viernes, 6 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Quinta parte


En los días que siguieron a aquel fin de semana me resultó arduo conectar con el mundo rutinario. Una región de mi ser, rebosante de un espíritu contestatario y anárquico que me asombró, comenzó a revolverse incómoda en medio de una realidad que, indiferente e imperturbable, se le mostraba a años luz de sus renovados anhelos. Todo lo que escuchaba de los demás me parecía vacío y carente de sentido. Empezó a molestarme casi todo lo que decían o decían que hacían. Los miraba con lástima, y algo de soberbia, también. Para mi todo el mundo presumía, nadie se conducía con naturalidad, todos escondían algo oscuro y peligroso. La monótona paz de mi trabajo, mis horarios prefijados, los días sin sobresaltos se me antojaban sencillamente detestables, mediocres. Mi vida había sido un sinfín de parámetros preestablecidos, y culpaba a todo el mundo por eso. En el fondo, uno que aún no me atrevía a asumir, me sentía un completo idiota, un ingenuo que pensaba que ciertas cosas se resolvían tomando decisiones que desviaran la atención hacia otros temas. Con eso, el problema desaparecía por completo. Como cuando mi viejo me prohibió seguir viendo a Dardo. Igual que cuando se lleva lo barrido abajo de un mueble.
Mi familia, que siempre había constituído la fortaleza que protegía mis iracundos cuestionamientos y titubeos, el lugar donde me sentía a salvo de tentaciones y desvíos, fue cobrando, lentamente, un cariz que me hizo comenzar a tener miedo de mi mismo. Cecilia y mis hijos se convirtieron en estorbos, y sentirlos así me llenaba de una culpa paralizante. Y lo que me obligaba a verlos de esa siniestra manera, de fascinación o rechazo, dependiendo de los días. Mi vida olvidada se encargaba muy bien de hacerme ver que no estaba dispuesta a esperar más, a seguir tolerando mi indiferencia.
No conseguí quitarme a Pablo de la cabeza, fantasée una y mil veces con nuestro reencuentro y nuestras conversaciones, ahora, llenas de insinuaciones y doble sentido. No pude ir al gimasio el lunes siguiente a mi tormentoso fin de semana, una reunión que maldije primero y agradecí, cobardemente, más tarde, me obligó a quedarme después de hora en el trabajo. Sí lo hice el miércoles, con la ridícula sensación de portar un cartel claramente visible donde se leía, sugestivamente, "ahora sí estoy listo para ser puto". Los nervios, delatores, lucharon por dominarme mientras me cambiaba en el vestuario y casi me obligan a huir. No me atreví a mirar alrededor mío, temiendo encontrar a Pablo, temiendo que mis ojos reflejaran demasiado nítidamente el estado de mi alma.
- Ro, ¿qué hacés? - Su voz cristalina y alegre me sobresaltó. - ¡Pensé que no llegaba a tiempo! Me cambio en un segundo, ¿me bancás?
- Claro, dale... - El nudo en la garganta impidió que mi voz sonara natural. El apuro de Pablo no dio tiempo para nuestro saludo con un beso, me entristeció y me pareció infantil sentir eso, tanto como la idea de zambullirme dentro del locker y cerrar la puerta con candado de la vergüenza que la situación me forzaba a sentir.
- ¿Qué te pasó el lunes? Me extrañó no verte...
Lo miré para responderle mientras se desvestía a toda velocidad. Mis ojos se posaron en su pecho sin vello. Los desvié vergonzosa y velozmente cuando vi que los suyos esperaban mi respuesta.
- ¡Ah, el lunes!... sí... una reunión del laburo, algo de último momento, por eso...
- Me lo imaginé. ¿Te acordás de lo del viernes, no? Ya habíamos quedado... - Me sonrió mientras levantaba una de sus cejas perfectamente delineadas. Nunca me atreví a preguntarle si hacía algo para tenerlas así.
- ¿Lo del viernes?... - fingí no recordar - ¡Uh, cierto! Qué bueno que me dijiste... Seguro... Después de la clase, como quedamos... - Le dije mientras un escalofrío me recorría la espalda.
- Genial, entonces. Ahora vamos que ya es casi la hora.
Mientras lo observaba caminar a paso agitado delante mío pensé en cuánto me empecinaba en ocultar lo que verdaderamente sentía. Qué ridículo. Si Pablo sólo hubiese sabido que no había dejado de pensar en eso desde que acepté, si supiera que decidí ver la película adelantándome a lo que pudiera pasar, si por un momento pudiera ver a través mío, no hubiese dudado en recomendarme que estudiara arte dramático.
Pablito. Yo lo llamaba así, en mi interior, mi boca jamás lo pronunció. Cuando lo vi por primera vez al ubicarse a mi lado durante mis sagradas clases de entrenamiento deportivo, un par de meses antes, había exclamado, para mis adentros, "¡qué maricón este tipo!". La camiseta calzándole a medida, a tono con el pantalón de marca, las zapatillas impecables, el corte de pelo de moda. Bajo, pero de fuerte contextura, nariz importante, mentón marcado, ojos vivaces y cuidada barba incipiente. Impecable. Lo rechacé sin titubear, y no cruzamos palabra hasta que coincidimos en el vestuario una noche al terminar la clase. Su armario estaba pegado al mío. El rompió el hielo con formalidades y comentarios triviales acerca del esfuerzo y el cansancio que supone la actividad física. Su voz no demostraba afectación alguna, sus modales tampoco. Yo me había puesto en guardia de todos modos. No le fue nada fácil derribar los muros de concreto que yo había levantado, y no sé si fue su perseverancia o la creciente presión de mi deseo, pero antes de que pudiera darme cuenta, nos habíamos hecho algo parecido a amigos. Siempre hablamos generalidades, aunque yo me apresuré a contarle que era un hombre muy bien casado. Solíamos hablar de mujeres, aunque él jamás mencionó nada específico de su vida íntima, y yo nunca me atreví a ingresar en ese terreno. No pareció molestarle ni inquietarle en absoluto el que lo pillara observándome mientras me bañaba en frente suyo, por el contrario, con la confianza que me fue ganando no tuvo reparo en contemplar quedamente mi miembro o mis labios al hablar. Yo, en cambio, no logré comportarme naturalmente cuando hablábamos desnudos. O no apartaba los ojos de los suyos, o bien me concentraba en enjabonarme y enjuagarme. Aprovechaba, sin embargo, cada uno de sus descuidos para estudiar su anatomía y grabarla en mi memoria. Dentro mío había otro ser, en llamas, al que podía domar sin esfuerzo, porque lo consolaba con los recuerdos de lo que veía a través del vapor de agua al llegar a casa. Nuestro trato se fue haciendo más estrecho, así que del formal Rodrigo con que se dirigía a mi pasó al Rodri y al más afectuoso Ro en poco tiempo. Al principio me avergonzaba, después me encantaba la manera en que lo decía, con su voz grave y rasposa.
Su departamento estaba camino del mío, así que comenzamos a irnos juntos en mi auto. Una de esas noches, sin rodeos, antes de bajarse, me dijo:
- Ro, ¿alguna vez tuviste dudas de tu sexualidad?
Su pregunta me hizo tragar ruidosamente, como si hubiese tenido un bloque de piedra en la boca. Carraspée antes de hablar.
- ¿Dudas? ¿Cómo, dudas? - Sonreí forzadamente.
- Sí, dudas, cuestionamientos... pensamientos, cómo te puedo explicar..., distintos, de otro tipo.
El corazón empezó a latirme con fuerza. Repentinamente el aire dentro del coche se hizo más pesado y nuestra charla, más turbadora.
- Nno, supongo que no... nunca. - Mentí descaradamente.
- ¿Viste Secreto en la Montaña?
Volví a aclarar mi garganta. - ¿La de los... ?
- ... Vaqueros gay, sí, esa, ¿la viste? - No dejaba de mirarme inquisidoramente.
- No, no la vi.
- ¿Por qué?
- N-no me interesa el tema, ¡¿por qué va a ser?! - Le contesté con indisimulable irritación.
- Ahá... Quizás deberías. Todos deberían. - Proclamó, desafiante. - Bueno, nos vemos el lunes. Buen fin de semana. - Dijo, cortante, y sin mediar más me estampó un beso en la comisura de los labios que me hizo cosquillas y salió del auto.
Aceleré haciendo rechinar los neumáticos y tuve que dar un par de vueltas antes de regresar a casa. Permanecí un rato más dentro del auto, en el garage, antes de subir. Las palabras de Pablo y la tibia y reconfortante sensación de sus labios cerca de los míos agitaron mis pensamientos como a un navío en una tormenta en alta mar.

8 comentarios:

un-angel dijo...

Cielos, me quedé en la primera y ya vas por la quinta, tengo que hacer un retroceso. El angel además de inquieto anda disperso, jaja.
Un besote, vaquero.

Anónimo dijo...

¿Qué será de la vida de "Ro"?

Está muy interesante...

Cuantas roturas debe de tener su alma...

Un relato tan hermoso, tan dulce...

Besos

Arquitecturibe dijo...

…. sobre tu comentario en mi post de “Valiente, Majestuosa…
JfT: Tampoco creo que la marcha haga mucho por la libertad perdida, pero que quede el precedente que somos millones los que no estamos de acuerdo. Últimamente busco mucho tus palabras.
Un beso Super Enorme desde esta, mi lejana galaxia, que existe por y para ustedes.

Rosa dijo...

Por qué será que es tan difícil aceptar lo que sentimos. pero como nos complicamos la vida mintiéndole a todo el mundo y peor aún... mintiéndonos a nosotros mismos. Y por qué... por "el qué diran". Pues me vale el qué diran... yo no echaría mi felicidad por la borda, por las murmuraciones de los demás.
Y ahí voy de nuevo con un pedacito de una canción:

"Y a veces me parece un poco extraño, que nos preocupe tanto el qué diran, si al final a quién le importan tus tristezas, si te creen feliz o no"

Un :*) y a seguir con el relato.

Ana dijo...

Pues sí, todos deberían verla.
Este Rodri me está gustando a pesar de sus dudas.
Un beso, vaquero.

Arquitecturibe dijo...

........... que regresé buscando una sexta.... pero toco releer la quinta!
un beso desde mi lejana Galaxia!

pon dijo...

Todos, claro que sí.

devezencuando dijo...

"¿Viste Secreto en la Montaña?"

Creo que es una de las preguntas más perturbadoras que me pueden hacer.

Lo peor: que siempre miento descaradamente.

Espero la siguiente entrega.