viernes, 28 de septiembre de 2007

Nadie te Amará como Yo. 14a. Parte

Abrí un ojo y la claridad me encegueció. Con la cabeza embotada, como entre algodones, sentí despertar de un largo y acogedor período de hibernación. Estiré con algún esfuerzo mis brazos y piernas entumecidos, que chocaron contra los límites del lugar donde yacía recostado. Encandilado, paseé la vista por lo que me rodeaba. La habitación, inundada por la penetrante luz del sol, cobró vida real mostrándome toda su sencillez y austeridad. El desvencijado catre, tapizado de un revoltijo de mantas, se encontraba junto a la cama cucheta donde yo había dormido, perpendicular al gran ventanal. No pude recordar cómo había llegado yo a parar allí, sí, en cambio, todas y cada una de las instancias previas, que, como en ráfaga vaporosa, desfilaron por mi mente aún aletargada y la sacudieron levemente, rememorando la pasión encarnizada de la noche anterior. Me percaté, así, de mi desnudez bajo la capa de frazadas que me cubría, y ese hecho sólo, causó un hormigueo profundo que no pudo sino revolverme en una convulsión fugaz que hizo que mi cabeza golpeara una de las columnas de la cama. Giré, maldiciendo, y me detuve a mirar largamente una pequeña biblioteca de madera barata, sin barnizar ni tratar, poblada de libros de todos los tamaños, ubicada justo frente a mí. Algunas, pocas, fotografías reposaban sobre los estantes, tapando los lomos de algunos ejemplares y fue precisamente una, la más grande y descolorida, la que ocupaba el centro, la que hizo que me incorporara, sorteando el catre y su revoltijo, y la tomara entre mis manos entumecidas y temblorosas. Entre las paredes de acrílico opaco y muy rayado de un portarretratos pasado de moda se veía a dos muchachitos sonrientes, algo borroneados, bañados por un sol muy amarillo y tomados de los hombros, que mis pulgares acariciaron en un movimiento lento y circular. Dardo, con su flequillo sobre la frente, sostenía un sapo enorme y gris con su mano libre, y yo, con aquella remera azul y roja que por esos días casi nunca me quitaba, empuñaba un palo largo, a modo de bastón de explorador. Nuestros ojos, entrecerrados, brillaban como los reflejos sobre el arroyo marrón a nuestras espaldas, y nuestros mentones, firmes, ingenuamente rebeldes, apuntaban al cielo.
- ¿Te acordás de esa foto? - La voz de Dardo, parado junto a la puerta de la habitación, masticando, con un cúmulo de migas sobre su barba de pocos días, hizo que diera un respingo. Rodríguez se deslizó por entre sus piernas y vino a mi encuentro, derecho hacia mi entrepierna. Lo aparté, acariciándolo, mientras me husmeaba y lamía mis rodillas. Mi mirada turbia estudió a Dardo por primera vez. Vestía una camiseta blanca y el pantalón de su uniforme de guardaparque, y los dedos de sus pies descalzos tamborileaban sobre el piso. La luz, impiadosa, me revelaba los mismos rasgos, bellos, alargados, de la foto, pero subrayados por tenues surcos sobre la piel curtida, un tajo diagonal en una mejilla y una hendidura al final de su ceja derecha. Su sonrisa de dientes blancos y parejos, como de publicidad de pasta dental, esa que siempre me había obnubilado y abrumado, no se había alterado en absoluto, podía decirse que constituía el sello, la marca indeleble de aquel jovencito que no quería abandonarlo todavía, tanto como el pelo lacio, de mechones claroscuros, atado en una cola desordenada. Una puntada en el pecho, certera como una flecha, me estremeció junto a una idea que deseché de inmediato.
- ¿La tomó tu viejo, no? - inquirí, menos curioso que ávido por desalentar cualquier boicot de mi consciencia.
Asintió y dijo, - La segunda vez que viniste a la quinta. ¡Rodríguez, fuera! - ordenó. El perro salió disparado de la estancia.
Meneando la cabeza y contemplando la imagen observé: - Se nos ve felices.
- Lo éramos. - sostuvo con firmeza, aunque la voz le tembló ligeramente. Acomodó el mechón rebelde que proyectaba una sombra su rostro y continuó, cambiando el tono, tratando de sonar divertido. - Te hablaste todo anoche... pero salvo un "tal vez" y un "fuera", no entendí ni medio.
- Menos mal... - repuse. Odiaba esas manifestaciones involuntarias tan mías.
- Y tu culo dió un festival de cañonazos. ¡Casi te levanto un acta por alterar la paz del bosque! - señaló, burlón, mostrándome las dos hileras de dientes perfectamente alineados.
La cara me ardió de vergüenza, me puse de pie y manoteé una cobija para cubrirme.
- No te enojes, boludito, es lo más normal del mundo... además, viniendo de tu retaguardia... mmmmm! - Me tranquilizó, sugestivo, arqueando una ceja, y torciendo sus labios en una mueca de lujuriosa aprobación.
Lo fulminé con seriedad, mordiéndome nerviosamente. Avanzó hacia mí de un salto, hundió sus manos entre mis nalgas y me besó con fruición.
- Qué trolo que sos. - murmuré, esquivando sus labios.
- Sí, claro, yo sólo... - Dijo. Lo escudriñé, fingiendo enfado, en los escasos diez centímetros que nos separaban. Exploté, liberando una llovizna de saliva que lo empapó. Reímos, cómplices, y nos estrechamos aún más. Mi miembro, erguido por una súbita erección, chocó contra los pliegues de su pantalón.
- Aápa, cómo estamos, ¿eh, Leiva? - continuó besándome, su aliento sabía a pan. - Vestite con ropa liviana, dale, que nos vamos de excursión.
- ¡Upa! ¿De excursión? - exclamé, entusiasmado. - ¡Qué bien! ¿Y se puede saber a dónde?
- Seguro. - me contestó, desafiante. - Al paraíso.
Enigmático, desapareció hacia el cuarto contiguo, y mientras sonaba un febril estrépito de trastos y cubiertos que se apoyaban y llenaban, puertas de armarios que se abrían y cerraban, y un tentador aroma a pan tostado invadía mis fosas nasales, tomé mi ropa y me vestí velozmente.





El fresco aire matinal se había extinguido cuando emprendimos la marcha por el sendero descendente. Una brisa tibia, limpia y prometedora reinaba ahora, y un sol esplendoroso lo iluminaba todo, en una sinfonía de destellos que partía de cada hoja, cada pétalo, cada charco, cada gota, que Rodríguez, trotando a la par nuestra, se encargaba de olfatear sin descanso. El caminito, a poco, se internó en un bosque muy cerrado, de árboles altísimos, convirtiéndose en una pendiente revestida de pastos altos que fue pronunciándose y torciéndose por entre grandes arbustos espinosos. Insólitamente, ante la visión de un par de mariposas revoloteando aquí y allá, me invadieron unas inexplicables ganas de cantar, pero, consciente de mi incapacidad canora, no lo hice, y tarareé, en su lugar, para mis adentros, la melodía de una canción que mucho después identifiqué, pero de la cual, en ese momento sólo podía recordar la fonética del estribillo que decía, I wanna know what love is, I want you to show me...
Dardo, ágil, con paso marcial, se me había adelantado unos cuantos metros, para cuando salí, jadeando, de la empinada subida que atravesaba el bosquecillo. Me detuve a recobrar el aliento para divisarlo aguardándome sobre un promontorio rocoso, en un recodo del sendero, con los brazos abiertos en cruz, exultante de alegría.
- ¡Bienvenido al paraíso! - exclamó, invitándome a acercarme. Apuré el trecho que me separaba esquivando las traicioneras piedras sueltas que parecían formar una escalera hasta el lugar. Atiné a mirar cuando, rodeándome con un brazo, agregó: - Aquí es donde la Creación se demoró un poco más a esmerarse... para vos.
Su palma, blanca y lisa, indicaba el escenario que se desplegaba ante nosotros, más allá del acantilado. Un lago de un azul intenso en el centro, y verde esmeralda en sus orillas, se extendía, altivo, por entre elevaciones redondeadas, tapizadas por una profusión de pinos y alerces, las cuales, antes de tocar el cielo turquesa rabioso, devenían en un cordón de achatadas cimas forradas de nieve, tan majestuosas como incólumes. Tragué saliva. La espectacular visión me cortó la respiración, tanto como el viento que, soplando violento, se alzaba desde abajo embolsando nuestras camisetas y pantalones, zarandeándonos como si fuéramos banderines.
- Increíble, ¿no? - me consultó, anhelante.
Fruncí mis labios en un gesto que fue menos de maravillada aprobación, que de conquistado alivio, como si el espectáculo que tenía ante mis ojos por fin me hubiese permitido desembarazarme de aquella presencia espectral, amenazante, que había percibido durante el viaje hasta allí, y, en su lugar, otra, plena de luz y satisfacción, desde algún puesto oculto en ese vergel nos contemplaba complacida, bendiciendo nuestra unión. Permanecimos así, inmóviles, mudos, hasta que, casi logrando que pierda el equilibrio, Dardo me empujó y chilló, antes de salir a la carrera:
- ¡Puto el último que llega!
Eché a correr tras suyo todo lo que daban mis piernas, evitando caer con cada raíz, planta, arbusto o rama que se cruzó en mi persecución, y aunque fui ayudado por el ángulo que fue tomando la dirección que Dardo, cual liebre, recorría a una velocidad envidiable, me fue imposible alcanzarlo. Con la respiración entrecortada y el pecho retumbándome, empapado en sudor, llegué a un claro salpicado de flores amarillas donde abruptamente reduje el ritmo de mis pasos. Los únicos sonidos eran el de mi agitación y el zumbido de algún abejorro. Un alarido que surgió desde arriba me heló la sangre, y, enseguida, Dardo cayó con todo su peso sobre mi espalda. Un corcoveo, un par de oscilaciones, una corrida en zig zag, hasta que pude recuperar la postura sin que el golpe y su peso me tumbaran al suelo. Rodríguez también surgió de la nada ladrando con desesperación.
- ¡Dardo y la puta que te parió!
- ¡Arre, arre, Silver! Sooo, sooo... - gritó, entre risas, sacudiéndose como vaquero de rodeo.
Y entonces, recordé, y comencé a girar enloquecidamente, dando vueltas sin parar, y reí, reí con ganas, y Dardo aulló, prendido de mi cuello, sus piernas atenazadas contra mi cintura, y, antes de que decidiera que ya había tenido suficiente, perdí pie, y juntos rodamos sobre la hierba mullida. Sin poder parar de reír, percibí los lastimosos resoplidos de Dardo, su nuca apoyada sobre uno de mis muslos, sus dedos que tantearon los míos y se entelazaron con fuerza.
- Eso es traición, maricón... - murmuró débilmente. - ...del orto.
- Te lo merecés por conchudo. - espeté, atisbando el cielo destellante, contento de haber recordado uno de sus talones de Aquiles, las náuseas que le producían los giros en trompo.
- Bala pedorrero... - disparó.
- Guardabosques cagón. - contraataqué.
- Forro...
- Tragasables...
Callamos. El único ruido, como canción de cuna, era ahora el suave oleaje del lago rompiendo contra la orilla que se vislumbraba por detrás de una hilera de alerces.
- Mi monstruo del lago azul... - se incorporó, con los ojos llameantes tras los vidrios sucios de sus anteojos. Su mirada, enajenada, tan misteriosa y translúcida como cercana y lejana, por enésima vez, me hipnotizó, encendiéndome de deseo carnal, hambriento de llenarme de él, de hundirme en el cobijo de su cuerpo.
- ... mi Rodri putito. - continuó.
- Pará, ¿cómo putito? - actué un enfado. - ... muy putito, querrás decir... - agregué, incrédulo ante mi fescura.
Sus dientes chocaron los míos, sus dedos se enterraron en mis mejillas. Se paró de un salto como de judoka, me tendió una mano que con energía inaudita tiró de mí hasta ponerme de pie, haciéndome trastabillar del impulso.
- ¡Dale, apurate! - sugirió.


Me sacudí la tierra del cuerpo y lo seguí hasta la costa donde, entre tallos y juncos, una canoa roja con un emblema indígena nos esperaba. Con el calor del sol apretando con dureza nos alejamos de la orilla dejando a Rodríguez contemplándonos mansamente, y remamos sin descanso hacia el centro del lago, y desde allí, trazando una diagonal, hasta una playa de grandes rocas y arena, oculta por una gran saliente de montaña. La proa se frenó al tocar los guijarros que poblaban su orilla. Dardo se desnudó, veloz, arrojando desenfrenadamente su ropa sobre el piso de la embarcación, escudriñándome con complicidad.
- ¿Qué esperás? - inquirió con prisa.
Me deshice de mi mochila, y en cuestión de segundos estaba con los genitales al aire. La brisa caliente me hizo cosquillas aumentando la reconfortante sensación que me provoca la total desnudez. Dardo brincó fuera de la canoa, trepó la enorme piedra a nuestra izquierda y, con movimientos de experto nadador, se zambulló de cabeza al verde agua del lago. Presa de un ansia tan infantil como risueña, lo seguí torpemente, mis pies no estaban acostumbrados a la aspereza del terreno. En el momento en que me preparaba para un chapuzón de clavadista, patiné y caí totalmente despatarrado, golpeando dolorosamente el agua con mi panza. El frío del agua me cortó la respiración. Manoteando, nadé desesperado hasta la superficie para encontrar a Dardo haciendo la plancha, completamente muerto de risa.
- ¡Está helada, la puta madre! - aullé.
- Qué porteño más marica resultaste vos, al final, che... - comentó, soberbio.
Lo hundí antes de que terminara de hablar. Emergió embravecido, escupiendo un gran chorro de agua que dió de lleno en mis ojos, luego se elevó tomándose de mis hombros y me sumergió con fuerza. Allí aproveché para tantear sus pies escurridizos y, cuando pude atraparlos, tiré de ellos, obligándolo a dar una vuelta de carnero submarina. Así, forcejeando, jugando como chiquilines, seguimos durante un buen rato, hasta que, atemperando el combate, mientras quitábamos el exceso de agua de nuestros ojos, descubrimos en el otro una mirada en la que bramaba un mensaje tácito, una orden como un chispazo que, no necesitando de nada más de tan elocuente, fué la mutua señal que nos condujo, chapoteando ruidosamente, hasta la pequeña playa en forma de U. Allí, rendidos y jadeantes, nos dejamos caer uno encima del otro, bajo un sol centelleante y abrasador, hirviendo de deseo, obedeciendo nuestra avidez del uno por el otro, como dos animales asaltados por un repentino celo salvaje, instintivo, que jamás antes yo había experimentado. Un cortejo breve preludió un apareamiento tan interminable como apasionado, en el que, siguiendo la avezada guía de Dardo, probamos, una a una, todas las maneras y modos imaginables de unirnos, y, así, yo dentro suyo, él dentro mío, alternamos un salvaje enroque de nuestras cavidades y protuberancias tan húmedas como sedientas. Febril, bestial, feroz y amorosamente envueltos en esa cópula repetida y exquisita, sólo la abandonamos cuando la embriaguez llegó al punto en que, exhaustos y sudorosos, nos dejó jadeando profusamente sobre la arenisca.
Si hacer el amor había cobrado, para mí, un nuevo significado la noche anterior, esa mañana cálida y luminosa me brindó la acepción más literal, más cabal, la más fascinante, por lejos, de lo que era, realmente, el sexo propiamente dicho, lo que era coger de verdad.
Continúa.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Nadie te Amará como Yo - 13a. parte



Los dedos de Dardo se cerraron sobre mi mano desatando, para mi estupor, un abanico de fantasías apasionadas que se tradujeron de inmediato en un desfile de representaciones tan explícitas como cautivantes, uniendo alguna región de mi alborotado cerebro con mi entrepierna a la velocidad de un relámpago. Reprimí un temblor, mi pulso se aceleró, el corazón comenzó a palpitarme como un tambor redoblante y me puse rígido como una momia. Iba a decir algo para distraer su atención de la profusión de ondas electromagnéticas que, como géiser yo sentía que emanaba, pero cuando abrí la boca me di cuenta de que mi voz se había atascado en un océano de saliva que luchaba por tragar. Así fue que, durante el trayecto que siguió viajamos con nuestras manos entrelazadas, yo al borde de la parálisis de tan tieso, incapaz de proferir una sola palabra, pero radiante de una alegría tan extraña que pensaba que en algún momento estallaría en convulsiones. De alguna manera, durante ese breve lapso de tiempo, el silencio recíproco que reinó fue el símbolo de un entendimiento tácito, de algo como una amnistía elegida, desprovista de cualquier pretensión indulgente o de algún reclamo esclarecedor. Estábamos el uno junto al otro, y, sin que hubiese necesidad de explicitarlo ni mencionarlo, para ambos esa elección parecía ser suficiente.
Mientras la camioneta se desplazaba dando esporádicos tumbos comprobé que me hubiese resultado imposible orientarme en la negrura de ese territorio desconocido y hostil de no darse nuestro accidental encuentro. Una vez más recordé las sabias recomendaciones de Juanjo al observar de reojo a Dardo sortear sin dificultad el laberíntico trecho plagado de hondonadas y pozos gracias a la doble tracción de las ruedas. El último desvío que su conocimiento del rumbo le permitió adivinar sin aminorar la marcha nos condujo a una cabaña que repentinamente surgió de en medio del espeso follaje. Los potentes faros del vehículo dieron cuenta de una construcción de troncos pequeña, apoyada sobre postes que la separaban unos pocos centímetros del suelo, con una galería en su frente y un pronunciado techo a dos aguas. Dardo se apresuró a apearse y correr a la caseta, yo me demoré un poco en mi andar oscilante y taciturno, y, para cuando apoyé un pie en los escalones de la entrada, él ya había encendido un potente sol de noche que iluminó una habitación provista de un escritorio, un par de sillas, un equipo de radio, varios armarios, una pequeña salamandra y una pared cubierta de folletos, fotos, y hojas con información.
- Bueno... - exclamó, mientras acomodaba y hacía lugar. - ¡Bienvenido a mi guarida!
- ¡Gracias! Linda... - repuse, sin saber bien qué decir - Ahora, yo...
- Sí, ya sé. No te muevas. - y corrió hacia una puerta al final de un corto pasillo, de la que regresó al cabo de unos cuantos minutos.
- Perdoname, ya está. - dijo, y avanzó decidido hacia mí. Se paró en seco, acomodando las gafas que amenazaban con deslizarse por la pendiente de su nariz. Observó por unos segundos el ahora alumbrado espectáculo de mi aspecto antes de seguir. - Pero, ¿Dónde carajo anduviste vos, me querés decir?
Solté una risita antes de explicarle. - Lo que ves es el resultado de una cadena de incidentes casuales...
- Sí, me imagino... ¡qué pibe éste, por Dios! Levantá los brazos. - me ordenó, su boca torcida en un gesto de picardía.
Tiró del sweater y lo arrojó al piso y luego hizo lo mismo con los zapatos y los calcetines impregnados de barro negro. El corazón comenzó, una vez más, a batir con fuerza, y tuve que tragar repetidamente para aflojar la rigidez que también amenazaba con apoderarse de mí. Me quitó la camiseta, y no pude detectar en su proceder rastros de lascivia o gesto de seducción alguno.
- ¡Guacho, te mantenés en forma, eh! - exclamó, sincero, al ver mi torso desnudo. Sonreí y me ruboricé ligeramente. Por su proximidad no podía no oir los rugientes y delatores sacudones de mi pulso cardíaco, no registrar mi piel de gallina o el ligero temblor que me estremecía. En el momento en que sus dedos tomaron del cierre relámpago de mi bragueta, retrocedí como si me hubiesen aplastado un dedo del pie, golpeando mi cabeza con la pared con un ruido sordo.
- Listo, seguí vos, cuando te llame vení para atrás. - me indicó, girando con enfado, para desaparecer tras la puerta del fondo.
Me saqué los pantalones sintiéndome un imbécil, odiando mi reacción de chiquilín. Un rosario de maldiciones desfiló por mi cabeza, dándole un sentido más concreto y acabado. Repelotudo, forro, idiota, cagón del orto, entre todas ellas, las que se me ocurre más pintaban mi ridícula estupidez. Había quedado en mis calzoncillos blancos de primera marca cuando Dardo pronunció mi nombre. Caminé con lentitud, taciturno, mis maltrechos pies descalzos aliviados por el frío del piso de madera, elucubrando mis próximas fechorías, hasta la reducida y fría habitación donde Dardo me esperaba, echando baldes de agua humeante dentro de una especie de tina metálica de formas redondeadas. La llama de un farol otorgaba una tonalidad rojiza, como de sauna, y había un débil aroma dulce, como de vainilla, flotando en el aire.
- Es algo chica para tus dimensiones, sabrás disculpar el deficiente servicio... - ironizó. - Pero te va a hacer muy bien, dale, metete antes de que se enfríe. - dictaminó enseguida.
En cuanto vio mis manos tirar del elástico de mi pantaloncito, volteó la cabeza con rapidez. De un salto introduje mis pies y luego, todo mi cuerpo al tiempo que lanzaba un alarido pavoroso. El agua casi hervía.
- ¡Dardo, la puta que te parió, está que pela!
- ¡Uh, pero qué tipo exagerado! - repuso, bajando el tono. - No es para tanto, vas a ver lo bien que te va a hacer un buen baño...
- ¿El instituto del Quemado, queda cerca? - inquirí, burlón.
- Sí, cerquísima. Agachá la cabeza. - me ordenó con una mueca.
Un reconfortante torrente de agua, que surgió de detrás de mis espaldas, como una lluvia sedativa, empapó mi maraña de cabellos duros y alborotados. Le siguió un chorro de algo cremoso y frío, y los dedos de Dardo que comenzaron a masajear suavemente mis sienes. Su relajante efecto me estremeció ligeramente.
- No abras los ojos... - murmuró, en un hilo de voz.
La delicada cadencia del movimiento circular, la presión apenas perceptible del frote de sus yemas, como si yo fuese una especie de lámpara mágica, y su roce pausado, el liberador de una parte cautiva de mí, me ingresaron, sumisa, dócilmente, en esa franja donde la consciencia comienza a fundirse con los albores del alma, y entonces me sentí flotar, liviano, y mecerme, embriagado por la luz tenue, los vapores del néctar de la esencia, los cálidos vahos del agua, todo como si fuese parte de una ceremonia de orden sagrado, donde nada parecía querer perturbar el espíritu del momento. Otro torrente me inundó y gemí, me sacudí acompasadamente, respirando profundo, restregando la cabeza contra mis rodillas. Tiritaba, también, pero no de frío. Los dedos de Dardo, deshaciéndose de los excedentes de jabón, barrieron ahora, desde la nuca, la trayectoria de mi pelo, enjugándolo con amable firmeza una y otra vez. Mis manos, entonces, allí, sin titubear, desesperadas, buscaron las suyas con ardor, las asieron, arrastrándolas consigo, y las obligaron a recorrer los contornos de mi cara y mis labios, y éstos besaron cada dedo, y mi boca húmeda y anhelante los cubrió luego, uno a uno, adorándolos, y ellos, sus dedos, en un reflejo impensado, automático, se deslizaron por mi cuello, como reconociendo cada pulgada de mi ser, hasta que, posándose sobre mis pectorales, giraron sobre los pezones con ternura y me atrajeron, despacio, hacia él, irguiéndome y haciéndome descansar sobre su pecho. Al oír el tañido sordo, violento, como a punto de salirse, de su corazón, giré. Choqué con su mirada increíblemente tierna que, sin gafas, húmeda de lágrimas a punto de escaparse de sus párpados, me contemplaba con adoración.
- Dardo... - musité, la voz quebrada.
- Rodri, Rodri, Rodri... - repitió sin cesar. Sus párpados se cerraron, y él se acercó, y nuestros labios se unieron como imanes, y se quedaron allí, por unos segundos eternos, saboreándose, mordisqueándose con delicadeza infinita, pronunciando palabras inconexas, confusas, hasta que nuestras lenguas asomaron y se entrelazaron, acariciando cada palmo de la boca, voraces, afanosas por tragar cada bocanada de aliento tibio, cada signo de vitalidad del otro. Entonces sus labios se cerraron, y algo se detuvo, y yo tardé en descubrir sus débiles y ahogados sollozos. Me aparté de él con suavidad y pude ver su cara hecha un río de lágrimas, su respiración entrecortada por espasmos contenidos.
- Dardo, Dardito... no, no... - me interrumpí, sin poder terminar la frase. Rompí en un llanto agudo, infantil, y lo abracé, lo abracé con fuerza, como si fuese a huir, y él a mi, y se desplomó sobre mi, y volvimos a besarnos, y, fregando nuestras mejillas, narices, y bocas, nos empapamos de saliva y lágrimas y sudor, y él continuó llorando, y yo con él, y nos desgañitamos con una pena inagotable, hasta que, moqueando profusamente fuimos serenándonos y, con ello, en ese acto tan íntimo como sentido y esperado, ambos exorcizamos las culpas, desaprobaciones, condenas, represiones de aquellos dos chiquilines sentenciados prematuramente en la carpa a orillas del arroyo marrón y sinuoso.
Afuera el viento comenzó a soplar tan repentinamente como las yemas de Dardo se clavaron en mi espalda y me sujetaron con vigor. Hundió su cabeza en mi hombro y me suplicó, en un murmullo ronco:
- Nunca más vayas a irte, Rodri, por favor.
Lo arrullé, jugando dócilmente con sus cabellos.
- Nunca, te lo aseguro, Dardito, nunca más. - Prometí, apaciguando, para ambos, el efecto de sus palabras.
Su mirada enrojecida, preocupada, trepanó mis globos oculares para instalarse en lo más recóndito de mí, cerciorándose de mi dicho. Enseguida su boca esbozó una leve sonrisa, y sus ojos, translúcidos, nobles, reflejaron una gran calma. Su palma rozó mi mejilla, y, sin dejar de contemplarme, se incorporó y se desvistió con lentitud, pleno de la osadía que le concedía cada prenda que iba cayendo, decidida, al suelo. La sangre por dentro mío comenzó a circular enloquecida cuando tuve ante mí, desnudo, el cuerpo que tanto había evitado desear y que los años transcurridos casi no habían alterado. El momento había llegado en que no se me ofrecería clandestinamente, sino emancipado, incondicional, anhelante. Tomándome amorosamente se reclinó, recostándose sobre mí, acurrucándose, como queriendo fundirse, en tanto yo me atreví a recorrer cada palmo de su espalda, estrechándolo, dibujando caminos, transitándolos una y otra vez, hasta que alcancé la elevación de sus velludas nalgas y las empujé hacia mi, incitándolas, y nuestras bocas engarzadas se soldaron, y la tina crujió, y el agua se desbordó, y una de sus manos abandonó su puesto en mi rostro incrédulo para desaparecer en algún lugar, y cuando volvió se aferró más aún a mí, y entonces, todo él se incorporó, echándose apenas hacia atrás y, tomando mi miembro, lo ayudó a internarse dentro suyo, sutil, exquisitamente, y, gimiendo, respirando profundo, como queriendo tragar todo el aire que nos rodeaba, llevó a sus nalgas a atornillarse a mi pelvis. Y yo, de a poco, tímidamente, cuidando de no hacerle daño, penetré dentro de él, viajando por entre sus paredes tibias, lisas, como de terciopelo, y comencé a mecerme despacio, en un vaivén pausado, y su semblante extasiado se zambulló sobre mis labios, atenazándolos, y comencé a bombear rítmicamente, permitiéndole sentirme, y los dos jadeamos, sonora, ruidosamente, y él se sacudió, y no dejó de hacerlo, hasta que nuestros cauces, como diluvio que riega la paciente estepa, fluyeron libres, el de él, sobre mi abdomen, el mío, dentro suyo, testimonio gozoso de mi espíritu colmado, de mi alma feliz. Y sellando ese instante con el beso más profundo, más entregado y más sublime que pueda recordar, yacimos exhaustos, inmóviles, respirando lento, yo, la vista clavada en el entramado del techo, pero mirando a través, agradeciendo al cielo estrellado, a la ruta eterna, al café como lava de volcán, al perro mugriento, a mis paralizantes ganas de orinar, al fango apestoso, a mi torpeza y a mi testarudez inquebrantable. Las lágrimas brotaron, abundantes, espesas, pero, esta vez, como signo de la alegría que aún no podía manifestar de otra manera.
El frío del agua nos debe haber hecho reaccionar, porque justo cuando pensaba que nuestro lenguaje de emociones, agotado, necesitaría de una tregua, él repentinamente se puso de pie, extendió su mano hacia mí y yo la tomé, obediente, y caminé junto a él, sin despegarme, los dos chorreando profusamente, sin que a los dos nos importara, dejando un reguero detrás nuestro, yo adorando, en silencio, como en una ensoñación, su espalda ancha, el trasero pequeño y redondo que se balanceaba, nuevamente tentador. Abrió, con sigilo, una puerta que daba a una habitación sorprendentemente cálida, cuya única fuente de luz provenía de un gran ventanal por donde el resplandor estelar se colaba a sus anchas, insinuando la silueta de un catre que se extendía a sus pies. Allí giró sobre sus talones, me rodeó con su brazo y me invitó a contemplar el espectáculo del cosmos arriba nuestro. Me maravillé, extasiado, una vez más, por ese regalo del universo. Ávida, su boca volvió a buscar la mía, nuestras pieles empapadas se pegaron de nuevo, contagiadas, y, como en cámara lenta, nos derrumbamos sobre el camastro, que emitió una queja tímida al sostener nuestro peso, sin que nuestros labios se separaran, hasta que los suyos se alejaron de los míos para andar el itinerario que le sugirieron mi cuello, pecho y vientre sedientos, y así, llegar a la bolsa de mis testículos, para envolverlos delicadamente, y luego continuar hacia mi miembro, y frotarlo, ascendente, descendentemente, sin cesar. Y éste, como mástil enarbolado, ya amenazaba expresar el desenfreno al que estaba siendo sometido, cuando yo, creído de que lo que continuaría sería una regeneración de lo compartido, una repetición del placer por fin conquistado, sin que lo adivinara siquiera, fui sorprendido por un hormigueo, un cosquilleo distinto, un hechizo que partió de la boca de mi recto, atravesó mi espina dorsal capturándome, hipnotizando todas y cada una de las regiones de mi cerebro, derribando irreparablemente las últimas y exánimes barreras de heterosexualidad que, presuntuosas, creyéndose incólumes, pretendían resistir aún, para irradiar sensaciones vírgenes, inexploradas, que dieron lugar a una elegida sumisión, el puente hacia la inesperada bienvenida a un mundo tan desconocido como fascinante. Me retorcí agitado por una reacción instintiva e incontenible, contorsionándome con violencia hasta que una oleada de pasión, como ráfaga implacable, me obligó a arquearme, tomar su miembro e introducirlo en mi boca ansiosa y succionarlo, repetidamente, con ardor. Luego, tomándolo del cabello, lo sumergí en la hendidura donde culmina mi espalda, ofrendándosela, y su lengua allí se hundió, barriéndola con primor, transportándome a una estrecha cornisa donde los límites del placer ya conocido se extinguieron para renacer en una forma nueva. Y entonces, aquello en lo que había creído a rajatabla, aquello que no me había atrevido jamás a desafiar fue reemplazado, de un plumazo certero, por un mundo de sensaciones nuevas que, triunfal, impiadoso, se abrió ante mí, sepultando lo preestablecido, volatilizando creencias, cuestiones de género, cultura, crianza y religión, sin resistencias, y, mi ser, al desembarazarse de ellas, pudo, finalmente, fluir, y Dardo entró en mí, una, dos, mil veces, y lo sujeté fuerte, para que se hundiera más aún, nuestras miradas cruzadas, contemplándose fijamente, yo perdiéndome en las órbitas de sus ojos acuosos en tanto no dejaba de penetrarme con la devoción más intensa que pueda recordar. Fue en ese precioso momento, aquel en que nuestros torrentes surgieron, impetuosos, soberanos, que sentí que ese acto donde absolutamente todo perdió importancia salvo él y yo, esa conexión impar donde el tiempo se detuvo por un segundo eterno, esa unión que se consolidaba, porque ese había sido siempre su misión, esa y no otra cosa sería, para mí, para siempre, la verdadera acepción del significado del amor.
Continúa.


jueves, 6 de septiembre de 2007

Nadie te Amará como Yo - 12a. Parte





El cartel indicando los setenta y cinco kilómetros que distaban para llegar a Cochicó pasó a mi derecha como un bólido sombrío.
Con la mente en blanco y la respiración agitada, devorando en varias cifras por encima de la velocidad permitida la enorme distancia que me separaba de mi destino final, guiaba el pequeño automóvil rentado, un Fiat Palio de la versión más económica disponible, pintado de un cyan tan artificial como inclasificable, por la sinuosa ruta que, desolada, se abría delante mío en esa fría mañana. Había pensado en partir con los primeros rayos de sol, pero, incapaz de conciliar el sueño por un estado de ansiedad que me había tenido dando vueltas gran parte de la noche, poco antes de que el reloj diese las cuatro abandoné la cama, me di una ducha caliente, me vestí con mi mejor sweater y pantalón, pedí al somnoliento y desganado empleado de guardia que me prepararan el desayuno para llevar y, munido de una muda de ropa dentro de mi mochila de explorador, dejé la ciudad con rumbo suroeste.
Miedo, traducido en un hondo abismo en mi convulsionado interior. Sentía mucho miedo en tanto que, con todo el peso de mi pie, y sin vacilar, empujaba el pedal del acelerador obligando a las ruedas a separarse unos milímetros del suelo. El entusiasmo inicial me había precipitado a una decisión cuyo costo incierto comenzaba ahora a experimentar, como si un ser espectral hubiese partido conmigo y se encontrara allí, sonriendo maliciosamente y al acecho, listo para, ante el imprevisto más ínfimo, señalarme el riesgo que supone la insensatez, aquello hecho en competencia contra el reloj.
Marianita tenía razón, estaba más cerca de lo que imaginaba, pero aún así, el trayecto era más largo de lo que hubiese podido imaginar, y, sin dudas, desear. Un mínimo de once horas, descontando percances y descansos, insumiría la odisea demencial que, rebosante de ilusión, me había propuesto. Y otras once de regreso puntual, sin excusas. Suficientes ya había tenido que dar a la hora de explicar mi repentina ausencia de la ciudad el fin de semana en que, supuestamente, había sacrificado mi regreso a Buenos Aires para permanecer de guardia en caso de que surgiesen nuevas fallas en el bendito proyecto. Un tío de Neuquén al que no veía hacía años y que no se encontraba nada bien fue un desesperado, aunque en absoluto original, invento de último momento al que me aferré para despejar cualquier tipo de sospecha con un convencimiento que nadie se atrevió a poner en duda. Silvia, una de las programadoras, dio fé al relatar, con una solemnidad tan pasmosa como digna de la revelación de un secreto de Estado, y sin que nadie se lo pidiera, que me había visto llorar, devastado, cuando hablaba por teléfono. Jamás sabrá cuánto le agradecí por dentro lo que hasta ese oportuno momento no soportaba, su acostumbrada devoción al trabajo de espionaje que ejercía sobre mis actividades y movimientos. Comprobé además, con ello, que era ya hora de abandonar todos mis infructuosos intentos por disfrazar emociones que a los ojos de los demás no podían resultar más evidentes.
¿Por qué me complicaba tanto? ¿Qué me hacía dar tantos rodeos a asuntos que inicialmente rechazaba de cuajo si al final terminaba llevándolos a cabo de la manera más entreverada? Pensé en aquella conversación al amanecer, frente al río, cuando apenas centímetros nos separaban, cuando tuve el destino al alcance de la mano para torcerlo y metérmelo en un bolsillo y, maldito sea, lo eché todo a perder. ¿Para qué diablos, si ahora estaba allí, echando fuego, enloquecido por tragarme entera la distancia, en el medio de una ruta perdida y desierta, con las entrañas ardiendo y el corazón a punto de salírseme por la boca? No había aprendido todavía lo suficiente, eso era claro. ¿Lo haría en esta oportunidad que se me presentaba por delante? ¿Lo haría, en realidad, alguna vez?
Mis pensamientos fueron disipándose poco a poco, colándose por la ventanilla del auto, dejando lugar a un blanco enorme y hueco, a una placentera y serena enajenación en la que permanecí sumido por un par de largas horas.
Un fuerte crujido que provino de mi estómago me sacó del trance durante la larga recta que, luego de una pendiente pronunciada, me introdujo en un valle ancho y salpicado de viñedos. Con mi mano derecha me las arreglé para beber un gran sorbo del café con leche caliente que traía en un termo pequeño y atrapar y dar un mordisco brusco a una medialuna. A través del parabrisas, tímidos rayos de sol comenzaron a filtrarse por las estrechas rendijas que un manto de espesas nubes blancas fue creando al entreabrirse con pereza. Paseé entonces conscientemente, creo que por primera vez, la vista por el espectacular paisaje ante mi. Las ordenadas filas de viñedos recrudecieron en un verde salvaje e intenso, y, sobre mi lado derecho, la intimidante muralla de lejanos cerros andinos cuyas cimas terminaban en filosos picos nevados se encendieron como faros radiantes y gentiles. Mientras engullía el resto de la medialuna recorrí distraidamente la línea de sus escarpadas laderas verticales, sus salientes erosionadas como gárgolas guardianas, a la vez que, mansa, suavemente, formas, luces, colores, en una sucesión de retazos de instantáneas antiguas, incompletas, difusas y superpuestas, se insinuaban en los pliegues de mi aletargada consciencia, desatando un creciente cosquilleo hipnótico, que me transportó, de manera errática, a una suerte de dimensión paralela, distante y reveladora. Bebí, abstraído por el efecto, un poco más del humeante café. El coche, silencioso, pareció ahora, sin mi control, deslizarse a su voluntad a través de una escenografía en donde las montañas, dueñas de una metamorfosis repentina, se alzaron, convirtiéndose en los intimidantes colmillos de unas fauces gigantescas y hambrientas que se proponían apresarme y triturarme para, sin deglutirme, regurgitarme entero, impregnado de la pátina pesada y espesa que sería su marca, la profunda marca de los impulsos naturales que yo, una suerte de émulo del Ennis del Mar más empecinado en su inútil ceguera, había negado obcecadamente, pero que ahora debería asimilar sin escapatoria. Uno de los neumáticos mordió imprevistamente el fin del pavimento, el volante se sacudió con violencia y todo el coche se bamboleó de lado con un estruendo de piedras estrellándose contra la carrocería. El termo y su candente contenido se escabulleron de mi mano, quemando mis labios y barbilla antes de impactar sobre mi sweater beige, mis pantalones y los mapas a mi lado, en tanto que las medialunas, un pequeño emparedado y un recipiente lleno de ensalada de frutas que aún no había tocado chocaron contra el piso desparramándose en todas direcciones. Ahogando un alarido poco varonil empuñé la dirección, dí un intempestivo giro hacia la izquierda, y el auto se contoneó con un fuerte zigzag que me introdujo de lleno en el carril contrario, hasta que, manoteando desesperado hacia el sentido correcto, pude gobernar la dirección y corregir, por fin, el rumbo. Dominar mi corazón latiendo a todo galope me llevó un poco más de tiempo.
Me detuve en una estación de servicio un poco antes de Algarrobo del Aguila, ya en la provincia de La Pampa, para hacer un breve alto y arreglar el desastre que había armado. Un empleado de gorra grasienta me escudriñó, sin moverse de su puesto junto a un viejo surtidor, con la misma estupefacción con que se contempla el descenso de un ser extraterrestre de su nave interplanetaria. Le ordené, con desdén, que llenara el tanque y, entre ráfagas de viento polvoriento, me dirigí al único baño, sucio y maloliente. Un espejo manchado y resquebrajado, que a duras penas colgaba de un gancho oxidado, me dio la bienvenida mostrándome la imagen de un ser ojeroso, de cabello revuelto sólo del lado izquierdo, y una graciosa mancha marrón que recorría los contornos de su boca, continuaba por su cuello y formaba un oscuro círculo irregular en el centro de su sweater color arena, para terminar en una elipse alargada en sus extremos justo en el centro de sus pantalones. Abrí el grifo con furia liberando sólo un minúsculo hilo de agua helada con el que tuve que vérmelas para asearme la cara y aplastar los rebeldes mechones de un lado de mi cabellera. Deseché la idea de limpiar mi vestimenta, oriné y salí. Un perro que dormitaba al sol, indiferente a todo, a un costado de la isla de surtidores, se paró, como si me conociera, al verme, y corrió, irremediablemente, a mi encuentro. Sus patas delanteras, empapadas en barro y pegajoso aceite de automóvil, se posaron sobre mí, juguetonas, tatuando un artístico collage de huellas sobre el tejido polar del sweater y la franela del pantalón. Lo aparté cortésmente acariciándolo con simpatía justo cuando una corriente de viento arremolinado llenó mis ojos de partículas de tierra que mis dedos llegaron tarde a cubrir. Me los refregué con fastidio, y cuando pude por fin entreabrirlos divisé al empleado con los brazos a los costados esperando que le pagara, como si una cola de demandantes y apurados clientes reclamara sus servicios. Compré algo para beber y comer y retomé, raudo, el camino.




A media tarde bordeé la ciudad de Neuquén, donde volví a llenar el tanque de combustible y me reaprovisioné de bebidas y unos paquetes de galletitas saladas, los objetos de mis únicos y esporádicos pasatiempos durante el interminable viaje, además de escuchar la maltrecha radio, en los escasos momentos en que atravesaba zonas pobladas. La ruta, a partir de ese punto, volviéndose una marcada diagonal hacia el suroeste, fue adentrándose en las rojizas y desérticas estribaciones de la precordillera. El entumecimiento al que me tenía sometido mi pétrea posición al mando del coche no se hizo notar hasta llegar a Junín de los Andes con los últimos rayos de sol. Las luces naranja violáceo del ocaso escondiéndose por detrás del cordón montañoso tuvieron el efecto de un cronómetro de precisión que mediría, a partir de entonces, el escasísimo tiempo de luz natural que me quedaba. El desvío a la ruta provincial 52 me recordó el consejo de Juanjo de no meterme en caminos de ripio al anochecer. Me detuve, vacilante, antes de entrar de lleno en el terreno incierto que me esperaba. Unos kilómetros más y perdería la señal del teléfono celular, y con ello, toda posibilidad de contacto con el mundo, con mi mundo. Pensé en Clara y Francisco, escuchando de labios de su madre que papá visitaría unas bodegas el fin de semana, y por eso no estaría disponible para el usual saludo de buenas noches. Me maldije en voz alta. No sólo puto, sino mentiroso. Pero había llegado hasta allí, lo cual significaba a las claras que ya estaba hasta el cuello, así que antes de que mi ánimo comenzara a menguar, y comenzara con mis cuestionamientos crónicos, preludios del boicot más implacable, apreté el acelerador y me zambullí en la polvorienta ruta. Un letrero herrumbroso indicando las distancias desde ese paraje me hizo lanzar un hondo suspiro de alivio. El lago Currhué chico era el sitio más cercano de la lista. "Apenas" cuarenta y tantos kilómetros, que debí recorrer con la destreza y los reflejos de un piloto de rally, esquivando grandes charcos de lodo y piedras de todos los tamaños, y que, dadas las particularidades del camino, se hicieron sentir en la larga hora que me demandó cubrirlos. Un fino hilo de orina ya bañaba mis muslos cuando frené y me lancé del auto, que no se detuvo totalmente sino que siguió en movimiento hasta que la pérdida de inercia lo paró en el momento en que, desesperado, y chapoteando, bajaba el cierre de mi bragueta y lograba descargar el caudal de jugo y refresco acumulados en mi vejiga. El color regresó paulatinamente a mi rostro, la parte atribulada de mí se desvaneció en el aire oscuro y un líquido frío y espeso que inundó suavemente mis zapatos, no sólo fue la señal de que había recobrado la consciencia sino también el signo tardío de que mis pies se habían hundido en el fango hasta pasar los tobillos. Necesité asirme de una rama áspera y espinosa para poder liberar mis piernas, capturadas por el tenebroso y hambriento lodazal, pero, en cuanto conseguí levantar una de ellas, la otra, succionada por la brecha que mi peso había abierto, como en un efecto de ventosa, se hundió aún más, con lo cual, no sin antes aletear un par de afanosos y desesperados malabares que me salvaran de perder del equilibrio, caí de espaldas sin remedio, salpicado por una lluvia de densas y pesadas gotas. Increíblemente, no me incorporé en seguida, sino que permanecí, mitad del cuerpo en medio del fango pegajoso, la otra mitad sobre el durísimo suelo, incrédulo e inmóvil, con la vista perdida en un cielo tapizado de centelleantes estrellas, hasta que el rumor de un potente motor acompañado del crujido de pedregullo se anticipó a un fuerte haz de luz que me privó del espectáculo celestial pero que no consiguió sobresaltarme ni hacerme reaccionar, cautivado como me encontraba por el dulce sopor. A todo ello siguió un repentino jadeo y un siseo de pelos aproximándose que sí me obligaron a erguirme con dificultad, alarmado. El contraluz me mostró la silueta de un gran perro que, ladrando con agitación, se dirigía hacia mí como saeta.
- ¡Rodríguez! ¡Rodríguez, acá, junto! - Gritó una voz familiar, por sobre el sonido de pasos apurados, que se detuvieron en seco a centímetros de mí.
- No puede ser... - balbuceó la voz, apagándose súbitamente. Siguió otro silencio breve, que aproveché para apartarme de los incesantes y ansiosos lamidos del perro e incorporarme hecho un verdadero asco.
- Rodri... Rodri, ¿sos vos?... - miré hacia la voz, entrecerrando los ojos. La luz de los faros del vehículo me enceguecía. Emití un gruñido que quiso ser una afirmación, mientras me sacudía, luchando, infructuosamente, por deshacerme de algo de toda la mugre que llevaba encima.
- ¡Boludo, por un momento pensé que se trataba del monstruo de la laguna negra!... - alcanzó a decir, y estalló en carcajadas.
Mis labios se torcieron en una mueca de fastidio que quiso ser grave, pero el esfuerzo hizo que me atorara, asfixiándome.
- ¡Mejor dicho,... - agregó, con voz entrecortada por la risa..- ...del lago Currhué chico!
No podía haber elegido una metáfora más adecuada para describir mi aspecto. Lo miré, y en un gesto que fue el pasaporte a mi tan buscada capitulación, reí con ganas, deshecho, como él, en estruendosas carcajadas.
- Y a vos, más lejos no pudieron ubicarte los de Parques Nacionales, ¿no? - inquirí, cuando conseguí calmarme.
- Sabiendo que venías a atacarme... encima así, con esa facha, quisieron esconderme todo lo que pudieron... - dijo, irónico, para agregar, sugestiva, dulcemente - ... Agradezco a Dios que no lo hayan logrado.
Sus brazos me atenazaron antes de que me diese cuenta, su mejilla rozó la mía, y sus dedos acariciaron mi pelo con vigor. La tibieza de su cuerpo me partió de cuajo, desarmándome, pulverizando la contención a la que tenía sometidas mis emociones, liberándolas con la fuerza de una estampida de caballos salvajes huyendo del corral que los retenía, para sumirme en un llanto tan abrumador como inusual en mí. Ninguno de los dos dijo nada, arrullados como estábamos por el tenue vaivén de nuestro cálido abrazo.
- Dardo, Dardito... - musité luego entre sollozos, cuando hube tragado suficiente saliva, mi cabeza hundida entre su hombro y el cuello. - ...perdoname, perdoname, yo no...
- Hey, hey... - susurró él, aferrándome con más fuerza y besándome repetidamente la sucia mejilla. - está todo bien, mi buen Rodri... mi lindo Rodri.
Por un par de minutos que parecieron detenerse en la quietud de esa deliciosa noche, que mis ahogados gemidos y el ronroneo del motor, se atrevieron, acompasados e indiferentes, a quebrar, seguimos así, unidos, engarzados el uno con el otro . El ladrido lastimoso del perro dando vueltas alrededor nuestro, inquieto, nos hizo apartarnos finalmente, pero él no dejó de rodearme con su brazo.
- Rodríguez, quieto, ya vamos... - ordenó Dardo, palmeándole el hocico.
- ¿Rodríguez? - pregunté, intrigado, tartamudeando por entre las secuelas de mi llanto. - ¿Por qué un apellido?
Dardo se limitó a mirarme con suspicacia, levantando el ceño. Demoré un instante en darme cuenta, luego tragué, reprimiendo un embrionario nudo en la garganta. Sonreía cuando volví a mirarlo. Yo hice lo mismo al descubrirlo embadurnado del mismo barro que me cubría.
- Rodri, no has crecido un sólo día, ni uno sólo. - dijo. - Vení, bajemos tus cosas y cerremos el auto, mañana venimos a buscarlo. - propuso de inmediato.
Esperé a que instalara una precaria funda con un gran trozo de nylon en su camioneta antes de subir y sentarme a su lado. Un sendero angosto y serpenteante que pronto se transformó en una pendiente accidentada nos condujo velozmente hacia terreno boscoso. Una de sus manos abandonó el volante para posarse sobre la mía. Dirigí mis ojos hacia él. Su mirada centelleaba en tanto anunciaba, feliz:
- Nunca te podrás imaginar cuánto tiempo deseé este momento, Rodri, nunca, te lo aseguro.
No hubiese tenido sentido explicarle que sí, que podía imaginarlo perfectamente, si yo mismo acababa, recién ahora, de medir el inconmensurablemente placentero efecto del mero roce de su piel sobre la mía, erizándola, colmándola de deseo apenas contenible, de embriagadora felicidad, de una sensación que, a la vez que humedecía mis ojos cada vez que lo pensaba, por fin aceptaba y celebraba.

jueves, 30 de agosto de 2007

Y los nominados son...



¡Vaya honor!

Este espacio ha sido nominado al Thinking Blogger Award por la querida Hada Vaquera de Palabras al Sur del Mundo.

Un tempranero mensaje de texto en primer lugar, y la lectura del post detallando las instancias de semejante galardón inmediatamente después estamparon una suave pero muy amplia sonrisa en el rostro cansado de este vaquero soñador, haciendo sus ojos brillar de indisimulable satisfacción en una tibia mañana de invierno, y su corazón hincharse de orgullo al ver compartida su nominación con bloggers de la talla de la sra. Pon, el sr. Hermes, Rosa de Fuego y el Hombre Virtuoso.

Menuda tarea le ha dejado el Hada Vaquera ahora a este vaquero, quien, tomando coraje y, esperando no subestimar a nadie, ha confeccionado su lista, sintiendo que absolutamente todos los blogs lo han hecho pensar y sobre todo, sentir, con los siguientes cinco:

Ahora bien, para estar acreditado y recibir el "Thinking blogger award", los galardonados deberán cumplir con los siguientes requisitos:



1º - Escribir un post citando (premiando) a cinco blogs que "le hagan pensar".



2º - Enlazar el post original, para que se pueda encontrar el origen del premio.



3º - Mostrar la imagen del premio enlazando la nota en la que le han reconocido su valía, en el caso del soñador, en lo del Hada Vaquera, en http://palabras-al-sur-del-mundo.blogspot.com/2007/08/y-el-thinking-blogger-award-es-para.html

Habiendo cumplido con su tarea, y, contento con el camino emprendido, los frutos cosechados, lo mucho pensado y luego expresado, este Vaquero Soñador 47% addicted to blogging se inclina ante todos, agradecido profundamente a Dios y la Vida por tanto recibido.

domingo, 26 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Undécima parte



Mi intempestiva reacción no modificó el ánimo de Martín ni el de Pía, nuestros diplomáticos anfitriones, y, salvo algún que otro vistazo cargado de intimidante reprobación de parte de un par de invitados varones, la reunión, afortunadamente, siguió su curso como si ninguna interferencia o hecho aislado hubiesen quebrado el espíritu que nos tenía allí congregados. Cecilia no habló del tema al volver a casa ni tampoco al día siguiente, muy por el contrario, pareció haber olvidado todo al respecto, y con ello, conseguí, muy despacio, retornar a la serenidad que me había propuesto y que los hechos, ahora sin duda complotados entre sí, se empecinaban en arrebatarme.
La plataforma del software que estábamos desarrollando presentó algunas fallas que tuve que revisar así que debí cancelar mi regreso a Mendoza hasta el miércoles siguiente por la noche. Ese día volví a casa a media tarde, con tiempo suficiente para preparar las cosas que necesitaría en los diez días que me tendrían fuera de la ciudad. Estaba empacando, obedeciendo el dictado de la lista mental que mi ratio matemática había ya preparado cuando Cecilia entró en el cuarto. Me observó una fracción de segundo y luego se sentó sobre la cama, junto a la pequeña maleta donde iban cayendo los implementos que yo lanzaba a medida que iba abriendo los cajones de mi placard.
- ¿Te ayudo? - preguntó.
- No, gracias, amor, ya casi termino. – repuse.
La imaginé asintiendo a mis espaldas. Luego de un corto silencio dijo suavemente.
- ¿Sabés, Rodri? Me quedé preocupada por lo que pasó en lo de Martín...
Tragué saliva y mis hombros se contrajeron. ¿Cómo podía haber pensado que Cecilia soslayaría un hecho como el que me tocó protagonizar, algo que yo y sólo yo había desencadenado? Mi creciente ingenuidad, afanosa por alcanzar niveles siderales, y yo, en tanto, jactándome de mi ratio matemática. Alguna de las dos se hallaba, indudablemente, en el cuerpo equivocado.
Giré apenas la cabeza en señal de que la estaba escuchando pero no dije nada. Fingí estar concentrado en calcular la cantidad de ropa interior que me haría falta.
- Me extrañó mucho que reaccionaras de esa manera, sobre todo eso, entonces... – continuó. - Entonces me puse a pensar en lo que dijiste, lo que se dijo, y... - titubeó, hizo una pausa, por el rabillo del ojo vi cómo su mirada, ensimismada, se había posado sobre las vetas de la madera del piso. - ... sin saber bien la razón, decidí ir a alquilar la... la película dichosa esa... la que provocó todo lo que pasó... - hablaba lenta y en un hilo de voz. - ...la pido, y cuando la está registrando en el listado de socios, el muchacho del local comenta, como al pasar, cuánto nos debía haber gustado... yo no entendí a qué se refería así que le pregunté por qué lo decía... “porque su esposo la alquiló hace poco tiempo”, me contestó... y pensé... pensé que eso no tendría ninguna importancia si se tratase de cualquier película, ¿no?, pero no, obvio que esa no es cualquier película... es la película que viste cuando los chicos y yo viajamos a Tandil... la misma que negaste a Pía haber visto.
El resplandor que entraba por el ventanal dibujó, nítida, sobre las puertas del placard, la sombra de Cecilia acomodándose, nerviosamente, el cabello con los dedos e irguiendo la cabeza para escudriñarme. Un estremecimiento, como los chispazos que dan algunos enchufes, recorrió, íntegra, mi espina dorsal, erizándome la piel. El escudo con el que había creído proteger mi mundo seguro me mostraba sus incipientes fisuras, fruto de tantos perseverantes y despiadados embates.
- Rodri... Rodrigo, date vuelta por favor.
Giré sobre mis talones con la sensación de encontrarme frente a un pelotón de fusilamiento.
- Vení, acercate. - me indicó, palmeando la cama.
Me senté a su lado. Agaché la cabeza, vencido, confuso y, una vez más, como si un letrero con lucecitas de todos colores anunciara a las claras mis avergonzantes fechorías de los últimos tiempos. Me tomó de la barbilla, y la alzó con inmensa delicadeza, obligándome a dirigirle la mirada. Sus pupilas verdeámbar me estudiaron unos segundos, sus párpados no se movieron. Intenté descifrar lo que me decían sus ojos pero el temor me tenía doblegado e incapaz de inferir nada. Recuerdo, sin embargo, no haber reconocido en ellos algo que evidenciara compasión, condena o comprensión alguna. Simplemente, me estudiaron, con una intensidad tal que jamás podré olvidar del todo, enfocando, precisos, los sitios más recónditos de mi alma, sin osar perturbarlos, más si advertirles, hacerles saber de su presencia. Reprimí a duras penas un segundo escalofrío.
Por fin habló, en un tono desafectado y monocorde, como si su voz llegara, apagada y lejana, a través del extremo de una línea telefónica defectuosa.
- Rodrigo, pase lo que pase, siempre... Siempre... - enfatizó cada letra. - ...serás el papá de Clara y Francisco, y, en última instancia, para mí, mi marido. No lo olvides jamás, sin importar a lo que sea que te lleve la vida.
Asentí sin pensarlo, paralizado por el cariz admonitorio y la enorme intuición que encerraban sus palabras. Acto seguido, en tanto se disipaban las tinieblas del profético mundo al que ella había acudido por un poco de lucidez y equilibrio, su semblante mutó, como si hubiese despertado de un trance hipnótico y volviera ahora la Cecilia acostumbrada, la definitivamente terrenal.
- Te dejo tranquilo, voy a terminar de preparar la cena. – anunció formal, palmeó mi pierna, rozó sus labios con los míos y abandonó la habitación.
Ignoro cuánto tiempo permanecí en la misma posición hasta que recobré la consciencia y mi sentido del deber y terminé de empacar.


El fuerte viento sur que sopló el resto de esa semana en Mendoza trajo consigo un denso manto de arremolinadas nubes gris violáceo que presagiaban nevadas en la cercana cordillera de los Andes. Estaba ensimismado contemplándola a través de los grandes ventanales de la moderna oficina en la que me encontraba resolviendo los últimos y, por ende, más complejos procesos del proyecto cuando el timbre de mi teléfono celular me devolvió a tierra. Atendí con tono ausente, sin comprobar de quién era la comunicación.
- Sabía que no ibas a llamarme, así que lo hice yo, guachito lindo... - insinuó una voz sugerente, que reconocí de inmediato.
- ¡Marianita! ¿Cómo andás, linda? - exclamé con alegría sincera.
- Todo bien, dulce, ¿vos?
- En Mendoza, laburando en el proyecto...
- ¡Ay, la puta madre, no me digas, me va a costar una fortuna mi ocurrencia! - me interrumpió. - ¿Otra vez ahí?... ¿Cuándo terminás? Bah, qué me importa, ¿no? En fin, ¿todo bien? no te quiero quitar tiempo, estás ahí porque estás laburando... Escuchame una cosa, papa frita...
Sonreí. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie tratar a otro de "papa frita".
- ... por no decirte otra cosa, claro. - rió. - Escuchame bien, eh... ¿estás ahí?
- Sí, estoy acá.
- Bueno, esto que voy a decirte es mío, ¿está claro? No hablo más que por mí, ¿de acuerdo?, y si no te lo digo de una vez creo que muero asfixiada.
Sonreí, meneando la cabeza como si ella pudiese verme.
- Róo, bolas, ¿me oíste?
- Sí, Mariana, te escuché perfectamente, ¡dale, decime!
- ¿Te acordás cómo me gustaba cantar a mí?
Lo pensé una décima de segundo, y la recordé claramente, guitarra en mano, torturándonos con sus interpretaciones de cuanta balada hubiese conseguido sonsacarle al pobre instrumento.
- Claro que me acuerdo... - contesté dubitativo, ignorando hacia dónde se dirigía.
- ¿Ah, sí? No te imaginás cómo mejoré... cuando nos veamos... - se entusiasmó, luego se detuvo brevemente y continuó, apresurada. - El tema es que mi marido, mis hijos y la mayoría de los que conozco no opinan lo mismo, pero a mi me gusta hacerlo de todos modos, ¿entendés? Al principio me mortificaba, no te voy a mentir a vos... tantos años estudiando y practicando como una loca, para qué carajo, me preguntaba... después me hice la superada, convenciéndome de que tampoco era tan importante cantar después de todo, si al fin y al cabo yo no le gusto a nadie, ¿me seguís? - no esperó mi respuesta. - Ahí, precisamente A - HI fue cuando algo adentro mío me hizo saltar... No le gusto a nadie cantando, pensé, excepto a mí misma... entonces descubrí, chá-chánnn, algo que hasta ese momento no me había dado cuenta, ¡qué ciega boluda, no se puede creer!... algo que era lo único que me hacía seguir adelante aún cuando tenía a todos en contra... Sí, podría ser lo cabeza dura que soy, pero no, no es eso, sino el mismo hecho de cantar, nada más y nada menos. Yo soy otra persona cuando canto, Ro, yo soy feliz, FELIZ, cantando, aunque nadie me ovacione ni me felicite ni muchísimo menos, y, ¿sabés por qué? Porque no necesito todo eso. Me importa un carajo llenar teatros o estadios con público aplaudiendo a rabiar... No busco la aprobación ajena, no canto para eso ahora. Canto porque me hace muy bien, y punto.
Una enorme gota bañó el centro de la hoja del informe que tenía en mis manos. Me pregunté de dónde habría caído.
- Así como cuando a veces, y no vayas a reirte, me hago la Cher, sola en el living de casa, micrófono en mano y todo, no significa que sea ella ni que alguna vez vaya a serlo... - prosiguió. - ...que yo no haya hablado ni hable de ciertas cosas tampoco quiere decir que no vea o no haya visto o que no me dé cuenta... - se detuvo una décima de segundo para enseguida agregar secamente. - No hagas más pelotudeces, Ro querido.
Una segunda gota, más grande, arrugó el papel y borroneó la tinta, catapultada, descubrí, por mi párpado inferior.
- Y- yo no... - intenté decir.
- Estás más cerca de lo que pensás. - repuso, cortante. - Hasta la vuelta, guachito lindo. Te quiero. - agregó con ternura y cortó la comunicación sin más.
Agaché la cabeza para que nadie reparara en mi estado, buscando desesperado mi caja de pañuelitos de papel. Cuando logré encontrarla enjugué las lágrimas que, asomando, delatoras, amenazaban fluir sin freno devastando lo poco que todavía quedaba de mí.
- Leiva, acá te dejo los diagramas que me pediste. – anunció al pasar, sin mirarme, Esteban, el encargado de plataformas, en tanto que depositaba una pequeña pila de folios sobre el escritorio.
- Ah, sí, gracias. – respondí, con voz temblorosa.
Levanté la pila para comenzar a revisarla y, al hacerlo, quedó al descubierto la contratapa del periódico local que él mismo me había alcanzado muy temprano. Mi vista se quedó fija en el mapa que, poblado de pequeños íconos y datos informaba lo relativo a la meteorología para la región, mientras, como cuando de niño seguía, uno a uno, para no extraviar la mirada del bloque de texto, los renglones del libro de lectura, mi dedo índice recorría la línea que demarca el límite entre la provincia de Mendoza y su vecina al sur.
Resoplé ruidosamente al tiempo que me lanzaba sobre el teclado de la computadora y escribía, fervoroso, la dirección de un sitio de la red. Abrí un nuevo explorador, y otro, y otro, hasta que, satisfecho con lo que me mostraba la pantalla del monitor, imprimí varias páginas con la información que me haría falta, y las uní abrochándolas por el margen en tanto que mi pulgar presionaba, decidido, la tecla de llamada sobre el nombre de Juanjo Iriarte.

Continúa.

martes, 21 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Décima parte

Antes de que la imagen de Dardo se fundiera por completo con lo que lo rodeaba y se convirtiera en una mancha gris y difusa pude verlo agitar sus brazos y luego llevar una mano a la frente. Instantáneamente, insinuándose lejanas, las notas se fueron reproduciendo en mi mente, en un burlón acto reflejo, como una suerte de conjuro impiadoso y vengativo.
I can see Daniel waving goodbye,
oh it looks like Daniel,
must be the clouds in my eyes...

Las nubes en mis ojos, sí, quizá.
No había cerrado el cierre relámpago de la entrada de la carpa a propósito, de manera que la brisa suave y fresca que soplaba se colara acariciando nuestras pieles sedientas. Afuera las luciérnagas revoloteaban por doquier, encendiéndose intermitentemente en paciente cortejo. Nuestros pies descalzos se tocaban apenas, produciéndome un cosquilleo abrasador, a duras penas contenible.
- Escuchá. - me pidió, introduciendo un auricular en mi oído, el otro ya estaba en el suyo, y ambos conectados a su inseparable walkman en aquella juventud rebosante de bandas y cantantes que por entonces se reproducían como conejos.
Lo hice.
- Está bueno... ¿quién es? - pregunté, no tan sincero como curioso, alzando la voz por encima de la melodía.
- Elton John... cantando Daniel. - leí de sus labios susurrantes, y, como confesándome un secreto, agregó. - Rodri, si alguna vez, por alguna remota razón Vos y Yo nos tenemos que separar... - hizo una pausa breve - ...esa, y sólo esa, va a ser la canción con la que te voy a recordar siempre.
- Ah... ¿y por qué esa? - pregunté, ignorando su presagio, tratando de sonar distraídamente sugerente.
Acercó su cara a apenas unos centímetros de la mía. Su aliento, tibio, oliendo a menta, penetró mis fosas nasales, acariciando algo en mi interior que no pude definir o describir, ni en ese instante ni ahora, algo que conectaba con la raíz de mi más profundo y salvaje deseo sexual. Un estremecimiento lento, que recorrió mi espina dorsal como la electricidad lo hace con un cable de alta tensión, sacudió mis sentidos y mi percepción, llevándome consigo, dócil, a una dimensión que me iba a enseñar más de mí mismo de lo que era capaz de imaginar.
- No sé, suena a vos, nada más...
- ¿Suena a mí? - pregunté divertido, mis labios rozando ya la humedad de los suyos.
- Sí, a Vos. No lo olvides, nunca... - murmuró, sugestivo, mientras me giraba con ternura y me daba el primero de una serie de besos prolongados, exquisitos, inolvidables.
Instintivamente, como en mi niñez, enjugué la humedad de mis mejillas y mi nariz con la manga del saco. Reparé en ello y de un manotazo tomé un pañuelito de papel de la gaveta. Me limpié con irritación. Mientras lo hacía, detenido en la luz de un semáforo, pensé en cuán ridículo e ingenuo había sido al conmoverme por el palabrerío pretendidamente romántico de un pendejo tan puto y cagón como egoísta y despreciable, alguien que ante la primera señal de peligro había elegido hacerme a un lado, convirtiendo en añicos nuestra relación, lanzándome, solo, al centro de un océano de agobiantes cuestionamientos donde permanecí mucho tiempo a la deriva, para luego, sin otra opción que dejarme guiar por comportamientos y juicios ajenos, verme obligado a obedecerlos e imitarlos sin chistar. Aparté de mi la molesta maraña de recuerdos sacudiendo la cabeza violentamente, como espantando un enjambre de imaginarios y dañinos insectos que no cesaban de rondarme. Dardo se merecía mi abandono y todo mi olvido, la exacta dosis de su propia medicina, sin miramiento alguno, tal como lo había hecho conmigo.
Mecánicamente, como un autómata, conduje el resto del trayecto que me separaba de casa, trazando un repertorio de argumentos que no me permitieran vacilar, convencido, como lo estaba ahora, de que lo que acababa de suceder era, definitivamente, lo mejor que podía haberme pasado. La confesión de la falta cometida por Dardo era, sin lugar a duda, la señal de que jamás debí haber osado apartarme de mi camino, del resguardo incondicional y el cobijo de mi familia, del cumplimiento de mi trabajo. Fogonazos, como refucilos amenazantes, de lo que, enceguecido y sigiloso, me había propuesto, me asaltaron como en un último y desesperado intento por tentarme, por reanudar el acecho de mis bajas inclinaciones. Afortunadamente, un sexto sentido, la salvadora franja de cordura y equilibrio que aún en medio de la más honda confusión había conseguido reaccionar ante el riesgo, felizmente, desbaratándolo todo, me trajo a tierra una vez más. Y entonces me repugnó ver lo que mi inescrupulosa depravación, mi perversidad desenfrenada, mi necedad, ajenas a todo mínimo rasgo de sensatez, habían tenido entre manos. Sabotear primero, para luego, de a poco, acabar rotundamente con mi sagrado presente de normalidad, de confianza y equilibrio, el feliz resultado de una vida de lucha tenaz y de una muy larga espera. ¿Qué hubiese sido de Cecilia, Clarita y Francisquito, con qué cara hubiese debido mirarles si mis intenciones tenían éxito? ¿Yo, yo, Rodigo Leiva, deseando otro hombre? ¿Podía haber coqueteado con la locura más absoluta, como lo había hecho, sin medir consecuencias de ningún tipo? ¿Cómo era posible, qué me había hecho pensar, concebir de manera irracional, la remota posibilidad de que dos hombres pudiesen estar juntos de alguna manera, si lo único que podía enredarlos emocionalmente era, ni más ni menos que, estaba probado, una furiosa y fugaz cogida? Pelotudo de mi, ¿en dónde pensaba que estaba viviendo? La memoria me trajo a Pablo y su dedo acusador, su referencia a la obligatoriedad de ver la película de la montaña de nombre casi impronunciable, a lo que reaccioné con una mueca de hondo disgusto.
Me acercaba ya a casa cuando me alivié cavilando sobre la verdadera razón de ser de lo que, en un primer momento, creí identificar como una suerte de conspiración celestial, una oportunidad, tardía pero concreta, de saldar deudas del pasado. Había estado perdidamente equivocado, aquí no había deudas, sólo existían errores, irresponsabilidades, frutos lógicos de la inmadurez y la confusión de los resabios de un adolescente incompleto y frustrado. Deduje entonces que lo que había vivido no podía ser, en realidad, otra cosa que una prueba, una suerte de desafío, que Dios, algún ser superior o quien fuera, había decidido que Yo debía superar. Entonces, sonreí algo más satisfecho, y me comprometí a enfocarme concienzudamente en borrar de mi mente todo trazo, toda huella, del tembladeral que había experimentado.
Me deslicé dentro de la cama luego de desvestirme silencioso. Envolví, cautivado por una serenidad tan repentina como singular, con mis brazos a Cecilia, que se revolvió somnolienta, pero no despertó. Exhausto como me sentía, ese día no volví a abrir los ojos hasta las primeras horas de la tarde.
La semana que siguió me tuvo, una vez más, en Mendoza trabajando a reloj, sin descanso y ejerciendo una tarea de supervisión y control que no dejaba lugar a la más ínfima distracción. Toda mi actividad se redujo a trabajar, marchar al hotel a darme un baño, mirar algo de televisión y dormir. Apenas si comí, el desayuno y un sandwich que tragaba con desgano por la tarde fueron toda mi dieta durante esos días. No consulté mi correo electrónico personal ni los mensajes de texto en mi celular, el contacto con el mundo de mis afectos se restringió a los llamados a Cecilia y mis hijos por las noches. Estuve a punto de decir sí al ofrecimiento de quedarme allí el fin de semana, cuando recordé el compromiso social que le había prometido a Cecilia cumplir. Regresé entonces a Buenos Aires en el último vuelo de los viernes, casi a medianoche, sorprendentemente exultante y renovado. Cecilia me recibió con los chicos acostados hacía rato, una lasagna increíble, preparada por ella misma, y el Merlot que necesitaba, recién descorchado. Los detalles exactos para la bienvenida que me hacía falta en la que mi mujer no había dejado nada librado al azar. La amé por eso, mucho más que antes. Esa noche hicimos el amor como en nuestros mejores tiempos, bañados por la luz de un par de velas que exhalaban un aroma cítrico exquisito, rozados con suavidad por una ventisca inusualmente tibia para la época, proveniente de la ventana apenas abierta. La piel de su cuerpo, tersa, nacarada, ligeramente untada por una deliciosa mezcla de cremas y lociones, exudaba el perfume que adoro inunde mis conductos respiratorios cuando la exploro minuciosa, lentamente. Llegamos al éxtasis casi juntos, atravesándonos con las miradas, agotados y felices. Se acurrucó, después, a mi lado, mientras yo, en tanto observaba ensimismado las curiosas formas y colores, como de caleidoscopio, que la vista capta en la oscuridad, pensaba en todo el tiempo que, sin que lo haya notado hasta ese preciso momento, había llevado sin masturbarme.

Martín Pérez Cantón y Pía, su mujer, nos recibieron en la puerta de su flamante residencia en un distinguido country de Bella Vista al día siguiente. Martín, adorado primo hermano de Cecilia por parte de su padre, exitoso ingeniero civil de treinta y cinco años, menudo, bastante más bajo que yo, pero muy apuesto, dueño de un cabello rubio a lo Robert Redford, tan pulcramente acicalado y brilloso que aviva, toda vez que nos encontramos, mi ardiente fantasía por despeinarlo sin piedad, me esperaba ya con su mano extendida, su sonrisa de publicidad de pasta dental y su sweater de rombos con el cocodrilo bordado. Tan católico devoto como engreído, petulante y soberbio hasta el tuétano, es el único miembro de la familia con el que debí siempre esforzarme especialmente en tratar cortesmente, cosa que me inquietaba sobremanera y no me permitía comportarme naturalmente a la hora de vernos. La excusa de permanecer en Mendoza hubiese funcionado a la perfección si no hubiésemos recibido la invitación a la inauguración de su nueva casa un mes y medio antes de la fecha, y si, en virtud de ello, Cecilia no me hubiese obligado a prometerle, solemnemente, que no faltaría a la cita bajo ninguna circunstancia.
Pía, escoltando la cálida bienvenida al lado de su marido, no puede representar mejor el arquetipo de mujer que detesto. Delgada hasta la crispación, siempre con ropa de diseñador exclusivo, de lacio cabello castaño con mechones teñidos un tono más claro, que somete a regulares y nerviosos bamboleos es la dueña de un modo de expresarse que oscila entre la complacencia cínica y la ironía desaprobatoria hacia todo lo que se cruce en su camino y no concuerde con su visión del mundo. Defensora a ultranza de un modelo de vida tradicional, religioso y correctamente político, heredero del hecho que señala con una frecuencia rayana en lo físicamente tolerable, los varios años en que estuvieron radicados en los Estados Unidos, Pía me saludó con uno de sus clásicos e impersonales besos, un mero choque de mejillas con chasquido de labios en el aire.
- ¿Qué hacés, Ro? Tanto tiempo... Che, ¿estás más gordito, vos, no?
La miré con el ceño fruncido, y repuse secamente:
- No, todo lo contrario, adelgacé unos cuantos kilos.
- Ahh, sí puede ser, es que vos usás la ropa tan... - me estudió unos segundos. - ...como abuchonada, ¿no?
No le contesté y giré para apartarme de ella. Martín y Cecilia seguían confundidos en un interminable abrazo todavía. Clara y Francisco, en tanto, no dudaron en correr al encuentro de sus hijos, dos niñas y un varón que se habían asomado a la puerta al oir nuestra llegada y que, de tan bonitos y tan bien vestidos como lo están en todo momento, sin importar si la ocasión lo merece o no, parecen salidos de un catálogo de ropa infantil de primera marca.
El nuevo hogar estaba hecho a la exacta medida de sus dueños. La enorme construcción, de dos plantas, seguía el estilo de la arquitectura señorial norteamericana, con grandes ventanales abovedados, bow windows y techo a dos aguas, adornada con profusos canteros de flores y verdes arbustos prolijamente cortados. Una empleada doméstica de uniforme celeste pálido recibió nuestros abrigos en un vestíbulo sumamente acogedor y de allí los anfitriones nos condujeron a la gran sala donde ya unas seis parejas, todas treintañeras, conversaban y bebían animadamente.
- Chicos, se acuerdan, ¿no? - anunció Pía, sonora y divertida. - Cecilia, la prima de Martincho... Mi presentación, menos audible, se perdió en medio de las exclamaciones y saludos que siguieron a nuestra tímida irrupción. Una vez que hubimos saludado, para mi disgusto, uno por uno, a todos los invitados, tomamos lugar, Cecilia sentándose en un amplio sillón de cuero negro, yo en uno de los apoyabrazos, junto a un matrimonio que conocíamos de sus fiestas de cumpleaños y que gozaban de mi escueta simpatía. La comida fue increíble, el tedio me obligó a probar cada bocadito, sushi, empanadita, arrolladito o lo que fuese que me ofrecían, mientras me limitaba a asentir o comentar con débiles interjecciones mis escasas intervenciones en las conversaciones cuyos temas giraban en torno al elevadísimo precio de las propiedades, la dificultad de conseguir un buen hotel en los países del este de Europa, o la cantidad de putas que se veían en casi todos los programas de televisión. Cuando ya había escuchado suficiente me levanté para ir al baño y aproveché también para ir a ver en qué andaban mis, hasta el momento, silenciosos hijos. Los encontré en el cuarto de juegos contiguo a la piscina, sumamente entretenidos junto a los demás niños, por dos jovencitas que, munidas de guitarras y disfrazadas, una de granjera y la otra de pollito, los estaban haciendo bailar y cantar alegremente. Los saludé desde la puerta haciéndoles morisquetas y guiñándoles un ojo, a lo que respondieron circunspectos, agitando los deditos de una mano tímidamente, como si mi atrevida presencia interrumpiera algo sumamente importante. Paseé bordeando los amplios ventanales que daban al increíble jardín trasero antes de volver a mi puesto junto a Cecilia. La animada charla los había unido a todos ahora, en animado debate sobre películas.
- ... excelente, sí, la vi, un flash total! - comentaba Martín a viva voz, mientras me clavaba su mirada cuando me sentaba. - Ah, pero no saben... No saben - remarcó las palabras. - ... lo que me hizo ver esta guacha la otra vez... - señaló a Pía con desdén, ella se encogió de hombros, culposa. - ...Pueden creer que un sábado va y alquila la de los dos maricones, ¿cuál era?... - fingió un olvido poco creíble. - Ah, sí... ¡Secreto en la Montaña, esa cagada!
- Uhhh, no... - exclamaron varios a coro.
- No me digas que la viste... - dijo uno.
- Ni me hagas acordar... no, ¿estás loco? Llegué hasta la parte en que los dos trolos empiezan a darse, ahí la saqué y no la arrojé a la basura porque había que devolverla, que si no...
En el momento en que, moviéndome nervioso, sentía cómo el rubor iba poco a poco invadiendo mi ya turbada expresión, Pía me observó con malicia. Un leve temblor, agorero, vibró bajo mis pies.
- ¡Obvio, no daba para pagar un mango por esa basura! - chilló, con voz aguda, una narigona regordeta sentada frente a Martín. Todos rieron, hasta que Pía sugirió, irónica, mirándome fijamente, regodeándose con la turbación que me había invadido por completo.
- Bueno, che, decían que era buena, yo que iba a a saber que era de cowboys homosexuales! Pero, - dijo, alargando el sonido de la é - ... me parece que Rodrigo sí la vio, y no opina lo mismo que vos, ¿o sí, Ro?
Todos giraron sus cabezas hacia mi, Cecilia lo hizo también, entre intrigada y sorprendida. Mis mejillas se habían encendido hasta llegar a un delator rojo vivo, el rabillo de mi ojo izquierdo midió la distancia entre mi lugar y la ventana mientras mi mente calculaba la energía que necesitaría para lanzarme a través del vidriado como en las películas de acción.
- N...no, no la vi... - mentí.
- Mmmm, no te creo... - repuso burlonamente, agitando su pelo con un mohín pícaro que algunos festejaron.
No fue la alarma en los ojos de Cecilia ni las canallas intenciones de la harpía de la dueña de casa lo que me hizo reaccionar con una violencia que no era mía, sino una fuerza desconocida que repentinamente me dominó por completo, arrojándome a una situación sin vuelta atrás.
- Yo tampoco me creo toda la mierda que vos y tu marido pregonan todo el puto tiempo. - bramé, con voz gruesa. - Y acá estoy... Además, si la hubiese visto, ¿qué?
Se hizo un silencio pesado, del que cualquiera de los presentes hubiese podido cortar un pedazo.
- Rodrigo, calmate, no es para tanto... - quiso intervenir Cecilia, avergonzada.
- Sí, tal cual, por algo será que te ponés así... - murmuró Martín, filoso, llevándose un vaso de whisky a la boca.
Me vi estallar, tomar impulso para arrojarme directo a su cuello y estrangularlo con ganas, pero no lo hice.
- Me ponga como me ponga, haya visto la película o no, no es a vos justamente a quien tengo que dar explicaciones. - afirmé, audaz. Me incorporé, resuelto, y, mirando a Cecilia, le anuncié con dulzura: - Amor, te espero en el auto.
Caminé pesada y ágilmente hacia la puerta de entrada, cuando me detuve en seco. Me volví, dirigiendo un breve vistazo cargado de ira contenida a todos los que me contemplaban boquiabiertos.
- Lamento muchísimo irme... - dije, con voz solemne. - ...sin saber qué carajo les hizo pensar que ustedes son mejores personas que los dos putos de la película.
El pesado portón vibró con un fuerte estruendo cuando se cerró a mis espaldas. Me arrepentí de no haber traído conmigo el trago que había dejado, intacto, sobre la mesa ratona. Necesitaba desesperadamente, ahora, beber algo. Me introduje en el auto, llevé mis dedos a la llave del encendido y entonces reparé que las había dejado en mi abrigo, con el resto de mis cosas. Proferí una rotunda maldición cuando descubrí mi aspecto en el espejo. Los ojos inyectados en sangre, las mejillas y el cuello de un tono cercano al escarlata. Me abochorné. ¿Qué demonios me había propuesto con lo que acababa de hacer y sobre todo, y lo peor, cómo lo arreglaría? Podía imaginar perfectamente los comentarios que siguieron a mi escena, pensé en la situación que había obligado a Cecilia a padecer. Al cabo de unos diez minutos que a mi me parecieron horas, ella salió de la casa, decidida. Se sentó a mi lado sin cerrar la puerta del auto.
- ¿Me podés explicar qué significa toda esta ridiculez, Rodrigo, por favor? - preguntó angustiada.
Solté un generoso suspiro. No sabía qué decirle.
- No tengo nada que explicar, amor...
- No me digas que no tenés nada que explicar... - me interrumpió hablando seriamente - ... Porque tampoco yo te creo. - me miró con ojos grandes, esperando que dijera algo. Permanecí en silencio, sin pestañear ni evitar sus ojos. - Muy bien... No sé qué harás vos, yo vine a pasarlo bien con mi primo y sus amigos. Me vuelvo a la reunión, vos hacé lo que quieras.
Dicho esto, iba a apearse cuando la detuve tomándola del brazo.
- Esperame, voy con vos.

Martín estaba de pie en el vestíbulo, desde donde sin duda había vigilado nuestra breve escena en el auto, sonriente como de costumbre. Me palmeó el hombro con estudiada comprensión cuando pasé delante suyo, lo que me hizo sentir como un niño avergonzado que con la cabeza gacha vuelve a casa después de un absurdo e inútil rapto de rebeldía. Pía y los demás observaban de lejos con impostada compasión. En sus miradas se reflejaba claramente el efecto de lo dicho y hecho por mí, de lo que ya no había manera de cambiar, tal como mi paciente corazón lucía, estoico, los profundos surcos de lo sentido y vivido, de lo que yo me empecinaba en ignorar, de aquello que, hiciera lo que hiciera, tampoco tenía vuelta atrás.
Ya no.
Continúa.

viernes, 10 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Novena parte



Un brindis multitudinario anunció el final de la celebración, muy avanzada la madrugada. Llovieron las promesas de encuentros futuros, de contactos frecuentes, de llamarse, de escribirse. Como en una hermandad de los cuentos que me habían fascinado de pequeño, proclamando un juramento que, ceremonioso, lideró Juanjo Iriarte, cada uno se comprometió, la mano apoyada en el pecho, a conservar intacto el espíritu de esa noche para siempre. Escéptico, convencido, como lo fui siempre, de que nada dura demasiado, juré sólo esperanzado por que el endeble compromiso mantuviera, cuanto menos, el trato con Dardo. Nos confundimos en abrazos y besos interminables, con repetidas promesas y expresiones de buenos deseos. Evité saludar a Dardo allí, toda vez que lo sentí cerca, esperando hacerlo de manera especial, lejos de los demás, buscando el momento. A propósito, actué como si su presencia me fuera completamente desapercibida, enfrascado en las últimas palabras de rigor con todo el mundo, cuando la realidad era que un escalofrío me apresaba cada vez que, desesperanzado, pensaba en lo que seguiría.
Ya fuera del colegio, la escena se repitió, en muchos con lágrimas sinceras asomando a los ojos. El gentío hizo que perdiera de vista a unos cuantos, y me estaba despidiendo de Mariana y Juanjo cuando Dardo desapareció por entre la marea humana. No sé qué me dijeron, yo no escuchaba, tan sólo veía sus labios moverse, en mi afán por ubicarlo por encima de sus hombros. Juanjo dió vuelta y salió disparado hacia su coche, Marianita fue interceptada por Marcela para enfrascarse en la anotación de sus respectivas direcciones y teléfonos y a mi no me quedó ya a quién saludar. Con cara desencajada permanecí unos minutos más escudriñando la oscuridad más allá de la muchedumbre, pero no había rastros de Dardo. Maldije y puteé mi formidable desempeño actoral por lo bajo, y los ojos se me humedecieron expresando, decididos, toda mi furia y desesperanza contenidas. Me encaminé hacia el auto lentamente, girando cada tanto. Me había alejado una cuadra cuando oí pasos agitados acercándose a mis espaldas. Atisbé con ilusión por sobre mi hombro. Era Mariana, alcanzándome, hecha una tromba.
- ¡Rodri, bolas, siempre escapándote vos! - me espetó, sin aliento. - ...me quedé porque con Marce todavía no nos habíamos dado las direcciones de mails... ¡Ah, ahí está mi auto!
Mi cara demostraba a las claras que no era ella a quien esperaba encontrar, pero no se dió cuenta.
- Me llamás, no es cierto, ¿guachito lindo? - me pidió tiernamente.
- Prometido, hermosa. - Le besé la frente y me marché agitando mi mano.
Arranqué el motor sin despegar los ojos del espejo retrovisor, rogando por que, como en las películas, apareciese reflejada la figura de Dardo corriendo desesperado hacia mi. Todo lo que se veía era una calle arbolada en penumbras. Me lo merecía, por mi inacción y mis constantes vacilaciones. ¿Por qué no había hecho nada teniéndolo allí, al alcance de mi mano? ¿Por qué diablos no lo había tomado de las mangas del abrigo y traído conmigo? ¿Por qué no tuve pelotas, por qué fui tan cobarde? Hundí mi cabeza en el volante maldiciéndome entre dientes.
- Marica, marica pelotudo, eso es lo que sos, Rodrigo puto Leiva, ¡cagón hijo de puta! - grité desaforado, babeándome todo.
Juanjo. Me calmé súbitamente, abriendo grande los ojos. Juanjo tenía sus datos. Ya está, le escribía y todo arreglado. Le escribía, sí, seguro. ¿Le escribía qué?... "Perdón, Dardito, por seguir comportándome como una basura todavía, por apartarme de tu abrazo concilidador como si me hubieses querido dar un mazazo, por huir de vos toda la noche, por no poder mover mi maldita lengua para decirte algo que te demuestre quién sos para mi..." Ese pensamiento me hizo detenerme en seco. ¿Quien era Dardo Davese para mi? Por cómo me había comportado, nadie que me importara tanto, si lo único que había hecho en toda la noche fue evitarlo. Ahora, que percibía su ausencia como una sombra que había, de repente, oscurecido mi vida, me daba cuenta. Recién ahora. Si nada de todo esto hubiera ocurrido, jamás me habría dado cuenta, ¿o sí? ¿En qué diablos había estado distraído? Tragué saliva con culpa. ¿Distraído? La familia que logré formar no era ninguna distracción, sino lo que más había ansiado en la vida. ¿Estaba seguro? Si era de ese modo, ¿qué hacía allí lamentándome, arrepentido de mi falta de agallas, de mi exagerado sentido de autoprotección, de mi ceguera, de mi homofobia? Una voz resonó dentro mío, como efecto de un eco lejano. ¿Y tu deseo, Rodrigo? ¿Qué pasa con tu deseo? Una ráfaga de viento depositó un manto de hojas secas sobre el parabrisas, y otra más, segundos después, barrió con ellas. Las contemplé, absorto, y algo en mi mente unió ese hecho casual con mis pensamientos. Ráfagas, las oportunidades eran eso si no se las aprovechaba a tiempo. Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez en el instante en que los faros de un auto que se aproximaba a mis espaldas quebraron la negrura que me rodeaba. Se detuvo con un rechinar de los frenos cuando pasó a mi lado. La puerta del lado derecho se abrió con vigor, chocando contra el coche que estaba estacionado. Lo reconocí en ese momento, era el auto de Mariana. Dardo se apeó, enfocó su mirada hacia mi sitio al volante unos segundos, se inclinó hacia el interior del auto y justo cuando me secaba la cara con desesperación y soplaba mis mocos con el pedazo de trapo que uso para desempañar los vidrios ya lo tenía parado junto a la puerta de mi coche. Abrió la puerta con suavidad, se dejó caer pesadamente sobre el asiento y me escrutó con ojos graves.
- Te busqué entre el tumulto, y ya te habías ido... - me reprendió, algo agitado. - ...tuve suerte de ver a Marianita en el momento en que salía en su auto. - hizo una pausa, en la que yo volví a extraviar mi mirada más allá del vidrio, y enseguida lanzó: - Rodri... Rodri, mirame... o, al menos, escuchame bien. ¿Me vas a perdonar de una vez? - su voz expresaba una dulce súplica.
Tragué ruidosamente, luchando con el vacío que de pronto ocupaba la mitad de mi ser, y sin girar la cabeza, inquirí :
- ¿Perdonar?... - no entendí a qué se refería.
Me observó fijamente, luego divertido, reprimiendo una sonrisa. - Vamos a otro lado, ¿dale? - sugirió, palmeándome la pierna.


Obedecí en silencio. Conduje sin rumbo, expectante de sus palabras, pero no dijo nada en tanto nos alejábamos del colegio. No podía pensar en ningún lugar lógico ni coherente, así que enfilé hacia un lugar que adoro, sobre la costa del río, a donde solemos ir con Cecilia y los chicos. Un manto de vaporosas franjas anaranjadas surcadas por otras color lavanda intenso cubría un cielo diáfano y frío. Tímidos rayos de sol ya despuntaban en el horizonte. Una garza solitaria planeó dejándose caer entre los juncos. El río parecía un espejo de un azul gélido. Frené y apagué el motor. Hacía frío y mis manos temblaban, pero ya sabía bien que no era por la baja temperatura. Reprimiendo la risa me alcanzó un puñado de pañuelitos de papel.
- Tomá, ¿qué te hiciste en la cara?
Intrigado, me contemplé en el espejo del parasol. Un tizne negro me atravesaba de oreja a oreja, tanto horizontal como verticalmente. Parecía listo para hacer de negrito en un acto escolar. El trapo de mierda, pensé, ruborizándome con furia. ¿Qué habría limpiado con él?
- Rodri, no cambiás más vos, viejito...
Lo atisbé por el rabillo del ojo, con una mueca de fastidio. Entonces recordé, había repasado la carrocería antes de salir de casa. Qué imbécil.
- ¡Por Dios, Rodrigo, veinte años han pasado! - levantó la voz. - ¡Veinte malditos años! ¡Aflojá un poco, por favor! Eramos dos pendejos que no sabíamos lo que hacíamos... ¡Jamás hubiese pensado que te fuese a afectar tanto!
Enfrascado en borrar la mugre que cubría mi rostro, no solté palabra, a sabiendas de que había algo en nuestra historia que yo ignoraba, que moría por saber y que me estaba por ser revelado.
- Te pido por favor, por favor, que me perdones... yo no tuve nada, absolutamente nada que ver... - su voz se quebró, o eso me pareció, y entonces, luego de un silencio breve, que, terco, me obstinaba en no quebrar, me armé de coraje y volteé hacia él.
- ¿Que te perdone... que te perdone qué? - le espeté, ansioso por su explicación. Opté por seguir con la puesta en escena en la que era yo la inesperada víctima de alguna falta que estaba por descubrir. Hubiese sido estúpido confesarle ahora que era justamente al revés, que él era quien debía perdonar mi cobarde desdén y mi repugnante desprecio, habiendo actuado como lo había hecho hasta allí.
- Fue mi vieja la que llamó a la tuya, yo, te repito, no tuve nada que ver... Jamás en la vida hubiese dicho una palabra de algo así... Y ella lo hizo a pesar de que le juré y le perjuré que había sido yo quien te había tentado contándote mis fantasías...
Al escucharlo mi corazón se revolvió, agitado ahora menos por el miedo que por la sorpresa. Palpitaciones sordas, acompasadas, golpearon mi pecho y aceleraron mi respiración. Tuve la extraña sensación de sentir mi mente alejarse para encogerse vertiginosamente, a la manera de las lentes zoom cuando se alejan de un objeto, sumergiéndome en una especie de conmoción que me atontó, privándome de mis sentidos más elementales, de mi capacidad de reacción. La voz dentro mío, la que renació gracias a que algo o alguien, como si hubiese frotado una lámpara mágica de la que asoma un genio, la había dotado de vida poco tiempo atrás, se ocupó entonces de hilvanar y comprender las fatales palabras que iban reconstruyendo un episodio del pasado, veía ahora, lleno de malentendidos. Su madre. Ella. Claro, no podía haber sido de otra manera.
- Pero, ¿cómo... - pude decir, con voz aguda. - ... cómo supo? Nosotros no... - cavilé, pronunciando lentamente cada sílaba.
- Mis viejos, los dos, siempre supieron, siempre... - lo dijo con un dejo de triste resignación. - ... el día aquel, en la quinta, ¿te acordás?... vos... - carraspeó. - ...o yo, ya no recuerdo, en el apuro por escondernos y hacer como que nada había ocurrido, tuvimos un descuido... que mi viejo, zorro él, descubrió. Un calzoncillo, que apestaba a olor a semen cuando lo recogió del piso y lo llevó a la nariz. No me dijo nada en ese momento, simplemente me miró. En sus ojos fríos, despiadados, como de estatua, te aseguro, Rodri, vi reflejadas toda la vergüenza y la condena que yacían, luego me di cuenta, muy en el fondo de mi alma, tapadas por mi supuesta irreverencia... Recuerdo que, así y todo, aterrorizado y expuesto hasta la desnudez como me sentía, lo taladré desafiante, orgulloso de mi travesura. - giró la cabeza hacia el amanecer. Sus pupilas se volvieron acuosas, la piel de su rostro se encendió con el naranja del sol. Los rasgos afilados se acentuaron, la barba adquirió un tono rubio cobrizo. - Le contó todo a mi vieja, indignado, humillado, decepcionado... esas sus palabras literales según me contó ella, claro... y entre los dos decidieron tendernos una emboscada, o algo por el estilo, porque si no, se me hace imposible entenderlos, el fin de semana siguiente, no sé si te acordás, cuando no nos perdieron pisada, todo el tiempo atrás nuestro... y acampamos a orillas del río, y yo, tan... tan pelotudo al creerme tan pícaro, tan astuto, tan dueño del mundo, te arrastré así al fin de nuestra amistad... - tragó saliva, nerviosamente. - ... nuestra linda amistad.
Caprichosa, y respondiendo a su propia lógica, mi mente se comportó como aquel coche metálico y helado de una vuelta al mundo en un parque de diversiones en Rosario que giraba, enloquecido, sobre su eje, conmigo dentro a mis diez años, aterrado e inmóvil. Con la fuerza de un remolino de giros elípticos, los recuerdos de la quinta de Escobar regresaron para irrumpir vívidos y brutales, encimándose, ávidos por completar el ensamblaje de un interrogante que yo había conservado enmudecido e intacto pero reforzado por un letargo de veinte largos años. Recordé, entonces, mi tierno entusiasmo en el baño de la casa mientras limpiaba las huellas de mi primer encuentro sexual, la voz apagada del papá de Dardo y el prolongado silencio que siguió, las pisadas intimidantes y la puteada, clara, cortante, amenazadora, justo frente a la puerta detrás de la cual yo me aseaba, inconsciente y ajeno. La mirada turbada de Dardo cuando volví a su cuarto, el silencio incómodo y pesado de la merienda con medialunas y café con leche, la acostumbrada severidad de sus padres hacia mi, mi recién estrenada ilusión y mi ceguera protectora, después.
Paralizado como estaba, logré mover mis labios y musitar: - Tu vieja me acusó a mi, ¿no? Fue así, ¿verdad?
- Sí. Llamó a tu papá... y se lo contó.
- ¿Y... qué le dijo, exactamente? - no estaba seguro de querer saberlo, pero necesitaba descifrar un enigma de años.
Dardo tomó una gran bocanada de aire, la retuvo para luego suspirar con gesto cansado. - Le contó que vos... - hundió la cabeza entre sus hombros, su voz se hizo apenas audible - ...que vos habías intentado... propasarte sexualmente conmigo, y ... le... le ordenaron que tomara medidas para que ellos no te viesen nunca... nunca más a mi lado.
Imaginé las palabras que Dardo había censurado deliberadamente, y que no dudaba que su madre había utilizado con toda la saña de la que era capaz, con el padre junto a ella aprobando y agregando más. Y mi viejo escuchando, pétreo, incólume, las andanzas del putito de su hijo que andaba queriendo cogerse al amiguito. Me pregunté qué les habría contestado, si me había defendido, o, sin rodeos, impidiendo que siguieran mancillándome, lo había negado todo, indignado por que alguien hubiese puesto en duda mi hombría, colgando el tubo con rudeza. Decidí que lo más probable haya sido que, exagerando la discreción y el trato correcto hacia los demás hasta el fastidio, como era su costumbre, sencillamente les había permitido que terminaran con lo que tenían para decirle, para luego disculparse, y, entonces, en aras del honor y el buen nombre de la familia, armar la versión más decorosa posible que explicara oficialmente, en caso de que hubiese que hacerlo, el acontecimiento en cuestión. Para ambas familias, para los dos bandos en pugna, el culpable había sido, todo el tiempo, y sin que cabiera duda alguna, el otro. Con eso todo volvía a la normalidad, y de esa forma, el problema, si es que en definitiva existía, al fin y al cabo, quedaba fuera y con ello, la solución aparecía tan naturalmente como el sol cada mañana. Un sabor acre me asedió, trayendo consigo la amargura de mis lágrimas en esa tarde en la cocina después de hablar con mi padre, la tristeza de aquel verano eterno, pleno de angustias, de amor propio vapuleado y vacío, de constantes miedos y de una convicción menguada pero impiadosa de que a partir de entonces una parte de mi debería morir sin lamento alguno. Recordé también, con odio inusitado, el asfixiante control de mi padre sobre mis costumbres, ademanes y relaciones, los obligados domingos de pesca o fútbol a su lado con o sin mis hermanos, su insistencia encarnada en discursos tan mortificantes como repetidos e iguales porque me armase de una vida digna casándome y formando una familia, su crítica intimidante hacia todo lo que pusiese en tela de juicio el modelo de vida machista y cristiano y su único gesto de cariño en una década, cuando me abrazó dándome fuertes palmadas al anunciarle que me casaba con Cecilia.

Contuve un sollozo de autocompasión tragando esos retazos de mi memoria con dolor y dirigiendo mi vista hacia un barco de carga que navegaba, lento, a varios kilómetros de la costa. Cerré mis puños con fuerza reprimiendo un profundo desprecio hacia los padres de Dardo, y un creciente rencor hacia mi viejo.
- Rodri, perdoname... Puedo ver que va a ser difícil reparar el daño que te hicimos, pero quiero que sepas que tu perdón es el único motivo que me trajo hasta aquí. - me miraba suplicante. - El único, te lo aseguro.
Me mordí el labio inferior intentando disimular el temblor que comenzaba a dominar cada músculo de mi rostro. En lugar de romper a llorar, como me indicaban mis sentidos, perdí los estribos, arruinando los desesperados intentos de mi voz interior por olvidar y perdonar.
- Cuando pudiste haber hecho algo, no lo hiciste... - dije con voz ausente y fría. - ... te importé una mierda, vos me condenaste igual... o peor que tus viejos. - inspiré y, al cabo de unos segundos, dije - Bajate, Dardo.
- No, Rodri, no es así... no seas boludo, te lo ruego, de corazón...
- ¡Que te bajes, carajo! - grité, empapando de saliva el volante. - ¡Ahora!
- Rodrigo, por favor, escuch...
- ¡Bajate, puto de mierda, bajate de mi auto ya! - le espeté, estrellando mis puños contra el tablero, escupiéndole mi injusta ira con toda la violencia de la que fui capaz.
Pude experimentar la pena y el daño que mi desmedido insulto le causaron sin mirarlo siquiera. En un tono resignado y de profunda congoja, por último, me dijo:
- Sí, me bajo. Pero quiero que sepas que en todos estos años jamás... escuchame bien... - me apuntó con su dedo índice - Jamás dejé de pensar en vos, Rodri. Jamás.
Ya no podía soportar oírle decir más nada. En un hilo de voz le repetí: - Por favor, Dardo, bajate de una vez.
Lo hizo y yo aceleré en reversa. El auto se sacudió levantando una débil nube de tierra. Me alejé de Dardo contemplando en el espejo retrovisor cómo su silueta queda, su rostro desconcertado, sus cabellos agitados por el viento se empequeñecían velozmente.


Copiosas lágrimas, como un río de innumerables afluentes bañaron mis mejillas, mi cuello, mi alma en carne viva.
Continúa.