus ojos oscuros parecían perforarme.
- Sí, bastante. – respondí ruborizado, haciendo referencia a la segunda parte de su pregunta.
- Hay un trechito hasta el puesto, medio largo, pero no te preocupés, que si viniste a ver al loquito de Davese, eso vas a hacer. – dijo, mostrando una hilera de dientes pequeños y muy parejos.


Rodríguez avanzaba sin respiro, jadeando acompasadamente. Sendos hitos habían sido emplazados a cada kilómetro del sendero que, alternadamente, serpenteaba a través del bosque u orillaba el lago. Yo sudaba tratando de seguir su paso incansable. Más de una hora de marcha había transcurrido cuando debimos ascender un promontorio rocoso y empinado. Desde la cumbre se apreciaba el panorama de un enjambre de pescadores dentro de sus flotadores, caña en alto, en medio de la serenidad más absoluta. El sol arreciaba, el lago encandilaba en su verde aturquesado, las abejas revoloteaban sobre la profusión de flores. Ráfagas de viento erizaron mis pelos untados en acondicionador mientras me deleitaba con la escena. Fue en ese momento que sentí que la vida, aunque insistiera en ensañarse con mi cabello, volvía a esbozar una sonrisa para mí. El hocico frío de Rodríguez empujando mi mano me recordó que el camino continuaba. Del otro lado, el peñasco caía en un declive por el que hube de resbalar con lentitud, atrapando cada rama y cada saliente para no caer en picada. Rodríguez se había adelantado considerablemente cuando terminé mi descenso. Eché una carrerita y para cuando lo alcancé, se encontraba al otro lado de una pequeña ciénaga formada por las crecientes del lago. Ladrando ansiosamente, me estimulaba a seguirlo saltando sobre sus patas. Iba a buscar otra alternativa, cuando se perdió entre la maleza. Lo llamé a los gritos, él ladró a lo lejos. Resoplando, arremangué mis pantalones y tanteé el terreno próximo, pisando sobre las zonas que se me antojaban más firmes. Mis pies se hundieron sin remedio algo más allá de la mitad de mi tambaleante recorrido sobre el suelo pantanoso. Cuando quise dar otro paso el lodo succionó mi pie izquierdo casi hasta la rodilla. Intenté levantar la pierna, pero el esfuerzo, de tan exagerado, me hizo perder el equilibrio, me ladeé, mis brazos trazaron círculos en el aire. Con desesperación me así de las hojas de un juncal cercano. Sus espinillas se me clavaron en la piel, haciéndome aullar de dolor. Al soltarlas trastabillé y caí pesadamente sobre mis asentaderas. Mis manos, enterradas en el fango, fueron a quitar el agua sucia que había salpicado mi rostro y las cubrió con más barro aún. Reí cuando caí en la cuenta de mi estupidez. Pestañeé para quitar la suciedad en mis ojos y detecté un puente rudimentario, hecho de troncos y ramas secas unos metros más a mi derecha. Por ahí debió haber cruzado el perro, por eso sus patas no estaban embarradas. Reí más, con ganas, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Mis carcajadas resonaron en la tranquilidad del bosque. El sonido de pasos apurados y ladridos quejumbrosos me hizo voltear la cabeza. A través de la humedad que inundaba mis ojos se dibujó una silueta que corría hacia donde me encontraba tirado.
- Rodri...– exclamó Dardo, sin aliento, ataviado con su uniforme de guardaparque. - Rodri... decime que no sos vos...
Rodríguez bufó a su lado.
Me encogí de hombros. - No soy yo. – bromeé.
- ¡Pero la reputa madre, carajo! – sacudió la cabeza, se apretó la frente lamentándose o maldiciendo por lo bajo. - ¿Me querés decir... – no encontraba las palabras para hablar. - ... me querés decir qué hacés acá? ¿Cómo se te ocurre aparecer así, por Dios?
Estudié mi aspecto, divertido.
- Ya me conocés, me gusta hacerlo a mi manera... – dije con voz aguda, reprimiendo la risa.
Dardo mordió sus labios nerviosamente.
- Veo, sí... No sé si es algo karmático lo tuyo, pero de lo que no hay duda es que ya tenés un estilo. – señaló en tono de reprimenda. Me puse de pie trabajosamente y avancé hacia él, chorreando ríos de agua fangosa, el corazón amenazando con salírseme del pecho. Dardo ni siquiera sonreía, su gesto serio me turbó pero no evité su mirada. Por ello mi pie tropezó con un tronco hundido y volví a resbalar. Zarandeándome de un lado a otro pude finalmente frenar mi derrumbe manoteando unas ramas. Dardo caminó hacia mí en sus botas impermeables de caña altísima, su brazo extendido. Sumido en mi espíritu festivo lo miré divertido mientras tiró de mí con fuerza, sin abandonar su expresión admonitoria.
- Qué tipo... ¡Sos grande, carajo! – masculló. – Ahora, ¿me podés decir qué hacés acá?
Negué con la cabeza.
- Mejor decímelo vos, porque yo no lo sé. – susurré.
Limpió sus manos frotándolas contra sus pantalones y se quitó las gafas negras que cubrían sus ojos, trabándolas sobre su frente. Su mirada ojerosa se posó sobre la mía con vacilación.
Luego el iris verde ámbar de sus pupilas pareció centellear como supernova estelar. Pasé mis manos sucias por mis costados antes de rodearlo lentamente y acercarlo más hacia mí. La proximidad de su calor pronto agitó más mi respiración, mi pecho se hinchó con un espasmo. Mis dedos recorrieron su espalda, palpando en sus huesos salidos la delgadez que lo dominaba todavía. Extravió su vista en algún punto detrás de mí y me palmeó con energía. Una vez que el saludo de machos varones hubo concluido se hizo una pequeña distancia entre los dos. Mis labios se arrojaron sobre los suyos sin un atisbo de duda. Él, luego de aceptarme por un fugaz momento, se apartó de mí forcejeando suavemente. Quedó contemplándome con un gesto de reproche.
- Rodrigo, yo trabajo acá, comportate por favor. – me retó.
Insistí, inclinándome una vez más sobre sus labios moteados de barro. Me apartó de sí empujándome con una violencia inesperada, que me hizo trastabillar hacia atrás una vez más, pero antes de perder por completo el equilibrio alcancé a sujetarme de su brazo, arrastrándolo conmigo. A un gemido de alarma siguió un rumor de mojadura y ambos terminamos yaciendo sobre el suelo húmedo. Reí en silencio y busqué su mirada. Dardo apretaba sus dientes, chorreando agua turbia, las venas hinchadas bajo la piel. Se incorporó velozmente, maldiciendo en voz baja. Con un ademán automático se calzó los lentes oscuros, derramando más agua barrosa sobre su cara. Estallé en una carcajada que enseguida ahogó su entrecejo fruncido. Fastidiado, me ordenó: - Vení, seguime.
Rodríguez correteó tras él, ladrando alegremente, pero Dardo lo espantó con un bramido áspero. Yo todavía reía a sus espaldas en el más absoluto silencio. El puesto de control no estaba mucho más allá de una pequeña elevación rocosa flanqueada por matorrales de flores amarillas. Demoró unos pocos minutos en asegurarse de que todo estuviese en orden, examinando el lago con sus prismáticos. Se calzó una gorra y me arrojó un sombrero de pescador gastado por el uso. Con un ladeo de su cabeza me indicó la canoa apoyada sobre la orilla. Rodríguez nos contempló cabizbajo mientras nos alejábamos de la costa. Sin decir palabra remamos hasta el lugar donde el lago abre una pequeña bahía en las paredes de la montaña. Desde allí, los pescadores se habían convertido en ínfimos puntitos que quebraban la superficie lisa del lago. El sol ardía y la piel me picaba. Mi mente bullía en deseos de contarle el millón de cosas que la rondaban, pero tan pronto como Dardo comenzó a hablar, el espíritu risueño me abandonó y me sentí insignificante, fuera de lugar, un perfecto estúpido.
- ¿Puedo saber dónde están tus hijos en este momento? ¿Tu mujer? – preguntó secamente. - ¿No tenés un trabajo vos?
- No te preocupes por eso, estoy de vacaciones. – lo tranquilicé, dando un salto sobre la playa pedregosa. Levantó la canoa y la arrastró lejos de la orilla, dejándola caer con furia.
- Rodrigo, decime, ¿estás en pedo vos? No puedo creer que otra vez hayas dejado a tu familia por venir hasta acá, no me cabe en la cabeza tu manía de seguir haciendo boludeces, te aseguro que no me entra... Sos cabezón, carajo...– agitó su cabeza, el pelo enredado cayó sobre su rostro. – Con todo lo que te pasó... ¡Qué porfiado de mierda, la puta madre!
Miró a su alrededor, mordió su labio inferior, pateó una piedra que fue a dar al agua. Ambos respirábamos aún con agitación. Se hizo un silencio que duró unos cuantos minutos. Cuando ya casi habíamos recuperado el aliento, dijo:
- ¿No habíamos hablado, no había quedado todo aclarado ya? ¿A qué viniste ahora? – insistió, suspirando largamente.
- ¿Es eso lo que te aleja de mí, no? Es eso, decime la verdad, Dardo.
- Eso, ¿qué? ¿de qué hablás?
- No es mi familia, ni mi trabajo. No es que esté mal lo nuestro. No es Claudio, creo, tampoco... - Sus párpados se abrieron alarmados. Desde mis entrañas ascendió un fulgor de angustia que hizo temblar levemente mi voz ya débil. - Vos tenés miedo de que te abandone, de que vaya a saber en qué momento, me canse, o me asuste, y te deje, es eso, ¿no? Porque si te rechacé una vez, si lo volví a hacer, si fui capaz de abandonar a mi mujer y mis hijos por venir hasta acá, no una, sino dos veces, a escondidas de todos, lo mismo puedo hacer con vos cuando se me antoje... Es eso lo que sentiste todo este tiempo... Decime que es eso, decímelo, Dardo, por favor.
Dirigió la mirada hacia las olas con que el lago lamía un manto de piedras aceradas. Un pájaro aleteando desde lo alto se lanzó hacia algo que flotaba más allá. Dio unos pasos hasta quedar de espaldas a mí. Cuando al cabo de un rato que se me antojó eterno giró hacia mí sus ojos habían enrojecido. Los surcos que habían dejado algunas lágrimas se secaban sobre sus mejillas. No habló en seguida.
- Bueno, y si fuese así, ¿qué? ¿No tengo derecho acaso? ¿O te pensás que fue fácil? – inquirió, sin mirarme.
- Para ninguno de los dos ha sido fácil...
- No, vos ya tenés una familia, Rodri. Una familia que está con vos, incondicionalmente, pase lo que pase.
- Y vos tenés la libertad de hacer lo que se te cante, sin dar explicaciones a nadie.
- ¿Por qué lo decís? Insinuás acaso que...
- No seas forro, no insinúo nada. Es más, no comparemos, mejor. Cada uno está donde puede, supongo, y ese no es el tema.
- No soy ningún forro, y no estoy comparando. – su voz se crispó. – Lo que pasa es que para vos parece muy simple todo. Venís, lo pasamos bien, cogemos como los dioses y después, como si nada, te volvés a tu vida normal, a tu vida de macho. Total, a mil y pico de kilómetros difícil que veas algo...
Mi corazón golpeaba las paredes de mi pecho. Tuve ganas de zamarrearlo violentamente y gritarle: “Forro, dejate de pelotudeces, que estoy acá, al lado tuyo, y esta vez no pienso dejarte”, pero sólo dije: - Qué boludo que sos, sabés muy bien que no es así.
- ¡No me insultes, Rodrigo, por favor! – rugió. – Yo sí sé, sé muy bien, pero vos ignorás todo, todo, ¿me oís bien? TODO.
- ¡Bueno, entonces explicame todo eso que no sé. Para eso me hice todos estos putos kilómetros que nos separan... – aullé. - ...y que no me dejan vivir en paz!
Dardo suspiró, sacudió su cabeza como vencido, pasó sus dedos por el pelo y volvió a atarlo con una gomita. Luego se tumbó sobre un montículo de hierba bajo un árbol de tronco enorme. Titubeé unos segundos, luego me agaché y me recosté a su lado. La hierba se sentía increíblemente fresca y mullida. Una nube esponjosa cubrió el sol. Separó sus labios pero no dijo nada hasta varios minutos después.
- Rodri, es que...– tosió con fuerza para aclarar su voz cuando habló finalmente, al cabo de un rato interminable. – ¡Dios, Dios, por qué tanto quilombo, la reputa madre que me parió! Má sí, a la mierda con todo, de qué me sirve ahora... – se lamentó, lo escruté sin comprender. – ¿Sabés en qué pienso casi todo el tiempo? En que los seres humanos somos unos reverendos forros... Y yo soy el primero de la lista si no te digo de una vez todo lo que tengo adentro. – tragó sonoramente. - Rodri, vos no te das una puta idea de lo que fue mi vida después de...desde que te fuiste de mi lado, desde que aquellos días inolvidables que pasamos acá, en este mismo lugar, se terminaron. Acá todo es hermoso, florido, la paz del verde y el azul lo cubren todo, lo ves, no te lo tengo que decir. ¿Y querés saber que más hay detrás de esa paz serena y colorida? Algo que comprobé con tu partida. Mucho, muchísimo, demasiado tiempo para pensar, para sentir. Fijate qué imbécil que fui, que en algún momento de mi vida decidí venir acá para evitar sufrir. Justo acá, más ingenuo no pude haber sido. – intentó reír, pero su risa se transformó en un suspiro lánguido. - La vida te alcanza, Rodri. Donde sea. Te sigue, sin que vos te des cuenta, silenciosamente. Cuando reaccionás, ya te tiene acorralado. ¿Me creés si te digo que enfermé la misma tarde del día que partiste? Enfermé mal, feo, algo raro en mí... tuve vómitos, fiebre altísima, como nunca. – súbitamente, lo recordé retorciéndose en la galería la noche antes de mi partida. Y me vi a mí mismo espiándolo, parapetado tras la ventana, incapaz de hacer nada. – No me di cuenta, creo, no relacioné, no al principio al menos, mi padecimiento con el tremendo dolor que me embargaba... ¿Cuánto tiempo fue? Apenas un par de noches que ocupaste la cama a mi lado, y sin embargo, no podía tolerar tu ausencia, el estar sin tu calor después... Llegué a tener tantos cuestionamientos, tantos... Odié el principio de todo, la bendita reunión de ex alumnos, me pregunté para qué había ido, para qué, si mi vida estaba bien hasta entonces, y vos eras el recuerdo que más atesoraba, y yo con ese recuerdo estaba tranquilo... Cuando me cansé de hacerme la víctima, y puse mis estúpidos arrepentimientos de lado, recordé el motivo que me había arrastrado hasta el colegio esa noche. Había una herida que nos habíamos provocado de chicos, y que en mí, no había cicatrizado bien. Fue esa herida abierta lo que me llevó a verte. No dudaba de que el tiempo te habría hecho olvidarme y olvidarlo todo, estaba segurísimo de que no quedaría nada de todo aquello dentro tuyo. Pero cuando nos vimos sentí que el aire se electrificaba, y que sí había algo en vos, pero cargado de bronca y de rencor, y me asusté y discutimos, y regresé sintiéndome peor de lo que me había ido... y entonces viniste a mi encuentro. Esa misma noche, la del día que te fuiste, te soñé, nos soñé, seguía siendo todo tan lindo, tan real... La fiebre, supuse... Me revolví en la cama como un loco, perdido en mis alucinaciones, hasta que desperté sobresaltado, en plena madrugada, sintiéndome peor de lo que me había acostado. Palpé las cobijas a mi derecha, donde vos dormiste. La desazón me convenció de que debía hacer algo. Qué carajo, lo ignoraba. Sabrás de los caminos a los que te lleva la desesperanza... Bueno, por primera vez en mucho, pero mucho tiempo, te lo juro, decidí pedirle a Dios... No, no pedirle, lo que de verdad hice fue rogarle, clamarle de rodillas que hiciera algo que me permitiera verte de nuevo, aunque fuese sólo un momento, tan sólo un momento más, esa noche era todo lo que me importaba. Me arrastré de la cama, llevándome todo por delante salí a la galería, y, aunque deliraba, me lancé de bruces al suelo, clavé los ojos en el cielo estrellado, y le exigí que si era Dios Todopoderoso, y yo pocas veces le había pedido algo, me tenía que conceder el verte de nuevo, porque... ¡porque que ese era mi deseo, qué mierda!... A cambio, le prometí que me olvidaría de vos en serio, que te borraría de mi vida y te dejaría vivir la tuya. – tragó repetidamente antes de proseguir. - De casualidad, viene el relevo a la mañana temprano, y ahí me entero de tu accidente. Maltrecho como seguía, tragando a duras penas los mates que compartía con el otro guardaparque y un gendarme, éste va y me cuenta, como al pasar, que un Palio celeste había volcado cerca de la salida a la ruta. De entrada supe que eras vos, así que, sin confirmarlo, sin que me importara mi estado desastroso, me lancé a la ruta. Con cada kilómetro aumentaba el convencimiento de que era yo, y sólo yo, el culpable de lo que te había pasado, por egoísta, por quererte solo para mí... En el medio del camino volví a pedir a Dios... – la voz se le quebró pero continuó. - ...le imploré, llorando, que se olvidara de mi otro pedido, y, no te exagero, aunque vos habías renovado mis ganas de vivir, mi fe en el..., en la amistad, le juré que no me entrometería en tu vida, que respetaría la vida hermosa que habías construido junto a tu mujer y tus hijos y te olvidaría si te salvaba, si te ponías bien. El alma me volvió al cuerpo cuando los médicos me aseguraron que habías zafado, que estabas fuera de peligro... pero, ¿querés saber qué fue, en el fondo, lo que más me tranquilizó, lo que me alegró no te imaginás de qué forma? Que no te tuvieran que trasladar a Buenos Aires, que tuvieras que quedarte en el hospital de Neuquén, así seguía teniéndote cerca mío... – las palabras de Mari, la enfermera de la noche, vinieron a mi mente. Tragué saliva ruidosamente, mi vista seguía clavada en las copas de los árboles. – ¿Un hijo de puta, no? Sí, un egoísta hijo de mil putas que enseguida se olvidó de Dios y de vos... ¿Cómo podía sentir así, qué me pasaba? Me asusté de mí mismo, pero es que nada me importaba, nada que no fuese tenerte a mi lado, del modo que fuera. A la mierda pedidos y promesas elevadas que había hecho, te tenía conmigo, el resto me chupó un huevo. Pero apareció tu viejo, y con él la cordura y la sensatez que me eran esquivas. En sus ojos cargados de rechazo pude ver escrito el lugar que me correspondía, y el que yo había prometido ocupar. El lugar al que me debía si te quiero bien. Y Rodri, tuve que aprender a quererte bien, porque yo me moría por vos, de verdad... pero no podía ni debía demostrártelo, ni en ese momento ni nunca después. Y porque sentía lo que sentía fue que me obligué a usar toda, absolutamente toda la fuerza de la que soy capaz, te aseguro, para que no adivinases, para que no fantaseases siquiera con lo que me ocurría por dentro. Pura careteada, pura pose ridícula. Como la de la gran mayoría... – murmuró. - ...porque después, cuando ya no estabas de verdad, cuando ya no hubo reuniones de ex alumnos, ni escapadas fugaces, ni excusa posible que nos volviera a reunir, cuando tuve que asumir la realidad cruda, la que me marcaba que lo nuestro sería imposible, entonces ahí, toda la fortaleza de la que alardeaba, toda la firmeza de la que me creía capaz flaqueó primero y me abandonó después... y entonces sentí desaparecer, Rodri, de verdad creí sucumbir. Me había metido con Dios, y él me lo hacía saber... – bebió agua de una botellita plástica que luego me pasó. – Pero no sucumbí, ni morí. Agonicé, me extinguí un poco, nada más que eso. Supongo que a eso se le llama resignación. Lindísimo, no sabés... Repasar cada segundo, cada momento que pasamos juntos, cada cosa que nos dijimos, cada vez que toqué tu piel, cada vez que vos abrazaste la mía, acá, en este lugar, este puto lugar que tengo que ver a cada segundo de cada día que pasa... Mi vida se tiñó de vos desde el día en que te fuiste. – se irguió para posar sus iris ambarinos sobre los míos. – Rodri, volviste a convertirte en la razón de mi vida, como aquel verano cuando éramos pendejos. Exactamente igual a cuando éramos unos pendejos cagones llenos de ilusión... Lástima que del pendejo aquel sólo queda el corazón y algo del cagazo, el cuerpo ya pasó los treinta y siete... Habían sido tantos años de serenidad, tantos años... y de pronto apareciste y quebraste mi tranquilidad, la paz que había conseguido, y ocupaste mis pensamientos otra vez, desenterrando un sentimiento que, a pesar de los años se conservaba intacto, qué increíble... Y no es que te culpe, no... Pero, pensé, ¿cómo podía yo resistir no tenerte cerca? ¿Cómo mierda, acá en el medio de la nada? – casi gritó – ¿cómo carajo sacarme de la cabeza el placer de tu compañía, de nuestros cuerpos juntos, de nuestras bromas, de tu risa contagiosa? De la única manera que me quedaba, haciendo como que no existían para mí, limitándote al lugar que habías tenido siempre, el de ser el recuerdo más lindo de toda mi vida, y agradecer que había podido confirmarlo. Y quererte mejor, sólo por eso. – rió forzadamente. - Los días y las noches pasaron, y pronto creí convencerme, a fuerza de repetirme todo el tiempo que había venido a este paraíso a protegerme, a resguardarme del mundo en la soledad de las montañas que amo... Otra careteada... porque esa soledad que es mi compañía elegida, mi refugio del mundo frío y hostil, es la misma soledad que me traicionó señalándome, cada maldito segundo, que vos no estabas junto a mí sino lejos, lejísimos de mí en todos los sentidos posibles. Entonces, cuando ya no pude negar que tu recuerdo se había convertido en una tortura, en un castigo que no me dejaba vivir en paz, que no me dejaba ser yo, que no me dejaría jamás si no hacía algo, y que yo no tenía ni mierda de espíritu elevado ni bondad divina ni mucho menos, fue que el sentido real de mi promesa a Dios se hizo sentir y fue posible y así, en medio de este aislamiento que por primera vez detesté con toda mi alma, me juré olvidarte y hacer lo imposible por quitarte de mi corazón. Y aunque cada árbol, cada nube, cada estrella, cada montaña me llevaran a vos y me recordaran todo lo que significás para mí, me juré ser fuerte, por mí, por Dios porque le había prometido, pero por sobre todas las cosas, por vos y tu familia... A regañadientes, sí, y además, me obligué, ante los pocos con que trato acá, a fingir que todo estaba normal, que todo estaba como siempre. Para ellos, yo con Rodríguez, el lago y los bosques tengo suficiente. El loco de Davese no necesita más...– sonrió obligadamente, sus ojos cruzados por cientos de ramificaciones nerviosas, las lágrimas inundando sus párpados. - Pero sí que necesita, necesita mucho más de lo que ellos y cualquiera puede imaginar. Pese a que prometió, pese a que juró, Dardo Davese necesita de vos, mi buen Rodri, de vos que venís en su búsqueda, de vos remontando el pasado que de chicos los supo unir fraternal... – se interrumpió un breve instante. Meneó la cabeza. - ...y carnalmente. Rodrigo Leiva, viniste, y reviviste un pasado que yo creía muerto y bien sepultado. Viniste y volviste a arrancarme de mí de la misma manera que veinte años antes... Viniste, y sacaste a la luz lo que siempre había soñado, lo que venía anhelando secretamente cada día de mi vida.
Con el borde de su camisa hizo sonar su nariz, enjugó sus ojos.
- Y fue entonces que caí en la cuenta de que a nadie, a nadie nunca podría amar como te amo a vos, Rodri. A nadie. Qué puto patético, ¿no?
Lloró con sollozos mudos. Lo rodeé con mi brazo torpemente. Quería decirle tanto, tanto, y no tenía una sola palabra que lo demostrara.
- Tal vez no fuiste vos sólo... Tal vez los dos nos metimos con Dios, y él desde hace tiempo nos lo está haciendo saber... – sugerí con timidez.
En un movimiento felino, giró, tomó mi cara con sus manos, me atravesó con su mirada de estilete y unió su boca a la mía con ansia, aferrando mi nuca, alborotando mi cabello, atenazando mi cintura. Me dejé caer encima suyo, nuestra respiración se entrecortó, las lenguas se enlazaron salvajemente. Tragué saliva, lágrimas, sudor, las manos se chocaron hurgando el contorno de nuestros cuerpos. Nuestra hambre por el otro, nuestra necesidad largamente contenida finalmente quedaba sellada con ese beso del que no me podía desprender, del que buscaba más. El ruido de ramas removiéndose nos separó con suavidad. Mientras jadeábamos quedamente un hilo de baba unía aún nuestros labios. Una liebre surgió de entre los arbustos. Nos escudriñó sin dejar de mover el hocico y desapareció.
- Che, guardaparques, ¿ves lo que lográs? Espantás a la fauna local con tus arrebatos... – lo reté, y los dos estallamos en carcajadas.
Sus manos me aferraron de las mejillas.
- Rodri, ¿qué vamos a hacer ahora?
Mi dedo índice se apoyó sobre sus labios. Sus ojos me enfocaron con ternura. Los míos lo correspondieron con picardía.
- ¿No adivinás? – inquirí.
La ropa sucia que nos cubría pronto quedó desparramada por el suelo. Me arrojé sobre Dardo y nos trabamos en una corta lucha en la que alcancé a tomarlo de las piernas y, mientras no dejaba de forcejear y gritar, lo subí a mis hombros. Aullando como un indio comanche corrí a la orilla y me zambullí en el agua profunda y deliciosamente tibia. Emergí lentamente, demorando la suave humedad, el torrente de burbujas que acariciaban mi desnudez. Sacudí el exceso de agua de mis ojos y recorrí las montañas alfombradas de bosques, los picos salpicados de nieve, el cielo azul intenso, para encontrarme con el verde esmeralda del lago reflejado en el iris de Dardo, que me contemplaba fascinado.
- ¡Puto! – gritó, salpicándome un fuerte torrente de agua.
- ¡Trolo! – espeté, haciendo lo mismo.
- ¡Maricón!
- ¡Tragasables!
Y entablamos una rabiosa guerra de mojaduras hasta que se abalanzó sobre mí y los dos caímos sobre el lecho blando del lago. Sin dejar de reír nuestras bocas se encontraron repetidamente, nuestros dientes colisionaron.
- No tengo escapatoria con vos... – susurré, arqueando las cejas. Mis labios raspaban los suyos al hablar. – Yo también llegué a mis propios confines, viejito... ¿Y sabés qué descubrí? – lo estrujé con mis brazos para que su piel se hundiera aún más en la mía. - Simple. Lo mismo que vos. Que haga lo que haga, vaya dónde vaya, me pese lo que me pese, aún con la vida que me construí, no puedo evitar quererte, por eso estoy acá otra vez. – susurré y tragué saliva. Su dedo índice recorrió mis labios. Estúpidamente, en ese instante en que el mundo se detuvo, estuve a punto de preguntarle por Claudio, pero, en su lugar, sin que pudiera frenarlas, las dos palabras que había evitado tan siquiera imaginar o pensar, brotaron tan natural como espontáneamente de mi boca: – Te amo, Dardo.
Y por primera vez en mi vida fui libre.
Y el universo dejó de existir.




Han pasado ya seis meses desde nuestro reencuentro. Miro para atrás y aún me cuesta creer todo lo que sucedió después. Resabios del miedo intenso que me dominó suelen invadirme de vez en cuando, pero ya nada es lo mismo. Y no dejo de agradecerlo.
No le resultó difícil a Dardo encontrar alguien dispuesto a tomar su puesto, así que juntos pudimos pasar diez días totalmente perdidos entre lagos y montañas. El oficial Morelli nos observó con suspicacia cuando partimos, y yo lo correspondí con gesto divertido. La cordillera pareció celebrar nuestras andanzas, llenando de sol cada mañana y cada tarde. Anduvimos caminos remotos, marchamos por senderos inimaginados, acampamos, después de horas y horas de caminata, en bosques a orillas de espejos de agua soñados. Hicimos el amor con fragor en un paraíso que abundaba en lugares y en tiempos. Sobre la hierba fresca, junto a troncos ahuecados. Detrás de rocas apiladas, donde el sol conseguía entibiar el agua del lago. Tapizados con arenisca, en cada orilla, en cada playa. Al amparo del frío nocturno, dentro del calor de los sacos de dormir, en cada noche estrellada. Mis horas se llenaron de él, y las suyas, de mí. Y eso era todo para los dos, en ese mundo de libertad y placer que nos habíamos conseguido. Desnudos, o vestidos sólo con nuestras bermudas. Comimos, mateamos, conversamos durante horas, jugamos al truco. Nuestros alaridos y risas quebraron la quietud del bosque. Nos calzábamos sólo para escalar algún punto desde donde contemplábamos el atardecer, que siempre era distinto. Nuestros recelos parecieron irse con cada puesta de sol, al que despedíamos abrazados en silencio. Con el transcurrir de los días, curiosamente, jamás surgió esa maldita sensación de pérdida que antes partía mi alma. Ningún reloj cruel marcó las horas que nos restaban antes de separarnos. Cada día vivido, cada hora compartida fue construyendo el basamento de algo que ninguno de los dos se atrevía a aventurar todavía. Y yo sonreía. Dardo fotografiaba el poniente arremolinado de nubes escarlatas cuando se me ocurrió preguntarle la otra cosa que no dejaba de hacerme cosquillas:
- No me quedó claro algo todavía... ¿por qué me mandaste las fotos, guachito?
- Mmm... ¿Qué fotos?
- Las que tomaste la primera vez que vine, ¿te acordás? ¡Hijo de puta, si me sacaste con el culo al aire!
Volteó, la boca abierta con perplejidad. Su hilera de dientes blancos brilló en la luz del crepúsculo.
- Mariana, esa fue la chorra de Mariana... Te las dio ella, ¿no? – exclamó. Yo asentí. – ¡Me las afanó, y yo pensaba que las había perdido! Había tenido que ir a Buenos Aires por unos trámites, dos o tres días, y no dio para ver a nadie, pero ella me localizó, la conocés, no pude negarme, así que nos encontramos antes de que tomara el micro de vuelta, en Retiro. Acababa de hacerlas revelar, se las mostré... los ojos le brillaban raro cuando terminó de verlas... Me imaginé que el sobre habría caído al piso y ninguno se dio cuenta...Ahora me acuerdo que le dejé mi bolso cuando fui al baño... ¡Qué guacha linda! – Y reímos y nos besamos, y los recuerdos de mi charla con ella en el bar de Palermo acudieron a mí y pensé que, quizá, la idea de una conspiración generalizada no había sido tan descabellada, después de todo. Volviendo de nuestra expedición amorosa, no bien recuperamos la señal en nuestros celulares, la llamamos. Hablamos gritando, los dos a la vez, nuestras voces inflamadas de alegría contagiosa. Pensamos que la comunicación se había cortado, hasta que oímos los tenues sollozos de Mariana. “¡Pelotudos, me arruinaron el maquillaje!”, nos gruñó, llorando.
Cecilia me pidió el divorcio a poco de regresar. Vivimos, sin embargo, juntos, dos meses más, para preparar a Clara y a Francisco. Dos largos meses de tregua, en los que ninguno de los dos se atrevió a hacer nada que pudiera alterarla. Contarles a los chicos la noticia fue de lo más espantoso que me haya tocado enfrentar hasta el momento. No lloraron, sólo asintieron en silencio. Clarita pareció la más preocupada de los dos al preguntarme dónde iban a vivir, algo que su madre ya había resuelto muy eficazmente.
Pía y Martín, hábiles en el arte de la discreción, llevaron su situación matrimonial a buen fin, sin escándalos ni nada parecido. Ella calla lo que pude adivinar en su expresión agria y sombría una tarde que la encontré casualmente, tan sólo porque su posición económica no se ha visto modificada. Conservó la casona del country y Martín compró otra, algo más chica, en un barrio cerrado de Tigre, con chimenea y un balcón que da a una laguna con patos y gansos que mis hijos señalan todo el tiempo. Ellos y Cecilia ya viven ahí. No me agrada, pero sé que es lo mejor. Ya me convencí de que no puedo tenerlo todo. Adoptaron un retriever llamado Pongo y un hámster gordo al que Fran bautizó Pikachu. Los tres hijos de Martín duermen allí dos veces durante la semana y un fin de semana por medio, y juntos, los cinco chicos son muy felices. El mismo régimen de visita me corresponde a mí, pero Cecilia no se ha comportado tan inflexiblemente como Pía, así que puedo manejarlo con bastante libertad. La ideal, considerando mi situación actual.
El departamento que ocupábamos los cuatro se vendió en poco tiempo. Me vi obligado a mudarme con mamá hasta que conseguí el mejor que pude comprar, un tres ambientes pequeño pero lleno de luz en San Fernando, cerca del río, y sobre todo, de mis hijos. En apenas veinte minutos de auto puedo estar con ellos. Mi familia, como de costumbre, reaccionó con indiferencia cuando supo de la ruptura de mi matrimonio. Mamá atinó a preguntarme si había pensado en mis hijos al tomar la decisión. Cuando le contesté que era en lo único en lo que había pensado, sólo me dijo: “Buen hijo.” Una noche, mientras me duchaba en su casa, atendió un llamado de Dardo. “Ese chico siempre me gustó”, añadió, después de avisarme. “Qué bueno que vuelvan a estar juntos”, dijo sonriente, sin reparar en mi mirada incrédula.
Dardo obtuvo su traslado frente al gesto atónito del resto de los guardaparques, un mes después de mi partida. Temporalmente está prestando servicios en El Palmar de Entre Ríos, hasta que se concrete su inminente nombramiento en alguna reserva o parque en la provincia de Buenos Aires. Entretanto, nuestra relación se maneja con sendos viajes los fines de semana en que Clara y Fran no están conmigo. Supongo que en poco tiempo, también eso cambiará. Durante las últimas vacaciones de invierno, viajé con ellos a El Palmar. Hicieron excelentes migas con “el amigo de papá que es explorador”, como llaman ellos a Dardo, y sobre todo con Rodríguez. Pasamos días increíbles los cinco juntos. Dardo es mucho más físico que yo en sus juegos con ellos, y el perro es puro afecto, dos cosas que mis hijos celebran con risas y chillidos constantes. Trepamos cada árbol, investigamos cada hormiguero, no dejamos hoyo en el suelo sin husmear. En algún momento durante esas jornadas, mientras los veía lanzarse por un tobogán, recuerdo haberme detenido a elevar mi vista a un cielo poblado de nubes esponjosas. Mi pecho se hinchó de agradecimiento dirigido hacia quien fuese que había hecho posible lo que estaba viviendo. Agradecí a todos y a todo, también.
Hoy no estoy seguro de nada de lo que vendrá. Tal vez sea por eso que Dardo y yo no hicimos promesas grandilocuentes, ni juramentos solemnes. Tampoco trazamos más planes que el estar el uno con el otro, por el momento. Gracias a eso saboreo cada momento como nunca antes lo había hecho. El mundo se ve y se siente distinto ahora. Lo bueno, es infinitamente más bueno, y lo malo es totalmente ajeno a mí. La mirada desde el amor es el maravilloso velo que tiñe cada bendito segundo de mi existencia.
Dardo sigue tan exultante como cuando nos despedimos frente a la mirada furtiva de Morelli. Como ese mismo día, en que un mundo promisorio se abría ante nosotros, continúa irradiando alegría y entusiasmo por todos los flancos. Ha ganado los kilos perdidos, su mirada centellea constantemente. Hablamos cada noche de cada día. Nuestro trato no ha cambiado sustancialmente, salvo por el hecho de que antes de cortar la comunicación, alguno de los dos dice “te quiero”, y el otro corresponde, “yo también te quiero.”
Mi casa poco a poco se vuelve nuestra. Dardo, tímidamente, ha ido dejando su huella, la justa, la que quiero ver cada mañana al despertar. Su foto descansa sobre mi mesa de luz, su mate y bombilla reposan junto a la heladera. Un marco de madera oscura abraza nuestras sonrisas sobre la mesa de la sala. La cucha de Rodríguez, un manojo de frazadas viejas y mullidas, espera a su dueño en un rincón del balcón. Y en una percha clavada en la puerta de mi placard, cuelga el pedido que hice a Dardo el mismo día en que regresé a su lado. “No, no las laves”, le había dicho, y él me había escrutado con extrañeza. Ahora, su camisa de guardaparque manchada de lodo y agua terrosa cubre mi chomba negra, más sucia y embarrada que la suya. Se me antojó un buen símbolo de la probable conspiración en la que creí durante tanto tiempo. Y mi homenaje a los vaqueros de la montaña de nombre difícil.
Mis dedos dejan de hundir las teclas y se detienen en seco. Echo una mirada furtiva hacia atrás y veo el camino serpenteante por el que he andado. Acabo de cumplir treinta y ocho años. Mi voz ya no titubea. El temor a perder un ápice de decencia, o de dignidad, o de masculinidad, ha desaparecido. Me pasa que amo a otro hombre. No es la verdad. Es mi verdad. Y ya no me avergüenza. Tampoco lo guardo para mí. Porque mi mirada brilla cada vez que veo a Dardo. Y mi corazón late un poco más fuerte cuando sencilla, naturalmente, le digo que lo quiero. Y se desboca cuando él me contesta que me ama como no amó a nadie nunca jamás. En esa base tan simple y tan enorme a la vez, está justificada la vida a la que no me animaba. Vida que, finalmente, ha hecho de mí un hombre luminoso, feliz. Inmensamente feliz.
Y eso es más que suficiente para continuar un camino a su lado.

FIN
Fotos: archivo personal

viernes, 13 de junio de 2008

Nadie te Amará como Yo - 26a. parte




El vacío, la nada. La más absoluta oscuridad, un entumecimiento tan doloroso como inmovilizante dominaron mi destino luego del funeral. La muerte era eso justamente y había extendido su siniestro manto de tinieblas sobre mí, llevándose a papá y aquello de lo que no supe ocuparme. Su guadaña filosa cortó de cuajo los aspectos de mi vida que yo no había tenido las agallas de conducir apropiadamente, poniendo sanguinario fin a los capítulos sueltos, a los vacíos de mi voluntad, a todo aquello que por mis constantes temores, por el miedo paralizante que me infundían, yo siempre había dejado de lado con distracciones, con pretextos, volviendo la cabeza hacia otro lado. Nada tuvo sentido a partir de entonces, o mejor dicho, casi nada. Me forcé a seguir, a no renunciar a lo poco que me quedaba sólo por Francisco y Clara. En cuestión de días mi vida había dado un giro que, una vez más, había socavado las endebles bases sobre las que me apoyaba, haciéndome tambalear. Y, una vez más también, tuve que obligarme, como lo había hecho durante toda mi vida. Obligarme a que la contrariedad no me hiciera sucumbir, a que la sinrazón no sojuzgara mi destino como lo venía insinuando. Pero el obligarme jamás había logrado acabar con lo que verdaderamente sentía, y supuse que tampoco lo haría en esta oportunidad. El duelo gobernó mis días. Los atravesé como un sonámbulo, como un robot, como si me guiara un motor interno que se limitaba a controlar mis funciones vitales y poco más. La imagen de la lápida sobre la tumba de papá, pulcra, sencilla, levantada sobre el césped impecable me perseguía sin descanso, casi recordándome de otras dos muertes anunciadas, otros dos sepelios pendientes de los que debería ocuparme. Pero papá había partido naturalmente, a su tiempo, después de agonizar durante días. Era ahora el turno de enterrar lo que yo había matado, lo que había mutilado casi sin darme cuenta, gracias a mi vacilación, a mis especulaciones constantes. Y debía hacerlo como un hombre, sin lágrimas, sin arrepentimientos.
Dardo se despidió escueta, formalmente, luego del entierro, y supe por Juanjo que partió poco después. Lo podía imaginar a sus anchas ahora, retozando entre montañas y bosques cómplices, rodeado por los cálidos y seguros brazos de Claudio, riendo feliz, compartiendo con él su apacible vida. Por fin, después de tanta espera, había encontrado un hombre que le podía ofrecer su amor incondicional, lo que él necesitaba. Y si no llegaba a ser incondicional, cuanto menos era cercano, no como lo que yo podía darle, a gatas, en contadísimas ocasiones, dudando constantemente, el peso de una mujer y dos hijos marcando el límite, ensombreciéndolo todo. Dardo y Claudio tenían el enorme privilegio de celebrar la fuerza de su amor de hombres libremente, y la naturaleza, satisfecha, amparaba su valeroso amor sonriéndoles con días de sol, con lagos color esmeralda, con verdes cipreses amurallándolos de miradas y juicios suspicaces.
Después del funeral, Cecilia pareció prepararse para mucho más que las inminentes vacaciones en la costa. Aunque había exagerado su aflicción, sé que sintió sinceramente la partida de papá. Cumplió el papel que me hubiese correspondido a mí, recordando eventos o circunstancias en las que mi viejo había sacado su escaso encanto a relucir. Siempre supe que papá adoraba a Cecilia, y hoy no dudo en que me casé con ella por eso, porque papá había aprobado mi elección, en primer lugar. Por eso, y porque con mi matrimonio se despejaban las dudas que él siempre había tenido acerca de mi sexualidad. En cuántas oportunidades se me ocurrió pensar, viéndolos juntos, cual compinches, riendo y conversando por horas en casa, que el viejo había llegado a amarla, como creo que yo jamás pude. Y cuando creí ver que la hostilidad y las dudas que siempre había sentido hacia mí se habrían acabado con Cecilia, con desazón descubrí que todo eso se había transformado en rencor teñido de profunda envidia, por tener yo a quien él jamás poseería. Cecilia disfrutó con creces la situación, perdida en sus mohines y su risita grave. Mamá y mis hermanas observaron la escena sin decir nada, como de costumbre.
Ese mismo grado de natural complicidad, sin los esfuerzos que yo siempre debí remontar, resurgía cada vez que ella y Martín estaban juntos, y recordaban su feliz infancia en Tandil. Todo había sido alegría, travesuras y fiesta durante aquellos años transcurridos en el pueblo o en la estancia de la familia, que evocaban con carcajada encubridora. Eran aquellos momentos que yo detestaba, en los que me obligaba a sonreír diplomáticamente. Me preguntaba ahora cuánto tiempo más tardaría Cecilia en patear certeramente el tablero donde se encontraban las frágiles fichas de nuestro matrimonio, asumiendo su clandestina y seguramente apasionada relación con él. ¿Pero, aunque la odiara por ello, podía juzgarla? ¿Podía culparla de algo? ¿Qué era lo que realmente me molestaba? Si yo había actuado de la misma manera, con el mismo egoísmo, sin apreciar que sobre ese tablero que también yo arrojé lejos, dos fichas llevaban el nombre de nuestros hijos. ¿Podía juzgarla cuando yo mismo lamentaba mi decisión de formar una familia, de estar prácticamente atado de pies y manos y no poder estar con Dardo o con el hombre que se me antojase? ¿Podía culparla de buscar en otro hombre lo que no conseguía de mí, su marido? Si somos todos el resultado lógico de procesos tan azarosos como complejos, ¿a quién entonces, podemos echar culpas? Quizá a nadie, porque nadie es tan bueno ni tan malo al fin y al cabo.
Una tregua tácita, que respetaba mi sagrado período de duelo, parecía haberse establecido entre Cecilia y yo. Ninguno tuvo intenciones de mencionar nada que pudiese quebrar la aparente paz y serenidad que reinan después de una pérdida irreparable. Ella, fiel a su inquebrantable corrección se mostró comprensiva y servicial frente a la mirada escrutadora de Fran y Clarita, y yo apenas si tenía fuerza para respirar adecuadamente, así que dócilmente, me limitaba a aceptar la puesta en escena. Con los días fue abandonando el peinado tirante, la cara sin maquillaje y los colores opacos y pronto se enfrascó en la actividad favorita de cada verano. Contagiando a los chicos de su imparable entusiasmo, tejiendo mil y un planes, aprovechó cada momento libre para planificar minuciosamente sus próximos días fuera de casa.




Así como para muchos la muerte significa el irremediable fin, la angustiosa nada, para otros puede ser el símbolo de que la vida continúa, renovada, renacida. La muerte no deja de ser, después de todo, un fin y a veces, un auspicioso comienzo. Invitada por mis hermanos, mamá prácticamente no dudó un segundo en partir de vacaciones al Uruguay, deseosa de playa, descanso y, en menor medida, nietos, como me contó cuando conversamos por teléfono. Sin que lo hubiera podido imaginar, la ausencia de mi padre nos apiadó a todos en más de un aspecto, porque nunca antes nos habíamos llamado con la frecuencia con que comenzamos a hacerlo después de su entierro. Me dije que tenía que comprobar que era mi madre quien me había hablado de esa entusiasta manera, con ese tono de voz tan irreconocible como cristalino y jubiloso. En un desacostumbrado gesto de mi parte, decidí entonces despedirla en el puerto. Retrasado por un embotellamiento en el centro, llegué sudando mares, minutos antes de que embarcara. Ya de lejos me asombró ver que mi recatada, tímida y correcta madre se destacaba claramente del gentío vestida con lo que a mi modo de ver era un disfraz de turista de folleto. Envuelta en un vaporoso vestido de orquídeas anaranjadas sobre un fondo lila furioso, su pelo ensortijado y recién teñido bajo el ala de una capelina blanca, los ojos enfundados en grandes anteojos oscuros, me saludó divertida agitando sus dedos huesudos. Exudando entusiasmo y alegría, en tanto mis hermanas y sus cónyuges lidiaban con hijos, papeleo y equipajes, nada en ella hacía pensar que se trataba de una flamante viuda que acababa de sepultar más de cuarenta años de sumiso y leal matrimonio. “Sé feliz, hijito. Disfrutá.”, me dijo, acariciando mi mejilla, antes de perderse tras las puertas de embarque, sonriéndome, tironeada salvajemente por mis sobrinos. “Sí, como si fuese tan fácil.”, pensé mientras agitaba mi mano con alegría forzada. Sin embargo, esas simples palabras de mi madre reverberaron hasta los rincones más oscuros de mi mente mientras manejaba de regreso a la oficina.
Un providencial viaje a Córdoba me tuvo fuera de la ciudad por un par de días salvadores. El bendito proyecto de tantos meses, el desarrollo del complejo software de administración, lo único que funcionaba acertadamente en mi vida, estaba a punto de ser instalado en una empresa de envergadura que lo había adquirido, y allí fui yo, afanoso por borrar asuntos de mi vida que no se redujeran a bits o sistemas binarios. El programa corrió más que exitosamente, así que luego de unos pocos ajustes, calurosas felicitaciones y agradecimientos, no me quedó más que regresar a Buenos Aires en el vuelo que ya tenía reservado. Un habitual error en la planificación de la aerolínea me obligó a esperar el vuelo siguiente, pues el que debía tomar estaba completo. Estuve a punto de maldecir a la empleada que con desgana me dio la noticia, pero no lo hice. No quise arruinar la minúscula cuota de alegría que me habían dado gracias al buen desempeño del programa, y que sin dudas, repercutiría en un aumento en mis ingresos. Decidí, en su lugar, tomar un trago en el bar del aeropuerto. Finalmente, también desistí, y me incliné por un gran chopp de cerveza acompañado de un plato de maníes. Llegué a casa poco después de la medianoche, con la cabeza hecha un torbellino y la panza hinchada como un globo aerostático. Iluminada por la tenue luz del recibidor, Cecilia estaba sentada a la mesa del comedor diario, una copa de vino a medio llenar en frente suyo. Me sobresalté al verla perfilada por las sombras del departamento en silencio. La besé con suavidad, sin hablar.
- ¿Cómo te fue? – preguntó en un susurro.
- Genial, fue todo un éxito. – respondí con voz ausente. Se hizo un silencio incómodo que no me molesté en quebrar.
- ¿Comiste? – preguntó al cabo Cecilia.
- Sí, nos dieron cena en el avión. – Si se podía llamar cena al bocado que nos habían ofrecido, y que devoré con desesperación.
- ¿Tomamos un café? – invitó. No tenía ganas de café ni de nada que no fuese irme a la cama, pero accedí.
- Me voy con los chicos mañana. – anunció mientras ponía agua a calentar.
Pestañeé nerviosamente. Un dejo de alarma agitó mi mirada cansina.
- Ahá... – asentí débilmente. – Adelantaste la fecha.
- No lo pensaba, surgió... Nos lleva tío Enrique, así que no vamos a necesitar el auto. – me dijo de espaldas. Tío Enrique, el papá de Martín, el hombre más egocéntrico y altanero que conozco, después de Martín, claro está. – Vos venís después, ¿no?
No respondí de inmediato. Iba a preguntarle cómo se atrevía a decidir acerca de nuestros hijos sin mi consentimiento, pero eso hubiese significado violar el pacto silencioso que sin mencionar siquiera, habíamos convenido. Y además, en primer lugar, debía pensar en mis hijos, ellos disfrutaban de jugar con sus primos, los adoraban de verdad. Callé mi verdadera opinión y fingí que aceptaba de buena gana.
- Seguro. – contesté sonriendo, mientras un sexto sentido interno esbozaba el panorama de un fortísimo temporal en ciernes.




Despertar con jaqueca, ir a trabajar, desempeñar mi labor con fruición, como si nada pasara. Comer a desgano tratando de no pensar en Dardo, dormir pésimo porque los sueños me torturan con sus evocaciones, y el clima con su calor abrasador. Despertar nuevamente, la tristeza sumada a la persistente jaqueca. A ese diario tormento se redujo mi vida durante las dos semanas que siguieron a la alborotada partida de Cecilia y los chicos. Rehén de mis decisiones e indecisiones, víctima de mis malogradas elecciones, pasé los días como un ánima que vagaba por los caminos fallidos de su vida. En tanto, mi mente incansable en su castigo, no cesaba de mortificarme con pensamientos del mal hijo, del mal marido, del mal padre, del mal amigo en que me había convertido. A la manera de un muro contenedor, algo dentro de mí se encargaba de ponerle coto a mis emociones, impidiéndome llorar, desahogarme como lo deseaba. Por eso volví a beber. Por esa razón también, comencé a tomar tranquilizantes. Una de esas noches en que miraba la televisión sin verla, tirado en el sofá del living de casa con un vaso de whisky en la mano, sonó mi teléfono celular.
- Ro, vida, ¿qué hacés, cómo estás? – me saludó una efusiva voz, aturdiéndome.
- Marian, hola.
- Uy, me parece a mí, ¿o llamo en mal momento?
- No hay problema, ¿cómo te fue?
- Maso, Brasil puede ser divino como una cagada... nos agarró la temporada de lluvias, así que imaginate, decí que el hotel era un sueño, que si no...
- Mm, qué garrón. – comenté sin interés.
- Sí, total... pero bueno, estábamos ahí, ¿no? Así que como playa no se podía, comimos como cerdos, viste lo que son los desayunos de allá, no sabía qué no comer... Resultado, cinco kilos de más. Estamos todos a dieta estricta ahora... – rió sin contagiarme. - Contame, ¿cómo lo estás llevando, corazón? – preguntó con dulzura.
- Como puedo... o mejor dicho, como no puedo. – tragué forzadamente. – Mal.
- Bueno, Rodri, bombón, pero pensá que tu papi vivió su vida después de todo, formó una familia, ¡qué sé yo!... La hora de mierda esa nos llega a todos tarde o temprano.
- No me refería a eso, exactamente, Mariana, pero te agradezco las palabras. – dije con sequedad.
- ¿Ah, no? ¿Y qué te pasa entonces?
- ¿Qué, Dardo no te contó?
Se hizo un silencio que tomé como una negativa de su parte.
- Conoció a alguien, un tipo, un tal Claudio... lo sabés... – sugerí.
Un resoplido metálico golpeó mis tímpanos. Mariana carraspeó titubeante, o eso me pareció.
- Ah, Claudio, cierto... yo, no... no me... qué boluda, es que tengo tantas cosas en la cabeza, el viaje ¿viste?, no me acordaba...
- No te acordabas... ¿No era que Dardo me quería mucho y me esperaba, según me dijiste? – inquirí con disgusto.
- Sí, bueno, pero...
- ¿Para qué me ilusionaste, Marian? ¿Por qué me dijiste todas esas cosas lindas, para qué me diste las fotos si era todo mentira? Vos no te das una idea de lo que yo siento, de todo lo que estoy pasando... nadie lo sabe. – luché por que la voz no se me quebrara. - ... Y él parece que menos que nadie.
- Rodri, pará, yo... él... vos no entendés...
- Si, tenés razón, yo no entiendo un carajo de nada, por eso me va como me va. Chau, Mariana. – espeté, y corté la comunicación.
El teléfono sonó con insistencia segundos después, pero no lo atendí. Al cabo de unos pocos minutos sonó mi celular. Tampoco contesté la llamada. Apuré el contenido de mi vaso de whisky y me fui a dormir.
No contesté ninguna comunicación, no leí los correos electrónicos ni los mensajes de texto con los que Mariana me bombardeó los días siguientes. Debía sepultar lo que estaba velando, así que lo mejor era cortar de cuajo con todo aquello que me hiciera pensar en Dardo, y volver a lo mío, a la vida que me pertenecía y sobre la que podía tener algún control.
Pocos días más tarde me encontraba conduciendo en dirección sureste, hacia Valeria del Mar, en la provincia de Buenos Aires. El viaje, en un día de sol inmenso y cielo azul, a través de sembradíos y campos salpicados de vacas pastando me relajó y me distrajo mucho más de lo que imaginaba. Hasta canturreé algunos de los temas que el estéreo del auto reproducía melodiosamente. Pude encontrar casi de inmediato la casa que Cecilia había alquilado por la temporada a un precio irrisorio, cuando llegué a media tarde. Era una construcción pequeña, modesta comparada con las dimensiones de las casas vecinas, pintada de un celeste pálido, de techo acanalado gris oscuro, chimenea y veleta. No había rastros de ella ni de los chicos. Estarían en la playa como me había prevenido. Cambié mis zapatillas por cómodas ojotas, mi sudada remera por una musculosa y me encaminé hacia el mar. La sombrilla verde fluorescente se recortaba claramente entre el enjambre de gente, carpas, toldos y otras sombrillas. “Es perfecta para que los chicos no la pierdan de vista en la playa”, había dicho Cecilia antes de comprarla. Y, como es habitual, su mente extremadamente metódica y especulativa, había tenido razón, aunque el color me provocase náuseas. Ella leía a la sombra, boca abajo en su bikini negra. Caí pesadamente a su lado.
- ¿Qué tal? – la saludé.
- Hola, llegaste rápido. – dijo, besando fugazmente mi mejilla.
- Sí, estuvo tranquilísima la ruta... ¿los chicos? – No necesité respuesta, jugaban a los gritos con Martín y sus hijos en sus trajes de baño de marca a pocos metros de nosotros. - ¿Pía no vino?
- N-no... bah, sí, vino, pero tuvo que volver a Buenos Aires hace unos días... con tío Enrique. Asuntos de su trabajo, y la madre no andaba bien... – contestó turbada.
- Me imagino. – repuse ásperamente. Arrojé lejos mi musculosa y fui a buscar a mis hijos. Entre chillidos y abrazos de bienvenida, saludé a Martín con apatía, sin estrechar su mano. Propuse una carrera hasta el mar, que mis hijos y mis sobrinos políticos aceptaron de buena gana, corriendo más rápido que yo. Dejé a Martín atrás, perplejo, siguiéndome con la mirada. El contacto con la frescura del agua, el viento tibio acariciándome la piel, la alegría contagiosa de los chicos jugando con las olas, como una súbita bocanada del alivio que buscaba, me provocaron una inmensa felicidad. Con lágrimas en los ojos, mientras lanzaba a Fran por los aires, y los demás esperaban su turno arremolinados junto a mí, caí en la cuenta de que Dardo por fin pareció cobrar la dimensión que le correspondía. La de alguien tan irreal como inverosímil. Y nuestra relación, la de algo tan demencial como imposible de encajar en mi vida heterosexual. Cecilia y Martín ya tomaban mate bajo la sombrilla verde fluorescente cuando los divisé furtivamente.
Los Pérez Cantón eran dueños del enorme chalet casa de por medio de la que Cecilia había alquilado, que también les pertenecía. Pese a que me negué con insistencia, finalmente mi mujer me convenció, por lo que algunos almuerzos y casi todas las cenas transcurrieron allí. Podía haberme negado con mayor vehemencia, o cuanto menos, haber discutido si eso era lo correcto, pero no lo hice. Nuestros respectivos hijos lo pasaban estupendo juntos, y Martín disponía de unas empleadas altamente eficientes, que en cuestión de minutos resolvían la eterna e insalvable cuestión del menú para niños y el que nos correspondía a los grandes. Sustituí, entonces, mi disconformidad por espíritu de vacaciones y me dejé llevar por el placer de no tener que ocuparme de casi nada. No quería que se enturbiara el momento tan lindo que estaban viviendo mis hijos, así que mantuve mi silencio a raya, en ese aspecto y en los muchos otros que fue generando nuestra pacífica convivencia. Los tres adultos respirábamos un clima enrarecido, artificial, que por momentos me preocupaba. Una pieza obvia, dañina de tan evidente, no encajaba en la forzada situación que compartíamos, pero nadie se atrevió a decir nada. Sin embargo, yo sabía que nuestras miradas expresaban todo lo que no nos atrevíamos a poner en palabras.



Una tarde nublada, fresca y gris me ofrecí para comprar medialunas para la merienda. Los chicos miraban hipnotizados una película de Disney en la televisión de la gigantesca sala vidriada, así que fui sólo. Cecilia se ocupó de poner leche en el fuego, Martín leía el diario sentado en un sillón junto al ventanal que daba al jardín de atrás. La puerta se abrió cuando había dado unos pocos pasos.
- Che, Ro, ¿dónde vas a comprar las croissants? – inquirió Martín a viva voz, los anteojos de leer resbalando por su nariz.
- A la panadería del centro, acá nomás. – dije.
- Las de ahí son una cagada, ¿por qué no te vas a la que está sobre la ruta a Pinamar, la que te indiqué el otro día, te acordás?
- Bueno, pero tengo que sacar el auto... – insinué sin ganas.
- Llevate el mío, tomá. – dijo, lanzándome las llaves de su BMW, estacionado frente a la entrada de la casona.
A pesar de que apenas estábamos pisando el final de enero, las calles que atravesé se veían desiertas. El mal tiempo sin duda alejaba a la gente de los espacios abiertos, más cuando habíamos tenido una seguidilla de días hermosos. El andar del lujoso sedán alemán un arrullo, pronto encontré la dichosa panadería de las croissants favoritas de Martincito. Afortunadamente estaba vacía, así que en cuestión de segundos salí de allí con una gran bolsa llena de medialunas calientes que olían exquisito. No deben haberse percatado de mi apresurado regreso, porque las siluetas de Cecilia y Martín recortadas a través de los grandes ventanales, siguieron gesticulando y desplazándose nerviosamente por la cocina cuando me apeé del auto. Disimuladamente rodeé la casa esquivando los montículos de hortensias y pensamientos hasta llegar a la puerta de servicio. Gritaban, pero no alcancé a escuchar exactamente qué decían. Apenas si pude captar un par de sílabas inteligibles, y algo que sonó a “decíselo”. Abrí la puerta y me encontré con sus ojos cargados de estupor.
- Listo, calentitas y todo. – anuncié sonriente. – ¿Merendamos?
Eso hicimos. Los gestos complacientes y esquivos de mi esposa y su primo taparon toda huella del altercado de momentos antes.
Llovió copiosamente al atardecer, con fuertes ráfagas de viento que arrastraron ramas y hojas de los árboles. Pero la verdadera tempestad no comenzaría sino hasta la mañana siguiente. Desperté temprano, sintiendo algo de frío. Atrapé un buzo, mi jogging y salté de la cama cuidando de no despertar a Cecilia. En el living me puse mis calcetines y mis zapatillas deportivas. Una brisa sorprendentemente tibia me envolvió cuando abrí la puerta de calle. Hacia el mar, el cielo seguía encapotado, de un tono azul violáceo. Sobre la pampa en el extremo opuesto, las nubes habían comenzado a separarse tímidamente. La playa estaba desierta, como me gusta a mí. Sonreí, complacido. Estiré brazos y piernas y luego caminé ágilmente en dirección norte. A los diez minutos comencé a trotar suavemente. Luego corrí a paso firme por otra media hora. El azul violáceo del firmamento viró a un gris lavanda, la temperatura subió agradablemente unos cuantos grados. El mar se veía invitador, con olas suaves y murmurantes. Observé en derredor mío. A lo lejos divisé una pareja paseando a dos perros, y unas gaviotas con cara de pocos amigos algo más cerca. Sin dudarlo, me quité el buzo, la camiseta, el jogging, las medias y las zapatillas y eché una carrerita que terminó con una soberbia zambullida. Me sentí un chiquillo libre y pícaro nadando en mi gastado slip blanco en el agua increíblemente cálida y suave. Cerré mis ojos mientras flotaba entre la espuma, sonriendo de placer. En un fogonazo, la imaginación me retrotrajo a la pileta de la casa del arroyo marrón, al lago verde esmeralda. Suspiré con abatimiento, di un par de brazadas y salí. Me calcé el pantalón y las zapatillas y corrí sobre la arena dura todo el camino de regreso.




Ráfagas de viento me escoltaron al caminar las cuadras que separan a la casa de la playa. Comprobé mi aspecto en el vidrio de un auto estacionado antes de entrar. Mi pelo lucía como si acabara de bajarme de una moto de alta cilindrada.
Cecilia bebía café en la cocina, recostada contra la ventana, la mirada perdida en la calle de tierra.
- Buen día. – dije alegremente, y pelé una banana.
- Buen día. – esperó unos minutos, viendo que me estaba proveyendo de lo necesario para tomar mi desayuno. Disponía todo sobre la mesa cuando añadió con solemnidad. - Rodrigo, tenemos que hablar.
La observé con alarma, tragando saliva.
- Dale, sí, hablemos. Sobre todo, siendo que ya lo hiciste con tu primito. – ironicé de golpe, engullendo un gran trozo de banana.
- No sé de qué hablás... – pasó sus dedos por el flequillo. – Por favor, no intentes desviar la atención. Las cosas entre vos y yo no están bien... los chicos ya lo notan, te habrás dado cuenta.
- En realidad no, pero si vos lo decís...
- ¿Podés parar con la ironía, por favor? Quiero que hablemos en serio.
- Con conseguir que hablemos ya te podés dar por satisfecha. – señalé, sonriendo con sarcasmo.
Apoyó la taza con violencia, gotas de café salpicaron la mesada.
- Si acá hay alguien que jamás habló ese sos vos, así que no te la des de superado conmigo, ¿estamos? Porque ese es justamente tu problema, creés que al no hablar, las cosas simplemente no pasan, no existen de verdad, porque no las nombrás y nadie más lo hace y así, vivís tu vida como si tal cosa, mientras a tus espaldas todo se desmorona. Rodrigo, yo puedo ser cualquier cosa menos tarada, ciega o sorda. Me he dado cuenta de que sí puedo ser muda, pero hasta un justo y soportable límite, el que me permite mi humanidad de mujer y mi condición de esposa y, por sobre todo, de madre. Ha ocurrido demasiado, de un tiempo a esta parte, y vos seguís haciéndote el distraído... – hizo una breve pausa para repensar. - ...el reverendo pelotudo, tapando, mintiendo, sin acusar recibo de nada, de nada en absoluto. Tu familia admirando el fantástico espectáculo de tus intrigas, de tus huidas, de tus viajes secretos, de tu temperamento que nadie entiende, de gente que aparece de la nada y se vuelve el centro de tu vida, y vos, como si nada, pretendiendo que todos creamos que seguís siendo el tipo de siempre, el papá perfecto, el que se desvive por sus hijos, el informático exitoso, cuando lo real es que te lo pasás escondiendo un mundo que te das el lujo de vivir a nuestras espaldas. Date cuenta, Rodrigo, hace rato que como marido no existís, NO EXISTIS. ¿En algún momento te pusiste a pensarlo?
- Tuve problemas, no tiene nada de malo eso. – dudé.
- ¿Problemas? Así que tuviste problemas... ¿Y a quién le contaste de tus problemas? – elevó la voz. – Porque a mí jamás me dijiste una palabra de nada, y yo sigo siendo tu mujer, TU ESPOSA, ¿sabés?
- Esto no tiene nada que ver con vos, Cecilia, en absoluto nada que ver.
- Ah, no tiene que ver conmigo... qué alivio... Decime con quién carajo tiene que ver entonces... ¿y qué carajo se supone que tengo que hacer yo? No, dejá, no me digas nada, ya sé, tengo que hacer como vos, mirar hacia otro lado, sacar mis dotes de actriz consumada y actuar que todo está perfecto, genial, que la vida me sonríe, a pesar de que hace meses, MESES, que no me prestás atención, meses que no me tratás como deberías, meses que no me tocás, Rodrigo. – la crispación había transformado su cara en un rictus intimidante.
- En eso se ve que aprendiste bien de tus primitos, que para representar papeles son bárbaros. – lancé, sin mirarla.
- No lo metas a Martín en todo esto, él no tiene nada que ver. – aulló. – Y no me lleves a lugares que no quiero ir.
- Ah, claro, Tincho, pobrecito, a él no, no lo tocamos... pero a Pía sí, ¿no? Pía sí tiene que ver en todo esto, porque ella se interpone en tus planes...
Sus ojos llameaban de ira cuando se inclinó sobre la mesa para espetarme:
- Sí, de la misma manera en que yo me interpongo en los tuyos con el maricón de tu compañerito del colegio.
Palidecí intensamente.
- ¿Qué decís? Callate, vos no sabés nada... – murmuré, la voz agarrotada.
- ¿Que no sé? Eso es lo que vos creés. Tu viejo antes de morir me contó todo, TODO, ¿me oís bien? y me parece que no necesito decirte qué fue lo que me contó, ¿o sí? – me escrutó con gesto triunfal. - ¿Querés que te diga qué fue lo que aceleró el cáncer que se lo comió vivo?
- Cecilia, callate... – rogué. – No sigas.
- No me callo nada, no pienso ser ni hacer como vos. – vociferó, con una voz que desconocía. – ¡A tu viejo lo mató ir a verte a tu cama del hospital de Neuquén para encontrarte a vos y tu amiguito tomados de la mano! Como dos... – no terminó la frase. - El te había prohibido verlo, te había advertido que no te le acercaras nunca más, pero vos te cagaste en eso de la misma manera que te cagaste en todo lo demás... Casi te matás, tus hijos casi se quedan sin padre por un tipo, un marica al que fuiste a ver al culo del mundo, ¿y qué conseguiste? Que tu viejo se muriera del disgusto, que tus hijos se desesperaran de llanto porque no tenían una sola noticia de su padre... ¡Y todo por un puto de mierda que no contento con su vida te cagó la adolescencia! – le tembló el mentón. Yo no terminaba de creer lo que estaba escuchando.
- Callate, Cecilia, te lo pido por favor...
- ¡Te digo que no me pienso callar una mierda! Cuando pienso en lo que fuiste a hacer allá con él, en la farsa ridícula que armaste para que tu hombría no se viera tocada... Me das asco, Rodrigo, mucho asco... Ruego a Dios que nuestros hijos nunca sepan nada de esto... y que tu pobre padre sepa perdonarte...
Se hizo un alto en el que ambos necesitamos recuperar el aliento.
- Mi pobre padre... – solté una risa cargada de ironía. – El obtuso de mi viejo siempre habló así, de la misma manera que lo hacés vos, ignorando de qué hablaba, sin saber una mierda de lo que me pasaba... Por eso congeniaron tanto ustedes, creyéndose siempre la autoridad indiscutible de todo lo que hacen o dicen... Y vos te atrevés a hablar de mí cuando no fuiste precisamente el ejemplo tampoco... ¿hace cuánto salís con Martín?
- ¡Te dije que no lo metas en esto! – exclamó con violencia. – Además, si fuese así como decís, si yo saliese con Martín como fantaseás, por lo menos, lo mío sería dentro de lo normal, algo que le sucede a personas NORMALES, ¿me oís bien? Varón y mujer, mujer y varón, como Dios quiso que sea.
- Qué ilusa que sos, qué ilusa... – repetí, meneando la cabeza.
- ¡Prefiero ser ilusa a ser un maricón patético, hijo de puta! – estalló.
La escruté incapaz de añadir nada más. Por mi mente desfilaron infinidad de escenas, personas, situaciones, pasadas y futuras. Lo que acabábamos de vivir no era más que el prólogo de un fin ya anunciado. Cecilia sin derramar una sola lágrima, su taza temblando entre sus manos en tanto la llevaba a su boca, la vista perdida en los charcos de barro de la calle, me escuchó decir:
- Sí, puede que tengas razón en eso.– dije con suavidad. – Y, en todo caso, quizás hasta te solucioné un problema.
Me puse de pie y me quedé así, tieso, inmóvil. Ella no se volvió para mirarme cuando añadí:
- Ojalá puedas perdonarme, algún día.
Empaqué mis cosas rogando por que no se despertaran los chicos. Lo hicieron cuando estaba cerrando mi bolso. “¿Vas a trabajar, papi?”, me preguntaron cuando les dije que regresaba a Buenos Aires. Titubeé unos segundos. “Sí, papá tiene mucho que hacer. Nos vemos pronto. Pasen unas lindas vacaciones. Los amo mucho.” Y nos confundimos en un abrazo del que me costó separarme.
El horizonte resplandecía con continuos refucilos de la tormenta que a esa altura no sabía si se alejaba o se replegaba para volver con más fuerza. La famosa conspiración cósmica, la ridícula maquinación universal de la que me sentía exclusivo protagonista había llegado a su fin. ¿Qué grado de ingenuidad me había llevado a pensar semejante estupidez, a pensar que yo me había convertido en el blanco de una confabulación de ribetes sobrenaturales, originada en una historia inconclusa, una historia que, de tan importante, de tan crucial para el cosmos, éste me había elegido para ponerle el final feliz, el que no había podido tener oportunamente? Meneé la cabeza, incrédulo ante mi inocencia. “Las conspiraciones son siempre en contra, gil, no a favor de uno”, pensé. “Hacete a la idea, boludito... Colorín colorado, esta historia – y algunas más – se han acabado.” A través de los limpiaparabrisas pude ver el cartel que indicaba las direcciones que tomaba la próxima bifurcación de la ruta. Crucé la rotonda pisando fuerte el acelerador, la vista fija en el pavimento húmedo. Los hemisferios de mi cerebro iniciaron un bombardeo tenaz. Apreté los dientes hasta que me dolió, mis dedos se crisparon alrededor del volante. Desvié violentamente mi auto hacia la banquina y frené en seco. El persistente bocinazo de un auto que pasó sacudiendo el mío me sobresaltó, recordándome la imperdonable falta que acababa de cometer. Una más en mi largo y perseverante derrotero de desaciertos. Sin detener el motor, deslicé mis dedos por entre los tirantes metálicos bajo mi asiento. Con algo de esfuerzo extraje el sobre de polietileno que hacía tiempo no tanteaba. Lo abrí con mano trémula. El papel brilloso de las fotos reflejó la escasa luz que atravesaba el denso manto de nubes. La procesión de instantáneas, nuevamente, trajo hasta mí una oleada de colores, de aromas, de sentimientos que parecieron sacudir su entumecimiento, liberados ahora de su encierro, y también, consabidas lágrimas a mis párpados. Desde los albores de mi conciencia, como oleaje irrefrenable y bullicioso, aires de sensatez cargados de disuasión trataron de fulminar el ánimo que los recuerdos lograron infundirme.
Los neumáticos chirriaron lanzando lodo en todas direcciones cuando, a corazón galopante, aceleré hacia el suroeste.

Continúa.
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