viernes, 30 de marzo de 2007

La Mano Derecha del Diablo - Segunda Parte



Ciudad Juárez, México, junio de 1964

Marchaba a paso rápido, algo agitado. Había mucha gente en las calles, y eso lo tranquilizaba. Voces, risas, música de guitarras, luces de distintos colores, el calor que no agobiaba esa noche. Una brisa tibia parecía suavizar y endulzar todo a su alrededor. Se detuvo a mirar unas baratijas en uno de los puestos que abarrotaban esa parte de la ciudad para serenarse un poco. Pensó cuán distintas eran las cosas del otro lado de la frontera. El mundo allí cambiaba por completo. Las caras se mostraban despreocupadas y alegres. A nadie le importaba lo que hacía el otro, y quien reparara en él le sonreía o le ofrecía una pequeña reverencia, que él respondía inclinando su sombrero. Los rodeos en San Antonio lo ponían de buen ánimo, porque le permitían escabullirse hasta México y ser ese otro. Cruzando los límites del país nadie lo llamaba Jimbo, sobrenombre que había terminado por detestar. Allí nadie se dirigía a él con desdén, ni reía burlonamente, y menos se atrevía a insultarlo. Allí nadie sabía quién era. No había rastros de nada que tuviese que ver con el gran John Botley, nada que lo hiciese recordar. Tampoco expectativas que cumplir ni linajes a seguir. Continuó su marcha esquivando la multitud.
Se detuvo en una cantina para comprar una cerveza. Aprovechó el momento para atisbar con sigilo la callejuela semioscura que se abría enfrente. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza. Pagó y, resuelto, cruzó la calle abriéndose paso entre el gentío, pero tropezó con unos chiquillos que corrían en círculos, y su botella casi cae al suelo. La atajó a tiempo y los miró con simpatía. algunos repararon en él y lo siguieron con la mirada, curiosos.
La entrada a la callejuela estaba custodiada a cada lado por dos mujeres de generoso escote que le sonrieron. Una de ellas intentó cortarle el paso pero la apartó con suavidad, agradeciéndole el ofrecimiento en español. Continuó su marcha con paso firme y más allá, en la penumbra, algunos muchachos lo miraron con complicidad sugerente, pero ninguno se movió. Distinguió la familiar silueta apoyada contra la saliente de una entrada, bajo la débil luz de un farol. Suspiró aliviado, consiguiendo serenarse. Se paró a su lado, extendiendo el brazo que sostenía la botella.
La repentina invitación hizo que el muchacho alzara su cabeza lentamente. Sus labios se apartaron mostrando unos dientes blancos y parejos.
- Señor John... - Susurró, y sus ojos oscuros emitieron un brillo sincero.
Adoró ese gesto, nadie jamás lo saludaba de esa manera en Texas. "Señor", en español sonaba dulce y suave, y muy respetuoso. El nombre de su padre no golpeaba en esos labios extraños. Sintió de todos modos un ligero estremecimiento, seguido de la imagen fugaz de una mano en alto empuñando un rebenque amenazante. La apartó de su mente con firmeza, no iba a conseguir arruinar nada allí.
- Hola Ramón. Ocupado esta noche? - Le dijo, sonriendo pícaramente, pero con voz entrecortada.
- Por supuesto que no, señor John, por supuesto que no. - Le contestó en un inglés afectado, y estalló en carcajadas mientras lo rodeaba con su brazo y se alejaban de allí. Jimbo no pudo evitar mirar en derredor, incómodo, luego rió con él.
La mujer de la pequeña pensión cercana los recibió con amabilidad, sin sacar los ojos del par de billetes que Jimbo le alcanzó vergonzosamente. Subieron por unas estrechas escaleras hasta la modesta habitación que se abría sin llave. Vio con deleite el macetón de profusos geranios rojos en el pequeño balcón ni bien traspuso la puerta. Ramón se adelantó con prisa a correr las floridas cortinas, Jimbo lo detuvo tomándolo de los hombros y lo obligó a girar sobre sus pies. Sus miradas se encontraron por un instante, el texano trataba de controlar su respiración evidentemente ansiosa. Sin demorar un segundo más lo besó con fruición, torpemente.
- Señor John, está contento esta noche... - Murmuró el muchacho, sonriendo, cuando sus labios consiguieron separarse.
- No te imaginas cuánto, Ramón, no te imaginas cuánto!
Lo arrastró, pegado a sus labios ansiosos, hasta caer pesadamente sobre la cama. Rieron más aún. Ramón era más corpulento que el vaquero, pero su voz y sus modales eran de una serenidad aniñada, algo que consiguió hipnotizar y sumir al texano en un delicioso trance desde el primer momento. El joven desabotonó delicadamente su camisa mientras con los labios recorría cada fracción de su pecho y sus manos masajeaban la entrepierna. La suave piel de sus dedos erizó su vello y lo hizo temblar sutilmente.
- Ramón, bebé, no vayas a detenerte por nada del mundo...
Oir de labios de Jimbo la palabra " baby" logró algo parecido a un flechazo. No había casi clientes que tuviesen delicadezas de ese tipo, por eso se esmeraba cuando aparecía alguno. En todos encontraba lo mismo, sin importar de dónde viniesen, pero el señor John fue ciertamente especial desde el primer momento. Envolvió el miembro de éste con su boca, y comenzó a mecerse suavemente. El vaquero se sacudió y hundió sus dedos en el cabello de Ramón. Poco después se incorporó, lo besó profundamente hundiendo la lengua en su boca, y lo tumbó sobre la cama, boca abajo. Con movimientos desesperados tiró de los pantalones, Ramón lo ayudó bajándolos con facilidad, sin mirarlo. Escupió abundantemente sobre la palma de la mano y la dirigió a su trasero. Lo penetró con violencia, y Ramón agradeció que el señor John tuviese un pene pequeño. Lo sacudió en un vaivén desesperado profiriendo gemidos como sollozos agudos. Giró para comprobar lo que sospechaba, Jimbo con el rostro enrojecido, mordiéndose los labios con los ojos fuertemente cerrados. Los sollozos fueron disminuyendo hasta convertirse en lágrimas que cayeron evaporándose en sus afiladas mejillas.
Lo acarició y besó con dulzura y al oído le susurró; - A Ramón le gustaría también que el sr. John fuera su putito... Jimbo parecía desencajado, pero asintió ansiosamente, abrió su boca y Ramón introdujo su miembro que pronto fue desperezándose. Sus manos le asieron las nalgas separándolas y con los dedos mayores masajeó el recto. Jimbo volvió a sus lloriqueos una vez más. Con suavidad y destreza Ramón se deslizó por entre sus piernas, para continuar con su lengua el trabajo que habían comenzado sus dedos. El vaquero se inclinó prestamente y le succionó el pene con fruición, el suyo había alcanzado ya una nueva erección. Bruscamente Ramón lo hizo girar y con mirada fría lo contempló mientras comenzaba a penetrarlo. Jimbo aulló angustiadamente, pero el muchacho no encontró resistencia alguna a su avance. El gesto se le antojó teatral, ingenuamente exagerado, y sonrió en secreto. Una vez dentro, se hundió más profundamente, pasó los brazos por debajo de sus muslos y lo sostuvo para comenzar a moverse con frenesí. Los chillidos agudos lo incitaron a aumentar el ritmo de la cópula, el goce que Jimbo evidenciaba lo enardeció. Experto, se demoró fascinado de ver al viril vaquero en ese estado. Eyaculó justo cuando sintió el torrente de aquel caer sobre su pecho. Permanecieron así un largo rato, uno desplomado sobre el otro, hasta que Ramón logró, trabajosamente, separarse para ir al cuarto de baño. Jimbo se sintió volver de algún sitio lejano. Entre absorto y somnoliento sus ojos entreabiertos divisaron un par de nalgas sin vello alguno que se alejaban. Tragó sonoramente, todo en derredor parecía dar vueltas. Consiguió reprimir las náuseas y tomándose de los barrotes de la cama se puso de pie.
Ramón se higienizó con rapidez y eficacia, luego invitó, mientras abría la puerta despacio.
- Listo para más, sr John?... Enmudeció enseguida. La habitación, iluminada sólo con el reflejo del farol de la calle, estaba vacía. Corrió desnudo hacia el balcón, se apoyó sobre la baranda y escrutó la calle en todas direcciones. Una mujer de mediana edad lo miró divertida desde abajo guiñándole un ojo.
Resoplando, volvió a entrar y, aliviado, vio los billetes sobre el taburete al lado de la cama. Encendió la luz y los contó, satisfecho. Se vistió presuroso pensando que quizás no era tan tarde y con suerte habría tiempo para un cliente más.

5 comentarios:

un-angel dijo...

Vaquero soñador, esto es sumamente... "estimulante", vamos a decirlo así...
Me encanta, a pesar del ambiente sórdido y oscuro.
Un abrazo y adelante con ello.

Rosa dijo...

.... qué decir...no sé, me has dejado sin palabras.
Todo cambia en la frontera... John, que no termina de aceptarse...Ramón, que no termina de perderse.

Ana desde el Sur del Mundo dijo...

Fronteras de hombres, fronteras de sentimientos, fronteras de acciones...
Todo se traspone en busca de instantes de satisfacción, aunque luego desaparezcan con tanta facilidad...
Una excelente pluma Vaquero, ME ENCANTA tu enganche, tu inventiva y esa forma de expresar lo que pasa bajo la piel, bajo la apariencia.
Buscaré otro whisky y me quedo por aquí, si no te molesta, a la espera de que me cuentes más, junto a la hoguera.
Besos...

Alas dijo...

Jackfkntwist, cuánto existe en tu interior...y como brota y brota espeso, lentamente y candente...no sabes qué feliz me hace leerte y ver cómo escribes...

Gracias.

Max dijo...

Desolador y maravillosamente escrito.
Un abrazo.