jueves, 30 de agosto de 2007

Y los nominados son...



¡Vaya honor!

Este espacio ha sido nominado al Thinking Blogger Award por la querida Hada Vaquera de Palabras al Sur del Mundo.

Un tempranero mensaje de texto en primer lugar, y la lectura del post detallando las instancias de semejante galardón inmediatamente después estamparon una suave pero muy amplia sonrisa en el rostro cansado de este vaquero soñador, haciendo sus ojos brillar de indisimulable satisfacción en una tibia mañana de invierno, y su corazón hincharse de orgullo al ver compartida su nominación con bloggers de la talla de la sra. Pon, el sr. Hermes, Rosa de Fuego y el Hombre Virtuoso.

Menuda tarea le ha dejado el Hada Vaquera ahora a este vaquero, quien, tomando coraje y, esperando no subestimar a nadie, ha confeccionado su lista, sintiendo que absolutamente todos los blogs lo han hecho pensar y sobre todo, sentir, con los siguientes cinco:

Ahora bien, para estar acreditado y recibir el "Thinking blogger award", los galardonados deberán cumplir con los siguientes requisitos:



1º - Escribir un post citando (premiando) a cinco blogs que "le hagan pensar".



2º - Enlazar el post original, para que se pueda encontrar el origen del premio.



3º - Mostrar la imagen del premio enlazando la nota en la que le han reconocido su valía, en el caso del soñador, en lo del Hada Vaquera, en http://palabras-al-sur-del-mundo.blogspot.com/2007/08/y-el-thinking-blogger-award-es-para.html

Habiendo cumplido con su tarea, y, contento con el camino emprendido, los frutos cosechados, lo mucho pensado y luego expresado, este Vaquero Soñador 47% addicted to blogging se inclina ante todos, agradecido profundamente a Dios y la Vida por tanto recibido.

domingo, 26 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Undécima parte



Mi intempestiva reacción no modificó el ánimo de Martín ni el de Pía, nuestros diplomáticos anfitriones, y, salvo algún que otro vistazo cargado de intimidante reprobación de parte de un par de invitados varones, la reunión, afortunadamente, siguió su curso como si ninguna interferencia o hecho aislado hubiesen quebrado el espíritu que nos tenía allí congregados. Cecilia no habló del tema al volver a casa ni tampoco al día siguiente, muy por el contrario, pareció haber olvidado todo al respecto, y con ello, conseguí, muy despacio, retornar a la serenidad que me había propuesto y que los hechos, ahora sin duda complotados entre sí, se empecinaban en arrebatarme.
La plataforma del software que estábamos desarrollando presentó algunas fallas que tuve que revisar así que debí cancelar mi regreso a Mendoza hasta el miércoles siguiente por la noche. Ese día volví a casa a media tarde, con tiempo suficiente para preparar las cosas que necesitaría en los diez días que me tendrían fuera de la ciudad. Estaba empacando, obedeciendo el dictado de la lista mental que mi ratio matemática había ya preparado cuando Cecilia entró en el cuarto. Me observó una fracción de segundo y luego se sentó sobre la cama, junto a la pequeña maleta donde iban cayendo los implementos que yo lanzaba a medida que iba abriendo los cajones de mi placard.
- ¿Te ayudo? - preguntó.
- No, gracias, amor, ya casi termino. – repuse.
La imaginé asintiendo a mis espaldas. Luego de un corto silencio dijo suavemente.
- ¿Sabés, Rodri? Me quedé preocupada por lo que pasó en lo de Martín...
Tragué saliva y mis hombros se contrajeron. ¿Cómo podía haber pensado que Cecilia soslayaría un hecho como el que me tocó protagonizar, algo que yo y sólo yo había desencadenado? Mi creciente ingenuidad, afanosa por alcanzar niveles siderales, y yo, en tanto, jactándome de mi ratio matemática. Alguna de las dos se hallaba, indudablemente, en el cuerpo equivocado.
Giré apenas la cabeza en señal de que la estaba escuchando pero no dije nada. Fingí estar concentrado en calcular la cantidad de ropa interior que me haría falta.
- Me extrañó mucho que reaccionaras de esa manera, sobre todo eso, entonces... – continuó. - Entonces me puse a pensar en lo que dijiste, lo que se dijo, y... - titubeó, hizo una pausa, por el rabillo del ojo vi cómo su mirada, ensimismada, se había posado sobre las vetas de la madera del piso. - ... sin saber bien la razón, decidí ir a alquilar la... la película dichosa esa... la que provocó todo lo que pasó... - hablaba lenta y en un hilo de voz. - ...la pido, y cuando la está registrando en el listado de socios, el muchacho del local comenta, como al pasar, cuánto nos debía haber gustado... yo no entendí a qué se refería así que le pregunté por qué lo decía... “porque su esposo la alquiló hace poco tiempo”, me contestó... y pensé... pensé que eso no tendría ninguna importancia si se tratase de cualquier película, ¿no?, pero no, obvio que esa no es cualquier película... es la película que viste cuando los chicos y yo viajamos a Tandil... la misma que negaste a Pía haber visto.
El resplandor que entraba por el ventanal dibujó, nítida, sobre las puertas del placard, la sombra de Cecilia acomodándose, nerviosamente, el cabello con los dedos e irguiendo la cabeza para escudriñarme. Un estremecimiento, como los chispazos que dan algunos enchufes, recorrió, íntegra, mi espina dorsal, erizándome la piel. El escudo con el que había creído proteger mi mundo seguro me mostraba sus incipientes fisuras, fruto de tantos perseverantes y despiadados embates.
- Rodri... Rodrigo, date vuelta por favor.
Giré sobre mis talones con la sensación de encontrarme frente a un pelotón de fusilamiento.
- Vení, acercate. - me indicó, palmeando la cama.
Me senté a su lado. Agaché la cabeza, vencido, confuso y, una vez más, como si un letrero con lucecitas de todos colores anunciara a las claras mis avergonzantes fechorías de los últimos tiempos. Me tomó de la barbilla, y la alzó con inmensa delicadeza, obligándome a dirigirle la mirada. Sus pupilas verdeámbar me estudiaron unos segundos, sus párpados no se movieron. Intenté descifrar lo que me decían sus ojos pero el temor me tenía doblegado e incapaz de inferir nada. Recuerdo, sin embargo, no haber reconocido en ellos algo que evidenciara compasión, condena o comprensión alguna. Simplemente, me estudiaron, con una intensidad tal que jamás podré olvidar del todo, enfocando, precisos, los sitios más recónditos de mi alma, sin osar perturbarlos, más si advertirles, hacerles saber de su presencia. Reprimí a duras penas un segundo escalofrío.
Por fin habló, en un tono desafectado y monocorde, como si su voz llegara, apagada y lejana, a través del extremo de una línea telefónica defectuosa.
- Rodrigo, pase lo que pase, siempre... Siempre... - enfatizó cada letra. - ...serás el papá de Clara y Francisco, y, en última instancia, para mí, mi marido. No lo olvides jamás, sin importar a lo que sea que te lleve la vida.
Asentí sin pensarlo, paralizado por el cariz admonitorio y la enorme intuición que encerraban sus palabras. Acto seguido, en tanto se disipaban las tinieblas del profético mundo al que ella había acudido por un poco de lucidez y equilibrio, su semblante mutó, como si hubiese despertado de un trance hipnótico y volviera ahora la Cecilia acostumbrada, la definitivamente terrenal.
- Te dejo tranquilo, voy a terminar de preparar la cena. – anunció formal, palmeó mi pierna, rozó sus labios con los míos y abandonó la habitación.
Ignoro cuánto tiempo permanecí en la misma posición hasta que recobré la consciencia y mi sentido del deber y terminé de empacar.


El fuerte viento sur que sopló el resto de esa semana en Mendoza trajo consigo un denso manto de arremolinadas nubes gris violáceo que presagiaban nevadas en la cercana cordillera de los Andes. Estaba ensimismado contemplándola a través de los grandes ventanales de la moderna oficina en la que me encontraba resolviendo los últimos y, por ende, más complejos procesos del proyecto cuando el timbre de mi teléfono celular me devolvió a tierra. Atendí con tono ausente, sin comprobar de quién era la comunicación.
- Sabía que no ibas a llamarme, así que lo hice yo, guachito lindo... - insinuó una voz sugerente, que reconocí de inmediato.
- ¡Marianita! ¿Cómo andás, linda? - exclamé con alegría sincera.
- Todo bien, dulce, ¿vos?
- En Mendoza, laburando en el proyecto...
- ¡Ay, la puta madre, no me digas, me va a costar una fortuna mi ocurrencia! - me interrumpió. - ¿Otra vez ahí?... ¿Cuándo terminás? Bah, qué me importa, ¿no? En fin, ¿todo bien? no te quiero quitar tiempo, estás ahí porque estás laburando... Escuchame una cosa, papa frita...
Sonreí. Hacía mucho tiempo que no oía a nadie tratar a otro de "papa frita".
- ... por no decirte otra cosa, claro. - rió. - Escuchame bien, eh... ¿estás ahí?
- Sí, estoy acá.
- Bueno, esto que voy a decirte es mío, ¿está claro? No hablo más que por mí, ¿de acuerdo?, y si no te lo digo de una vez creo que muero asfixiada.
Sonreí, meneando la cabeza como si ella pudiese verme.
- Róo, bolas, ¿me oíste?
- Sí, Mariana, te escuché perfectamente, ¡dale, decime!
- ¿Te acordás cómo me gustaba cantar a mí?
Lo pensé una décima de segundo, y la recordé claramente, guitarra en mano, torturándonos con sus interpretaciones de cuanta balada hubiese conseguido sonsacarle al pobre instrumento.
- Claro que me acuerdo... - contesté dubitativo, ignorando hacia dónde se dirigía.
- ¿Ah, sí? No te imaginás cómo mejoré... cuando nos veamos... - se entusiasmó, luego se detuvo brevemente y continuó, apresurada. - El tema es que mi marido, mis hijos y la mayoría de los que conozco no opinan lo mismo, pero a mi me gusta hacerlo de todos modos, ¿entendés? Al principio me mortificaba, no te voy a mentir a vos... tantos años estudiando y practicando como una loca, para qué carajo, me preguntaba... después me hice la superada, convenciéndome de que tampoco era tan importante cantar después de todo, si al fin y al cabo yo no le gusto a nadie, ¿me seguís? - no esperó mi respuesta. - Ahí, precisamente A - HI fue cuando algo adentro mío me hizo saltar... No le gusto a nadie cantando, pensé, excepto a mí misma... entonces descubrí, chá-chánnn, algo que hasta ese momento no me había dado cuenta, ¡qué ciega boluda, no se puede creer!... algo que era lo único que me hacía seguir adelante aún cuando tenía a todos en contra... Sí, podría ser lo cabeza dura que soy, pero no, no es eso, sino el mismo hecho de cantar, nada más y nada menos. Yo soy otra persona cuando canto, Ro, yo soy feliz, FELIZ, cantando, aunque nadie me ovacione ni me felicite ni muchísimo menos, y, ¿sabés por qué? Porque no necesito todo eso. Me importa un carajo llenar teatros o estadios con público aplaudiendo a rabiar... No busco la aprobación ajena, no canto para eso ahora. Canto porque me hace muy bien, y punto.
Una enorme gota bañó el centro de la hoja del informe que tenía en mis manos. Me pregunté de dónde habría caído.
- Así como cuando a veces, y no vayas a reirte, me hago la Cher, sola en el living de casa, micrófono en mano y todo, no significa que sea ella ni que alguna vez vaya a serlo... - prosiguió. - ...que yo no haya hablado ni hable de ciertas cosas tampoco quiere decir que no vea o no haya visto o que no me dé cuenta... - se detuvo una décima de segundo para enseguida agregar secamente. - No hagas más pelotudeces, Ro querido.
Una segunda gota, más grande, arrugó el papel y borroneó la tinta, catapultada, descubrí, por mi párpado inferior.
- Y- yo no... - intenté decir.
- Estás más cerca de lo que pensás. - repuso, cortante. - Hasta la vuelta, guachito lindo. Te quiero. - agregó con ternura y cortó la comunicación sin más.
Agaché la cabeza para que nadie reparara en mi estado, buscando desesperado mi caja de pañuelitos de papel. Cuando logré encontrarla enjugué las lágrimas que, asomando, delatoras, amenazaban fluir sin freno devastando lo poco que todavía quedaba de mí.
- Leiva, acá te dejo los diagramas que me pediste. – anunció al pasar, sin mirarme, Esteban, el encargado de plataformas, en tanto que depositaba una pequeña pila de folios sobre el escritorio.
- Ah, sí, gracias. – respondí, con voz temblorosa.
Levanté la pila para comenzar a revisarla y, al hacerlo, quedó al descubierto la contratapa del periódico local que él mismo me había alcanzado muy temprano. Mi vista se quedó fija en el mapa que, poblado de pequeños íconos y datos informaba lo relativo a la meteorología para la región, mientras, como cuando de niño seguía, uno a uno, para no extraviar la mirada del bloque de texto, los renglones del libro de lectura, mi dedo índice recorría la línea que demarca el límite entre la provincia de Mendoza y su vecina al sur.
Resoplé ruidosamente al tiempo que me lanzaba sobre el teclado de la computadora y escribía, fervoroso, la dirección de un sitio de la red. Abrí un nuevo explorador, y otro, y otro, hasta que, satisfecho con lo que me mostraba la pantalla del monitor, imprimí varias páginas con la información que me haría falta, y las uní abrochándolas por el margen en tanto que mi pulgar presionaba, decidido, la tecla de llamada sobre el nombre de Juanjo Iriarte.

Continúa.

martes, 21 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Décima parte

Antes de que la imagen de Dardo se fundiera por completo con lo que lo rodeaba y se convirtiera en una mancha gris y difusa pude verlo agitar sus brazos y luego llevar una mano a la frente. Instantáneamente, insinuándose lejanas, las notas se fueron reproduciendo en mi mente, en un burlón acto reflejo, como una suerte de conjuro impiadoso y vengativo.
I can see Daniel waving goodbye,
oh it looks like Daniel,
must be the clouds in my eyes...

Las nubes en mis ojos, sí, quizá.
No había cerrado el cierre relámpago de la entrada de la carpa a propósito, de manera que la brisa suave y fresca que soplaba se colara acariciando nuestras pieles sedientas. Afuera las luciérnagas revoloteaban por doquier, encendiéndose intermitentemente en paciente cortejo. Nuestros pies descalzos se tocaban apenas, produciéndome un cosquilleo abrasador, a duras penas contenible.
- Escuchá. - me pidió, introduciendo un auricular en mi oído, el otro ya estaba en el suyo, y ambos conectados a su inseparable walkman en aquella juventud rebosante de bandas y cantantes que por entonces se reproducían como conejos.
Lo hice.
- Está bueno... ¿quién es? - pregunté, no tan sincero como curioso, alzando la voz por encima de la melodía.
- Elton John... cantando Daniel. - leí de sus labios susurrantes, y, como confesándome un secreto, agregó. - Rodri, si alguna vez, por alguna remota razón Vos y Yo nos tenemos que separar... - hizo una pausa breve - ...esa, y sólo esa, va a ser la canción con la que te voy a recordar siempre.
- Ah... ¿y por qué esa? - pregunté, ignorando su presagio, tratando de sonar distraídamente sugerente.
Acercó su cara a apenas unos centímetros de la mía. Su aliento, tibio, oliendo a menta, penetró mis fosas nasales, acariciando algo en mi interior que no pude definir o describir, ni en ese instante ni ahora, algo que conectaba con la raíz de mi más profundo y salvaje deseo sexual. Un estremecimiento lento, que recorrió mi espina dorsal como la electricidad lo hace con un cable de alta tensión, sacudió mis sentidos y mi percepción, llevándome consigo, dócil, a una dimensión que me iba a enseñar más de mí mismo de lo que era capaz de imaginar.
- No sé, suena a vos, nada más...
- ¿Suena a mí? - pregunté divertido, mis labios rozando ya la humedad de los suyos.
- Sí, a Vos. No lo olvides, nunca... - murmuró, sugestivo, mientras me giraba con ternura y me daba el primero de una serie de besos prolongados, exquisitos, inolvidables.
Instintivamente, como en mi niñez, enjugué la humedad de mis mejillas y mi nariz con la manga del saco. Reparé en ello y de un manotazo tomé un pañuelito de papel de la gaveta. Me limpié con irritación. Mientras lo hacía, detenido en la luz de un semáforo, pensé en cuán ridículo e ingenuo había sido al conmoverme por el palabrerío pretendidamente romántico de un pendejo tan puto y cagón como egoísta y despreciable, alguien que ante la primera señal de peligro había elegido hacerme a un lado, convirtiendo en añicos nuestra relación, lanzándome, solo, al centro de un océano de agobiantes cuestionamientos donde permanecí mucho tiempo a la deriva, para luego, sin otra opción que dejarme guiar por comportamientos y juicios ajenos, verme obligado a obedecerlos e imitarlos sin chistar. Aparté de mi la molesta maraña de recuerdos sacudiendo la cabeza violentamente, como espantando un enjambre de imaginarios y dañinos insectos que no cesaban de rondarme. Dardo se merecía mi abandono y todo mi olvido, la exacta dosis de su propia medicina, sin miramiento alguno, tal como lo había hecho conmigo.
Mecánicamente, como un autómata, conduje el resto del trayecto que me separaba de casa, trazando un repertorio de argumentos que no me permitieran vacilar, convencido, como lo estaba ahora, de que lo que acababa de suceder era, definitivamente, lo mejor que podía haberme pasado. La confesión de la falta cometida por Dardo era, sin lugar a duda, la señal de que jamás debí haber osado apartarme de mi camino, del resguardo incondicional y el cobijo de mi familia, del cumplimiento de mi trabajo. Fogonazos, como refucilos amenazantes, de lo que, enceguecido y sigiloso, me había propuesto, me asaltaron como en un último y desesperado intento por tentarme, por reanudar el acecho de mis bajas inclinaciones. Afortunadamente, un sexto sentido, la salvadora franja de cordura y equilibrio que aún en medio de la más honda confusión había conseguido reaccionar ante el riesgo, felizmente, desbaratándolo todo, me trajo a tierra una vez más. Y entonces me repugnó ver lo que mi inescrupulosa depravación, mi perversidad desenfrenada, mi necedad, ajenas a todo mínimo rasgo de sensatez, habían tenido entre manos. Sabotear primero, para luego, de a poco, acabar rotundamente con mi sagrado presente de normalidad, de confianza y equilibrio, el feliz resultado de una vida de lucha tenaz y de una muy larga espera. ¿Qué hubiese sido de Cecilia, Clarita y Francisquito, con qué cara hubiese debido mirarles si mis intenciones tenían éxito? ¿Yo, yo, Rodigo Leiva, deseando otro hombre? ¿Podía haber coqueteado con la locura más absoluta, como lo había hecho, sin medir consecuencias de ningún tipo? ¿Cómo era posible, qué me había hecho pensar, concebir de manera irracional, la remota posibilidad de que dos hombres pudiesen estar juntos de alguna manera, si lo único que podía enredarlos emocionalmente era, ni más ni menos que, estaba probado, una furiosa y fugaz cogida? Pelotudo de mi, ¿en dónde pensaba que estaba viviendo? La memoria me trajo a Pablo y su dedo acusador, su referencia a la obligatoriedad de ver la película de la montaña de nombre casi impronunciable, a lo que reaccioné con una mueca de hondo disgusto.
Me acercaba ya a casa cuando me alivié cavilando sobre la verdadera razón de ser de lo que, en un primer momento, creí identificar como una suerte de conspiración celestial, una oportunidad, tardía pero concreta, de saldar deudas del pasado. Había estado perdidamente equivocado, aquí no había deudas, sólo existían errores, irresponsabilidades, frutos lógicos de la inmadurez y la confusión de los resabios de un adolescente incompleto y frustrado. Deduje entonces que lo que había vivido no podía ser, en realidad, otra cosa que una prueba, una suerte de desafío, que Dios, algún ser superior o quien fuera, había decidido que Yo debía superar. Entonces, sonreí algo más satisfecho, y me comprometí a enfocarme concienzudamente en borrar de mi mente todo trazo, toda huella, del tembladeral que había experimentado.
Me deslicé dentro de la cama luego de desvestirme silencioso. Envolví, cautivado por una serenidad tan repentina como singular, con mis brazos a Cecilia, que se revolvió somnolienta, pero no despertó. Exhausto como me sentía, ese día no volví a abrir los ojos hasta las primeras horas de la tarde.
La semana que siguió me tuvo, una vez más, en Mendoza trabajando a reloj, sin descanso y ejerciendo una tarea de supervisión y control que no dejaba lugar a la más ínfima distracción. Toda mi actividad se redujo a trabajar, marchar al hotel a darme un baño, mirar algo de televisión y dormir. Apenas si comí, el desayuno y un sandwich que tragaba con desgano por la tarde fueron toda mi dieta durante esos días. No consulté mi correo electrónico personal ni los mensajes de texto en mi celular, el contacto con el mundo de mis afectos se restringió a los llamados a Cecilia y mis hijos por las noches. Estuve a punto de decir sí al ofrecimiento de quedarme allí el fin de semana, cuando recordé el compromiso social que le había prometido a Cecilia cumplir. Regresé entonces a Buenos Aires en el último vuelo de los viernes, casi a medianoche, sorprendentemente exultante y renovado. Cecilia me recibió con los chicos acostados hacía rato, una lasagna increíble, preparada por ella misma, y el Merlot que necesitaba, recién descorchado. Los detalles exactos para la bienvenida que me hacía falta en la que mi mujer no había dejado nada librado al azar. La amé por eso, mucho más que antes. Esa noche hicimos el amor como en nuestros mejores tiempos, bañados por la luz de un par de velas que exhalaban un aroma cítrico exquisito, rozados con suavidad por una ventisca inusualmente tibia para la época, proveniente de la ventana apenas abierta. La piel de su cuerpo, tersa, nacarada, ligeramente untada por una deliciosa mezcla de cremas y lociones, exudaba el perfume que adoro inunde mis conductos respiratorios cuando la exploro minuciosa, lentamente. Llegamos al éxtasis casi juntos, atravesándonos con las miradas, agotados y felices. Se acurrucó, después, a mi lado, mientras yo, en tanto observaba ensimismado las curiosas formas y colores, como de caleidoscopio, que la vista capta en la oscuridad, pensaba en todo el tiempo que, sin que lo haya notado hasta ese preciso momento, había llevado sin masturbarme.

Martín Pérez Cantón y Pía, su mujer, nos recibieron en la puerta de su flamante residencia en un distinguido country de Bella Vista al día siguiente. Martín, adorado primo hermano de Cecilia por parte de su padre, exitoso ingeniero civil de treinta y cinco años, menudo, bastante más bajo que yo, pero muy apuesto, dueño de un cabello rubio a lo Robert Redford, tan pulcramente acicalado y brilloso que aviva, toda vez que nos encontramos, mi ardiente fantasía por despeinarlo sin piedad, me esperaba ya con su mano extendida, su sonrisa de publicidad de pasta dental y su sweater de rombos con el cocodrilo bordado. Tan católico devoto como engreído, petulante y soberbio hasta el tuétano, es el único miembro de la familia con el que debí siempre esforzarme especialmente en tratar cortesmente, cosa que me inquietaba sobremanera y no me permitía comportarme naturalmente a la hora de vernos. La excusa de permanecer en Mendoza hubiese funcionado a la perfección si no hubiésemos recibido la invitación a la inauguración de su nueva casa un mes y medio antes de la fecha, y si, en virtud de ello, Cecilia no me hubiese obligado a prometerle, solemnemente, que no faltaría a la cita bajo ninguna circunstancia.
Pía, escoltando la cálida bienvenida al lado de su marido, no puede representar mejor el arquetipo de mujer que detesto. Delgada hasta la crispación, siempre con ropa de diseñador exclusivo, de lacio cabello castaño con mechones teñidos un tono más claro, que somete a regulares y nerviosos bamboleos es la dueña de un modo de expresarse que oscila entre la complacencia cínica y la ironía desaprobatoria hacia todo lo que se cruce en su camino y no concuerde con su visión del mundo. Defensora a ultranza de un modelo de vida tradicional, religioso y correctamente político, heredero del hecho que señala con una frecuencia rayana en lo físicamente tolerable, los varios años en que estuvieron radicados en los Estados Unidos, Pía me saludó con uno de sus clásicos e impersonales besos, un mero choque de mejillas con chasquido de labios en el aire.
- ¿Qué hacés, Ro? Tanto tiempo... Che, ¿estás más gordito, vos, no?
La miré con el ceño fruncido, y repuse secamente:
- No, todo lo contrario, adelgacé unos cuantos kilos.
- Ahh, sí puede ser, es que vos usás la ropa tan... - me estudió unos segundos. - ...como abuchonada, ¿no?
No le contesté y giré para apartarme de ella. Martín y Cecilia seguían confundidos en un interminable abrazo todavía. Clara y Francisco, en tanto, no dudaron en correr al encuentro de sus hijos, dos niñas y un varón que se habían asomado a la puerta al oir nuestra llegada y que, de tan bonitos y tan bien vestidos como lo están en todo momento, sin importar si la ocasión lo merece o no, parecen salidos de un catálogo de ropa infantil de primera marca.
El nuevo hogar estaba hecho a la exacta medida de sus dueños. La enorme construcción, de dos plantas, seguía el estilo de la arquitectura señorial norteamericana, con grandes ventanales abovedados, bow windows y techo a dos aguas, adornada con profusos canteros de flores y verdes arbustos prolijamente cortados. Una empleada doméstica de uniforme celeste pálido recibió nuestros abrigos en un vestíbulo sumamente acogedor y de allí los anfitriones nos condujeron a la gran sala donde ya unas seis parejas, todas treintañeras, conversaban y bebían animadamente.
- Chicos, se acuerdan, ¿no? - anunció Pía, sonora y divertida. - Cecilia, la prima de Martincho... Mi presentación, menos audible, se perdió en medio de las exclamaciones y saludos que siguieron a nuestra tímida irrupción. Una vez que hubimos saludado, para mi disgusto, uno por uno, a todos los invitados, tomamos lugar, Cecilia sentándose en un amplio sillón de cuero negro, yo en uno de los apoyabrazos, junto a un matrimonio que conocíamos de sus fiestas de cumpleaños y que gozaban de mi escueta simpatía. La comida fue increíble, el tedio me obligó a probar cada bocadito, sushi, empanadita, arrolladito o lo que fuese que me ofrecían, mientras me limitaba a asentir o comentar con débiles interjecciones mis escasas intervenciones en las conversaciones cuyos temas giraban en torno al elevadísimo precio de las propiedades, la dificultad de conseguir un buen hotel en los países del este de Europa, o la cantidad de putas que se veían en casi todos los programas de televisión. Cuando ya había escuchado suficiente me levanté para ir al baño y aproveché también para ir a ver en qué andaban mis, hasta el momento, silenciosos hijos. Los encontré en el cuarto de juegos contiguo a la piscina, sumamente entretenidos junto a los demás niños, por dos jovencitas que, munidas de guitarras y disfrazadas, una de granjera y la otra de pollito, los estaban haciendo bailar y cantar alegremente. Los saludé desde la puerta haciéndoles morisquetas y guiñándoles un ojo, a lo que respondieron circunspectos, agitando los deditos de una mano tímidamente, como si mi atrevida presencia interrumpiera algo sumamente importante. Paseé bordeando los amplios ventanales que daban al increíble jardín trasero antes de volver a mi puesto junto a Cecilia. La animada charla los había unido a todos ahora, en animado debate sobre películas.
- ... excelente, sí, la vi, un flash total! - comentaba Martín a viva voz, mientras me clavaba su mirada cuando me sentaba. - Ah, pero no saben... No saben - remarcó las palabras. - ... lo que me hizo ver esta guacha la otra vez... - señaló a Pía con desdén, ella se encogió de hombros, culposa. - ...Pueden creer que un sábado va y alquila la de los dos maricones, ¿cuál era?... - fingió un olvido poco creíble. - Ah, sí... ¡Secreto en la Montaña, esa cagada!
- Uhhh, no... - exclamaron varios a coro.
- No me digas que la viste... - dijo uno.
- Ni me hagas acordar... no, ¿estás loco? Llegué hasta la parte en que los dos trolos empiezan a darse, ahí la saqué y no la arrojé a la basura porque había que devolverla, que si no...
En el momento en que, moviéndome nervioso, sentía cómo el rubor iba poco a poco invadiendo mi ya turbada expresión, Pía me observó con malicia. Un leve temblor, agorero, vibró bajo mis pies.
- ¡Obvio, no daba para pagar un mango por esa basura! - chilló, con voz aguda, una narigona regordeta sentada frente a Martín. Todos rieron, hasta que Pía sugirió, irónica, mirándome fijamente, regodeándose con la turbación que me había invadido por completo.
- Bueno, che, decían que era buena, yo que iba a a saber que era de cowboys homosexuales! Pero, - dijo, alargando el sonido de la é - ... me parece que Rodrigo sí la vio, y no opina lo mismo que vos, ¿o sí, Ro?
Todos giraron sus cabezas hacia mi, Cecilia lo hizo también, entre intrigada y sorprendida. Mis mejillas se habían encendido hasta llegar a un delator rojo vivo, el rabillo de mi ojo izquierdo midió la distancia entre mi lugar y la ventana mientras mi mente calculaba la energía que necesitaría para lanzarme a través del vidriado como en las películas de acción.
- N...no, no la vi... - mentí.
- Mmmm, no te creo... - repuso burlonamente, agitando su pelo con un mohín pícaro que algunos festejaron.
No fue la alarma en los ojos de Cecilia ni las canallas intenciones de la harpía de la dueña de casa lo que me hizo reaccionar con una violencia que no era mía, sino una fuerza desconocida que repentinamente me dominó por completo, arrojándome a una situación sin vuelta atrás.
- Yo tampoco me creo toda la mierda que vos y tu marido pregonan todo el puto tiempo. - bramé, con voz gruesa. - Y acá estoy... Además, si la hubiese visto, ¿qué?
Se hizo un silencio pesado, del que cualquiera de los presentes hubiese podido cortar un pedazo.
- Rodrigo, calmate, no es para tanto... - quiso intervenir Cecilia, avergonzada.
- Sí, tal cual, por algo será que te ponés así... - murmuró Martín, filoso, llevándose un vaso de whisky a la boca.
Me vi estallar, tomar impulso para arrojarme directo a su cuello y estrangularlo con ganas, pero no lo hice.
- Me ponga como me ponga, haya visto la película o no, no es a vos justamente a quien tengo que dar explicaciones. - afirmé, audaz. Me incorporé, resuelto, y, mirando a Cecilia, le anuncié con dulzura: - Amor, te espero en el auto.
Caminé pesada y ágilmente hacia la puerta de entrada, cuando me detuve en seco. Me volví, dirigiendo un breve vistazo cargado de ira contenida a todos los que me contemplaban boquiabiertos.
- Lamento muchísimo irme... - dije, con voz solemne. - ...sin saber qué carajo les hizo pensar que ustedes son mejores personas que los dos putos de la película.
El pesado portón vibró con un fuerte estruendo cuando se cerró a mis espaldas. Me arrepentí de no haber traído conmigo el trago que había dejado, intacto, sobre la mesa ratona. Necesitaba desesperadamente, ahora, beber algo. Me introduje en el auto, llevé mis dedos a la llave del encendido y entonces reparé que las había dejado en mi abrigo, con el resto de mis cosas. Proferí una rotunda maldición cuando descubrí mi aspecto en el espejo. Los ojos inyectados en sangre, las mejillas y el cuello de un tono cercano al escarlata. Me abochorné. ¿Qué demonios me había propuesto con lo que acababa de hacer y sobre todo, y lo peor, cómo lo arreglaría? Podía imaginar perfectamente los comentarios que siguieron a mi escena, pensé en la situación que había obligado a Cecilia a padecer. Al cabo de unos diez minutos que a mi me parecieron horas, ella salió de la casa, decidida. Se sentó a mi lado sin cerrar la puerta del auto.
- ¿Me podés explicar qué significa toda esta ridiculez, Rodrigo, por favor? - preguntó angustiada.
Solté un generoso suspiro. No sabía qué decirle.
- No tengo nada que explicar, amor...
- No me digas que no tenés nada que explicar... - me interrumpió hablando seriamente - ... Porque tampoco yo te creo. - me miró con ojos grandes, esperando que dijera algo. Permanecí en silencio, sin pestañear ni evitar sus ojos. - Muy bien... No sé qué harás vos, yo vine a pasarlo bien con mi primo y sus amigos. Me vuelvo a la reunión, vos hacé lo que quieras.
Dicho esto, iba a apearse cuando la detuve tomándola del brazo.
- Esperame, voy con vos.

Martín estaba de pie en el vestíbulo, desde donde sin duda había vigilado nuestra breve escena en el auto, sonriente como de costumbre. Me palmeó el hombro con estudiada comprensión cuando pasé delante suyo, lo que me hizo sentir como un niño avergonzado que con la cabeza gacha vuelve a casa después de un absurdo e inútil rapto de rebeldía. Pía y los demás observaban de lejos con impostada compasión. En sus miradas se reflejaba claramente el efecto de lo dicho y hecho por mí, de lo que ya no había manera de cambiar, tal como mi paciente corazón lucía, estoico, los profundos surcos de lo sentido y vivido, de lo que yo me empecinaba en ignorar, de aquello que, hiciera lo que hiciera, tampoco tenía vuelta atrás.
Ya no.
Continúa.

viernes, 10 de agosto de 2007

Nadie te Amará como Yo - Novena parte



Un brindis multitudinario anunció el final de la celebración, muy avanzada la madrugada. Llovieron las promesas de encuentros futuros, de contactos frecuentes, de llamarse, de escribirse. Como en una hermandad de los cuentos que me habían fascinado de pequeño, proclamando un juramento que, ceremonioso, lideró Juanjo Iriarte, cada uno se comprometió, la mano apoyada en el pecho, a conservar intacto el espíritu de esa noche para siempre. Escéptico, convencido, como lo fui siempre, de que nada dura demasiado, juré sólo esperanzado por que el endeble compromiso mantuviera, cuanto menos, el trato con Dardo. Nos confundimos en abrazos y besos interminables, con repetidas promesas y expresiones de buenos deseos. Evité saludar a Dardo allí, toda vez que lo sentí cerca, esperando hacerlo de manera especial, lejos de los demás, buscando el momento. A propósito, actué como si su presencia me fuera completamente desapercibida, enfrascado en las últimas palabras de rigor con todo el mundo, cuando la realidad era que un escalofrío me apresaba cada vez que, desesperanzado, pensaba en lo que seguiría.
Ya fuera del colegio, la escena se repitió, en muchos con lágrimas sinceras asomando a los ojos. El gentío hizo que perdiera de vista a unos cuantos, y me estaba despidiendo de Mariana y Juanjo cuando Dardo desapareció por entre la marea humana. No sé qué me dijeron, yo no escuchaba, tan sólo veía sus labios moverse, en mi afán por ubicarlo por encima de sus hombros. Juanjo dió vuelta y salió disparado hacia su coche, Marianita fue interceptada por Marcela para enfrascarse en la anotación de sus respectivas direcciones y teléfonos y a mi no me quedó ya a quién saludar. Con cara desencajada permanecí unos minutos más escudriñando la oscuridad más allá de la muchedumbre, pero no había rastros de Dardo. Maldije y puteé mi formidable desempeño actoral por lo bajo, y los ojos se me humedecieron expresando, decididos, toda mi furia y desesperanza contenidas. Me encaminé hacia el auto lentamente, girando cada tanto. Me había alejado una cuadra cuando oí pasos agitados acercándose a mis espaldas. Atisbé con ilusión por sobre mi hombro. Era Mariana, alcanzándome, hecha una tromba.
- ¡Rodri, bolas, siempre escapándote vos! - me espetó, sin aliento. - ...me quedé porque con Marce todavía no nos habíamos dado las direcciones de mails... ¡Ah, ahí está mi auto!
Mi cara demostraba a las claras que no era ella a quien esperaba encontrar, pero no se dió cuenta.
- Me llamás, no es cierto, ¿guachito lindo? - me pidió tiernamente.
- Prometido, hermosa. - Le besé la frente y me marché agitando mi mano.
Arranqué el motor sin despegar los ojos del espejo retrovisor, rogando por que, como en las películas, apareciese reflejada la figura de Dardo corriendo desesperado hacia mi. Todo lo que se veía era una calle arbolada en penumbras. Me lo merecía, por mi inacción y mis constantes vacilaciones. ¿Por qué no había hecho nada teniéndolo allí, al alcance de mi mano? ¿Por qué diablos no lo había tomado de las mangas del abrigo y traído conmigo? ¿Por qué no tuve pelotas, por qué fui tan cobarde? Hundí mi cabeza en el volante maldiciéndome entre dientes.
- Marica, marica pelotudo, eso es lo que sos, Rodrigo puto Leiva, ¡cagón hijo de puta! - grité desaforado, babeándome todo.
Juanjo. Me calmé súbitamente, abriendo grande los ojos. Juanjo tenía sus datos. Ya está, le escribía y todo arreglado. Le escribía, sí, seguro. ¿Le escribía qué?... "Perdón, Dardito, por seguir comportándome como una basura todavía, por apartarme de tu abrazo concilidador como si me hubieses querido dar un mazazo, por huir de vos toda la noche, por no poder mover mi maldita lengua para decirte algo que te demuestre quién sos para mi..." Ese pensamiento me hizo detenerme en seco. ¿Quien era Dardo Davese para mi? Por cómo me había comportado, nadie que me importara tanto, si lo único que había hecho en toda la noche fue evitarlo. Ahora, que percibía su ausencia como una sombra que había, de repente, oscurecido mi vida, me daba cuenta. Recién ahora. Si nada de todo esto hubiera ocurrido, jamás me habría dado cuenta, ¿o sí? ¿En qué diablos había estado distraído? Tragué saliva con culpa. ¿Distraído? La familia que logré formar no era ninguna distracción, sino lo que más había ansiado en la vida. ¿Estaba seguro? Si era de ese modo, ¿qué hacía allí lamentándome, arrepentido de mi falta de agallas, de mi exagerado sentido de autoprotección, de mi ceguera, de mi homofobia? Una voz resonó dentro mío, como efecto de un eco lejano. ¿Y tu deseo, Rodrigo? ¿Qué pasa con tu deseo? Una ráfaga de viento depositó un manto de hojas secas sobre el parabrisas, y otra más, segundos después, barrió con ellas. Las contemplé, absorto, y algo en mi mente unió ese hecho casual con mis pensamientos. Ráfagas, las oportunidades eran eso si no se las aprovechaba a tiempo. Los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez en el instante en que los faros de un auto que se aproximaba a mis espaldas quebraron la negrura que me rodeaba. Se detuvo con un rechinar de los frenos cuando pasó a mi lado. La puerta del lado derecho se abrió con vigor, chocando contra el coche que estaba estacionado. Lo reconocí en ese momento, era el auto de Mariana. Dardo se apeó, enfocó su mirada hacia mi sitio al volante unos segundos, se inclinó hacia el interior del auto y justo cuando me secaba la cara con desesperación y soplaba mis mocos con el pedazo de trapo que uso para desempañar los vidrios ya lo tenía parado junto a la puerta de mi coche. Abrió la puerta con suavidad, se dejó caer pesadamente sobre el asiento y me escrutó con ojos graves.
- Te busqué entre el tumulto, y ya te habías ido... - me reprendió, algo agitado. - ...tuve suerte de ver a Marianita en el momento en que salía en su auto. - hizo una pausa, en la que yo volví a extraviar mi mirada más allá del vidrio, y enseguida lanzó: - Rodri... Rodri, mirame... o, al menos, escuchame bien. ¿Me vas a perdonar de una vez? - su voz expresaba una dulce súplica.
Tragué ruidosamente, luchando con el vacío que de pronto ocupaba la mitad de mi ser, y sin girar la cabeza, inquirí :
- ¿Perdonar?... - no entendí a qué se refería.
Me observó fijamente, luego divertido, reprimiendo una sonrisa. - Vamos a otro lado, ¿dale? - sugirió, palmeándome la pierna.


Obedecí en silencio. Conduje sin rumbo, expectante de sus palabras, pero no dijo nada en tanto nos alejábamos del colegio. No podía pensar en ningún lugar lógico ni coherente, así que enfilé hacia un lugar que adoro, sobre la costa del río, a donde solemos ir con Cecilia y los chicos. Un manto de vaporosas franjas anaranjadas surcadas por otras color lavanda intenso cubría un cielo diáfano y frío. Tímidos rayos de sol ya despuntaban en el horizonte. Una garza solitaria planeó dejándose caer entre los juncos. El río parecía un espejo de un azul gélido. Frené y apagué el motor. Hacía frío y mis manos temblaban, pero ya sabía bien que no era por la baja temperatura. Reprimiendo la risa me alcanzó un puñado de pañuelitos de papel.
- Tomá, ¿qué te hiciste en la cara?
Intrigado, me contemplé en el espejo del parasol. Un tizne negro me atravesaba de oreja a oreja, tanto horizontal como verticalmente. Parecía listo para hacer de negrito en un acto escolar. El trapo de mierda, pensé, ruborizándome con furia. ¿Qué habría limpiado con él?
- Rodri, no cambiás más vos, viejito...
Lo atisbé por el rabillo del ojo, con una mueca de fastidio. Entonces recordé, había repasado la carrocería antes de salir de casa. Qué imbécil.
- ¡Por Dios, Rodrigo, veinte años han pasado! - levantó la voz. - ¡Veinte malditos años! ¡Aflojá un poco, por favor! Eramos dos pendejos que no sabíamos lo que hacíamos... ¡Jamás hubiese pensado que te fuese a afectar tanto!
Enfrascado en borrar la mugre que cubría mi rostro, no solté palabra, a sabiendas de que había algo en nuestra historia que yo ignoraba, que moría por saber y que me estaba por ser revelado.
- Te pido por favor, por favor, que me perdones... yo no tuve nada, absolutamente nada que ver... - su voz se quebró, o eso me pareció, y entonces, luego de un silencio breve, que, terco, me obstinaba en no quebrar, me armé de coraje y volteé hacia él.
- ¿Que te perdone... que te perdone qué? - le espeté, ansioso por su explicación. Opté por seguir con la puesta en escena en la que era yo la inesperada víctima de alguna falta que estaba por descubrir. Hubiese sido estúpido confesarle ahora que era justamente al revés, que él era quien debía perdonar mi cobarde desdén y mi repugnante desprecio, habiendo actuado como lo había hecho hasta allí.
- Fue mi vieja la que llamó a la tuya, yo, te repito, no tuve nada que ver... Jamás en la vida hubiese dicho una palabra de algo así... Y ella lo hizo a pesar de que le juré y le perjuré que había sido yo quien te había tentado contándote mis fantasías...
Al escucharlo mi corazón se revolvió, agitado ahora menos por el miedo que por la sorpresa. Palpitaciones sordas, acompasadas, golpearon mi pecho y aceleraron mi respiración. Tuve la extraña sensación de sentir mi mente alejarse para encogerse vertiginosamente, a la manera de las lentes zoom cuando se alejan de un objeto, sumergiéndome en una especie de conmoción que me atontó, privándome de mis sentidos más elementales, de mi capacidad de reacción. La voz dentro mío, la que renació gracias a que algo o alguien, como si hubiese frotado una lámpara mágica de la que asoma un genio, la había dotado de vida poco tiempo atrás, se ocupó entonces de hilvanar y comprender las fatales palabras que iban reconstruyendo un episodio del pasado, veía ahora, lleno de malentendidos. Su madre. Ella. Claro, no podía haber sido de otra manera.
- Pero, ¿cómo... - pude decir, con voz aguda. - ... cómo supo? Nosotros no... - cavilé, pronunciando lentamente cada sílaba.
- Mis viejos, los dos, siempre supieron, siempre... - lo dijo con un dejo de triste resignación. - ... el día aquel, en la quinta, ¿te acordás?... vos... - carraspeó. - ...o yo, ya no recuerdo, en el apuro por escondernos y hacer como que nada había ocurrido, tuvimos un descuido... que mi viejo, zorro él, descubrió. Un calzoncillo, que apestaba a olor a semen cuando lo recogió del piso y lo llevó a la nariz. No me dijo nada en ese momento, simplemente me miró. En sus ojos fríos, despiadados, como de estatua, te aseguro, Rodri, vi reflejadas toda la vergüenza y la condena que yacían, luego me di cuenta, muy en el fondo de mi alma, tapadas por mi supuesta irreverencia... Recuerdo que, así y todo, aterrorizado y expuesto hasta la desnudez como me sentía, lo taladré desafiante, orgulloso de mi travesura. - giró la cabeza hacia el amanecer. Sus pupilas se volvieron acuosas, la piel de su rostro se encendió con el naranja del sol. Los rasgos afilados se acentuaron, la barba adquirió un tono rubio cobrizo. - Le contó todo a mi vieja, indignado, humillado, decepcionado... esas sus palabras literales según me contó ella, claro... y entre los dos decidieron tendernos una emboscada, o algo por el estilo, porque si no, se me hace imposible entenderlos, el fin de semana siguiente, no sé si te acordás, cuando no nos perdieron pisada, todo el tiempo atrás nuestro... y acampamos a orillas del río, y yo, tan... tan pelotudo al creerme tan pícaro, tan astuto, tan dueño del mundo, te arrastré así al fin de nuestra amistad... - tragó saliva, nerviosamente. - ... nuestra linda amistad.
Caprichosa, y respondiendo a su propia lógica, mi mente se comportó como aquel coche metálico y helado de una vuelta al mundo en un parque de diversiones en Rosario que giraba, enloquecido, sobre su eje, conmigo dentro a mis diez años, aterrado e inmóvil. Con la fuerza de un remolino de giros elípticos, los recuerdos de la quinta de Escobar regresaron para irrumpir vívidos y brutales, encimándose, ávidos por completar el ensamblaje de un interrogante que yo había conservado enmudecido e intacto pero reforzado por un letargo de veinte largos años. Recordé, entonces, mi tierno entusiasmo en el baño de la casa mientras limpiaba las huellas de mi primer encuentro sexual, la voz apagada del papá de Dardo y el prolongado silencio que siguió, las pisadas intimidantes y la puteada, clara, cortante, amenazadora, justo frente a la puerta detrás de la cual yo me aseaba, inconsciente y ajeno. La mirada turbada de Dardo cuando volví a su cuarto, el silencio incómodo y pesado de la merienda con medialunas y café con leche, la acostumbrada severidad de sus padres hacia mi, mi recién estrenada ilusión y mi ceguera protectora, después.
Paralizado como estaba, logré mover mis labios y musitar: - Tu vieja me acusó a mi, ¿no? Fue así, ¿verdad?
- Sí. Llamó a tu papá... y se lo contó.
- ¿Y... qué le dijo, exactamente? - no estaba seguro de querer saberlo, pero necesitaba descifrar un enigma de años.
Dardo tomó una gran bocanada de aire, la retuvo para luego suspirar con gesto cansado. - Le contó que vos... - hundió la cabeza entre sus hombros, su voz se hizo apenas audible - ...que vos habías intentado... propasarte sexualmente conmigo, y ... le... le ordenaron que tomara medidas para que ellos no te viesen nunca... nunca más a mi lado.
Imaginé las palabras que Dardo había censurado deliberadamente, y que no dudaba que su madre había utilizado con toda la saña de la que era capaz, con el padre junto a ella aprobando y agregando más. Y mi viejo escuchando, pétreo, incólume, las andanzas del putito de su hijo que andaba queriendo cogerse al amiguito. Me pregunté qué les habría contestado, si me había defendido, o, sin rodeos, impidiendo que siguieran mancillándome, lo había negado todo, indignado por que alguien hubiese puesto en duda mi hombría, colgando el tubo con rudeza. Decidí que lo más probable haya sido que, exagerando la discreción y el trato correcto hacia los demás hasta el fastidio, como era su costumbre, sencillamente les había permitido que terminaran con lo que tenían para decirle, para luego disculparse, y, entonces, en aras del honor y el buen nombre de la familia, armar la versión más decorosa posible que explicara oficialmente, en caso de que hubiese que hacerlo, el acontecimiento en cuestión. Para ambas familias, para los dos bandos en pugna, el culpable había sido, todo el tiempo, y sin que cabiera duda alguna, el otro. Con eso todo volvía a la normalidad, y de esa forma, el problema, si es que en definitiva existía, al fin y al cabo, quedaba fuera y con ello, la solución aparecía tan naturalmente como el sol cada mañana. Un sabor acre me asedió, trayendo consigo la amargura de mis lágrimas en esa tarde en la cocina después de hablar con mi padre, la tristeza de aquel verano eterno, pleno de angustias, de amor propio vapuleado y vacío, de constantes miedos y de una convicción menguada pero impiadosa de que a partir de entonces una parte de mi debería morir sin lamento alguno. Recordé también, con odio inusitado, el asfixiante control de mi padre sobre mis costumbres, ademanes y relaciones, los obligados domingos de pesca o fútbol a su lado con o sin mis hermanos, su insistencia encarnada en discursos tan mortificantes como repetidos e iguales porque me armase de una vida digna casándome y formando una familia, su crítica intimidante hacia todo lo que pusiese en tela de juicio el modelo de vida machista y cristiano y su único gesto de cariño en una década, cuando me abrazó dándome fuertes palmadas al anunciarle que me casaba con Cecilia.

Contuve un sollozo de autocompasión tragando esos retazos de mi memoria con dolor y dirigiendo mi vista hacia un barco de carga que navegaba, lento, a varios kilómetros de la costa. Cerré mis puños con fuerza reprimiendo un profundo desprecio hacia los padres de Dardo, y un creciente rencor hacia mi viejo.
- Rodri, perdoname... Puedo ver que va a ser difícil reparar el daño que te hicimos, pero quiero que sepas que tu perdón es el único motivo que me trajo hasta aquí. - me miraba suplicante. - El único, te lo aseguro.
Me mordí el labio inferior intentando disimular el temblor que comenzaba a dominar cada músculo de mi rostro. En lugar de romper a llorar, como me indicaban mis sentidos, perdí los estribos, arruinando los desesperados intentos de mi voz interior por olvidar y perdonar.
- Cuando pudiste haber hecho algo, no lo hiciste... - dije con voz ausente y fría. - ... te importé una mierda, vos me condenaste igual... o peor que tus viejos. - inspiré y, al cabo de unos segundos, dije - Bajate, Dardo.
- No, Rodri, no es así... no seas boludo, te lo ruego, de corazón...
- ¡Que te bajes, carajo! - grité, empapando de saliva el volante. - ¡Ahora!
- Rodrigo, por favor, escuch...
- ¡Bajate, puto de mierda, bajate de mi auto ya! - le espeté, estrellando mis puños contra el tablero, escupiéndole mi injusta ira con toda la violencia de la que fui capaz.
Pude experimentar la pena y el daño que mi desmedido insulto le causaron sin mirarlo siquiera. En un tono resignado y de profunda congoja, por último, me dijo:
- Sí, me bajo. Pero quiero que sepas que en todos estos años jamás... escuchame bien... - me apuntó con su dedo índice - Jamás dejé de pensar en vos, Rodri. Jamás.
Ya no podía soportar oírle decir más nada. En un hilo de voz le repetí: - Por favor, Dardo, bajate de una vez.
Lo hizo y yo aceleré en reversa. El auto se sacudió levantando una débil nube de tierra. Me alejé de Dardo contemplando en el espejo retrovisor cómo su silueta queda, su rostro desconcertado, sus cabellos agitados por el viento se empequeñecían velozmente.


Copiosas lágrimas, como un río de innumerables afluentes bañaron mis mejillas, mi cuello, mi alma en carne viva.
Continúa.

viernes, 27 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Octava parte




El enorme edificio del colegio ocupa gran parte de una manzana en la zona norte de la ciudad, a diez calles del río. Llevaba bastante tiempo sin pasar por allí, pero cada vez que lo hacía me producía una sensación semejante a lo que una vez leí llaman déjà vu. Advertí que los frentes habían sido remodelados y se había agregado un ala lateral que conservó bastante bien el estilo de la construcción original. Las sombras que proyectaban los frondosos árboles sobre los recovecos de su arquitectura neogótica la hacían parecer algo fantasmal, tal como se me antojaba en los primeros años de la escuela primaria. Recordé mi primer grado, cuando todo me atemorizaba y el colegio era para mi un castillo embrujado lleno de seres siniestros. Los recuerdos fueron sucediéndose dentro de mi mente alborotada.
La calle estaba atestada de coches detenidos y gran cantidad de gente se arremolinaba en torno a la entrada. Era una noche fresca, surcada por ráfagas que llegaban desde el río. Tardé en encontrar un lugar donde dejar el auto, lo conseguí finalmente a tres cuadras de la escuela.
Sudé al desandar el camino y el viento se empecinó en jugar con mi pelo atestado de gel. Me detuve a arreglarlo mirándome en la ventanilla de un auto estacionado. Sonreí contemplando mi tenue reflejo. Mis cabellos siempre arremolinados, la gran obsesión de todos aquellos años. Consultaba toda superficie que reflejara mi imagen antes entrar a clase, cada coche, cada vidriera, cada charco de agua. Un mechón fuera de lugar significaba el insoportable escarnio de mis compañeros y la perdición para mi, pero más esto último. Meneé la cabeza, mordiéndome el labio inferior, incrédulo ante mis preocupaciones de aquella época. Alguien me hacía señas desde la vereda opuesta y me paré en seco. Una mujer cruzó a grandes zancadas, sacudiendo sus brazos y lanzando un chillido agudo.
- ¡Rooo, qué alegría! - gritó mientras se trepaba de mi. - ¿Cómo estás? - me estampó un beso sonoro y se apartó para observarme. - ¡Ah, pero no tenés derecho vos! ¡No cambiaste nada!!
La estudié, mientras mi memoria fingía identificarla. Sus mejillas brillaban y sus labios esbozaban una sonrisa desaprobadora. Entorné los ojos en señal de confusión.
- ¡Entiendo que esté oscuro, y... - se aclaró la garganta - ... yo, un poquito cambiada, pero tampoco es para tanto! - me gritó, entre divertida e indignada - ¡Ro, bolas, soy Mariana!
- ¡Marianita! - reí. - ¿Cómo no voy a recordarte? - La abracé con fuerza.
- ¡Pelotudo, me lo creí! - me golpeó cariñosamente. - No te imaginás cuánta alegría me da verte...
Mi última novia del secundario lucía muy distinta. Había cortado su cabello, que ahora era de un rubio ceniciento, y su cara se había hinchado un poco en las mejillas y debajo de la barbilla. Su voz y su frescura, comprobé en seguida, las conservaba inalteradas. Resultó curioso para mi naturaleza acostumbrada a poner distancias que se comportase como si el tiempo no hubiese pasado, expresándose con confianza cómplice, por momentos burlona. Rodeándola con mi brazo, caminamos pegados hasta el colegio, mientras ella hablaba profiriendo chillidos ansiosos. Me contó que había estado años fuera del país con su marido e hijos, y recién en los últimos cinco había echado raíces.
- ... así que vos te casaste, finalmente, guacho! ¡No me digas que con Marcela porque te mato!
- No, nada que ver... - me hacía reir con sus comentarios. - Se llama Cecilia, nos conocimos trabajando y...
- ¡Ah, miralo vos al señor! ¡De picaflor de la clase a donjuan de oficinas! - exclamó. - Bueno, yo no puedo hablar mucho... Sabés, a mi...
No pudo terminar la frase, al aproximarnos a la entrada del colegio Juanjo surgió de entre la multitud que se agolpaba con sus brazos abiertos. Me dio un fuerte apretón de manos mientras nos estudiábamos sonrientes. Me chocó un poco ver en él ya los signos de madurez. En los tres o cuatro años que habían pasado sin vernos había perdido mucho de su otrora abundante cabellera, y su cuello y abdomen lucían abultados.
- ¡Rodrigo Leiva, carajo! - Me abrazó con fuerza, balanceándome con afecto. - ¿Cómo andás? - me susurró palmeándome la cara - Se te ve bien, viejito...
- No sabés las ganas que tenía de verte... de verlos. - Carraspée, luego solté una carcajada y entonces Juanjo dio la vuelta para encontrar a Mariana teatralizando su impaciencia con los brazos apoyados en su cadera, resoplando airadamente.
- ¡Claaaro, los señores hablen, que total yo estoy de adorno acá! - espetó.
Al oir nuestras risas pronto otros se nos unieron, y la vereda se pobló de exclamaciones y alaridos, carcajadas y aullidos. Pronto éramos alrededor de veinte personas hablando al unísono, joviales y nostálgicas. Salvo algunas excepciones, la mayoría había cambiado significativamente. A algunos compañeros me fue difícil reconocerlos, de otros su cara me resultó familiar al instante, no así su nombre. Juanjo en algún momento pudo relatar las peripecias de lo que fue una búsqueda de meses hasta dar con el paradero de algunos. Casi todos los asistentes nos habíamos visto diez años atrás, en la primera celebración, pero durante ese lapso, muchos se habían mudado sin dejar rastro. Como ocurre siempre.
Alguien se acercó para invitarnos a pasar al salón de actos donde se daría inauguración al evento. Allí nos dirigimos, sin dejar de hablar como loros, en una larga fila conformada también por ex compañeros de las otras divisiones del año 86.
Hubo un discurso inicial del actual director y de dos profesores, de los que yo no conservaba casi registro. Aproveché ese momento para mirar en derredor. Juanjo esperaba su turno en una fila frente a mi para decir también unas palabras en nombre de nuestra división. A su lado estaba Lalo Cárdenas con su mujer, Virginia Laurenzi, la única, de las tantas parejas que se formaron en esos años, que había formalizado y seguía unida, y, en seguida, Raúl Storm, el pintón de la clase. Más atrás, Fer Márquez, Marcela Auregui, mi primera novia, guiñándome un ojo, las chismosas eternas de Lucía Pintos y Paulita Segredo cuchicheando y conteniendo la risa, Tolo Benítez, el tragalibros de la clase, Marcelo, Luis y Alfredo, el trío inseparable, y justo en ese punto mi reconocimiento se interrumpió cuando un mínimo tumulto a espaldas de Juanjo atrajo mi atención hacia donde él estaba ubicado. Varios de los que se encontraban rodeando a Juanjo también voltearon sus cabezas hacia alguien de cabello atado en una colita. Intrigado, seguí con la mirada fija en el grupo, que se abrazaba y sonreía, hasta que Juanjo me señaló con el dedo, Lalo y Raúl se hicieron a un lado y entonces mi corazón dio un salto. Un par de ojos color miel que reconocí de inmediato me taladraron a través de un par de gafas pequeñas, mientras su dueño levantaba su mano, saludándome con timidez. Tardé en reaccionar, y cuando lo hice comencé a transpirar y la garganta se me anudó impidiéndome el paso de aire. Mi corazón latía como queriendo salirse del pecho. Esbocé una mueca que quiso ser una sonrisa, pero una oleada de ira hacia Juanjo me lo impidió. ¿Por qué no me había avisado?
Uñas filosas se clavaron en mi brazo izquierdo, y acto seguido Marianita, excitadísima, me susurró al oído:
- ¡Ro, mirá quién vino! ¡Dardo! ¡Dardo Davese, qué increíble!, ¿no? ¡También está hecho un pendejo el hijo de perra!
Yo apenas podía mover los labios. Era verdad, casi no había modificado su aspecto, salvo por el pelo largo. Volví a menear la cabeza asintiendo.
- Este Juanjo es de película... ¿Cómo habrá hecho para localizarlo? Hacía años que nadie sabía de él...
Carraspée nerviosamente, y pude decir: - ¿Ah, no?
- No. Se había borrado totalmente... - volvió a tomarme del brazo - Che, pero qué genial, ¿no te parece? Ahora sí que estamos todos... aunque Dardito no haya egresado de acá, qué importa? Hizo con nosotros toooodos los años anteriores... - y con misterio agregó - Yo jamás entendí por qué cambió de colegio, faltando un año nada má...
Alguien a nuestras espaldas espetó un cortante "Shh", Marianita miró de reojo como para decir algo pero calló. Volvimos a concentramos en los discursos. Juanjo tomó la palabra.
La rabia había dejado ahora su lugar a la culpa. ¿Cómo lo enfrentaría, qué le diría?... "¿Perdoname, Dardo, por tirar por la borda todos nuestros hermosos años de amistad, pero me cagué todo cuando mi viejo me prohibió tener de amigo a un marica?" Para luego agregar, conciliador, "Y fijate qué gracioso, porque, al final, el más marica resulté siendo yo. ¿Me perdonás?" Me merecía un buen gancho de derecha por haber actuado con tan poca hombría, y todo su rencor por haberlo negado como lo hice. Me estremecí, inquieto.
Por el rabillo del ojo atisbé nuevamente hacia donde estaba parado Dardo. Parte de su perfil era lo único visible. Marianita se quedaba corta con su apreciación, no había cambiado prácticamente nada en veinte años. El cabello, sin canas, le caía en mechones desordenados sobre la cara. Lucía una barba crecida, pero de contornos prolijamente delineados, y la piel de su cara se veía bronceada. La señal del paso del tiempo parecía sólo estar representada por los anteojos de marco negro que llevaba. Con la velocidad de un ave de rapiña desvié la mirada al verlo girar. Algo como un suspiro o un espasmo de congoja me sacudió con fuerza, haciéndome tambalear levemente.
- Ro, ¿qué pasa? ¿Estás bien? - inquirió Mariana, preocupada.
- Sí, creo... está algo viciado el ambiente, voy afuera a tomar un poco de aire.
- ¿ Te acompaño? - me miraba ansiosa.
Negué con la cabeza, le sonreí y me abrí paso entre la muchedumbre. Cuando llegué al patio interno me di cuenta de que respiraba entrecortadamente. El aire limpio alivió en algo mi estado pero me hizo estremecer, la temperatura había descendido notoriamente ahora. Un ruido seco me asustó, obligándome a levantar la vista. La bandera flameaba con fuerza en lo alto del mástil, iluminada por dos reflectores que emitían una fuerte luz blanca. Pasée la mirada por los balcones que rodeaban el patio con impaciencia, asaltado por pensamientos que giraban en mi cabeza como burbujas de agua en ebullición. ¿Qué carajo me pasaba? Mis emociones se empeñaban en manifestarse libres, decidiendo expresarse espontáneamente, y eso estaba bien, pero no entendía por qué necesitaban hacerlo todas a la vez, y a la vista de todo el mundo. Necesitaba beber algo fuerte. Di media vuelta resuelto a conseguirlo. Dardo estaba parado bajo la arcada de la entrada, observándome fijamente, sus labios unidos en una mueca parecida a una semisonrisa. Me sobresalté, boquiabierto. Lo pude ver bien ahora. La luz del patio resaltaba los rasgos de su cara angulosa y, la barba, el pelo lloviéndole sobre la frente y las pequeñas gafas le daban un aire de científico salido de un documental de National Geographic. Completaban el efecto un sweater de cuello de tortuga gris muy gastado, con dibujos incaicos, pantalones cargo color chocolate dos talles más grande y borceguíes que hacía tiempo no lustraba.
- Hola Rodri. - me dijo suavemente, con gesto serio.
Tragué ruidosamente antes de poder corresponderle. - Dardo... - hice una pausa y agregué - ¿Qué tal? - Me detesté. No era mi voz habitual la que le hablaba. Me ruboricé.
El asintió con lentitud. Me estudió con detenimiento y dijo, por fin: - Se te ve bien.
- Gracias. A vos también. - Fui incapaz de sostener la mirada. No supe qué diablos agregar. Finalmente, él volvió a quebrar el silencio.
- Ha pasado mucho tiempo desde aquel año. - dijo, dubitativo.
Afirmé con la cabeza. Quise comenzar a disculparme pero mis labios temblaron y se me humedecieron los ojos. Incliné la vista para que no reparara en ello.
- ¡Estás tiritando! Vení, vamos para adentro. - Avanzó hacia mi con la intención de rodearme con su brazo, pero me aparté bruscamente. No sé por qué actué de esa forma tan brutal. Me limité a salir sin apartar mis ojos del piso, reprimiendo un escalofrío. Su presencia me había conmovido, pero no podía demostrárselo. La desilusión, lo sabía, me mataría. Odié mi actuada indiferencia, mi falta de seguridad y mis constantes temores. Mariana nos interceptó cuando ingresábamos en el ancho pasillo.
- ¡Ah, ahí están ustedes dos! - nos retó.- ¡Dardito!¿Cómo andás, lindoooo? - Se tiró sobre él abrazándolo con ternura y estampándole un beso sonoro en los labios. - ¡Tantos años, picarón! ¿Dónde te habías escondido? - Le estrujó con fuerza la mejilla y luego se dirigió a mi. - Ro, ¿cómo te sentís?
- Ya estoy mejor, gracias, Mariana. - pude contestarle. Dardo no sacaba sus ojos de mi, con gesto perplejo.
- Genial, entonces, porque ya pasamos al ágape. ¿Vamos, mis soles? - anunció y nos tomó del brazo, ubicándose en el medio de los dos, como en las viejas épocas, y sin darse cuenta de nada, afortunadamente.
Marianita, Dardo y yo conformábamos el segundo trío inseparable de la división. No hubo cosa que no hiciéramos juntos en los alegres días del secundario. Ella supo ser el contrapeso que equilibraba nuestra pegajosa relación y la confidente de nuestras quejas hacia el otro. Después que Dardo cambió de escuela, gracias a mi perseverante insistencia, nos pusimos de novios. Ella había sido su novia el año anterior, y sentía que, si aceptaba, salir conmigo sería una traición. Yo sólo deseaba lo que no me atrevía ni a confesar para mis adentros: besar los únicos labios que Dardo había besado, además de los míos. No se me ocurrió mejor forma de aferrame a él, de mitigar el espantoso peso de su ausencia. Marianita, ajena completamente a nuestra verdad, pensó que la partida de Dardo me había dejado vía libre para poder, finalmente, estar con ella.
Debo decir que aceptó ser mi novia a regañadientes. Jamás consiguió ver en mi otro más que el amigo que siempre había sido, así que la relación no duró más que dos cuatrimestres.
Una muchedumbre colmaba el bullicioso salón contiguo al de actos. Una larga mesa ocupaba el centro atiborrada de vasos, platos con comida y jarras con jugos y refrescos. Mariana se separó de nosotros abruptamente para zambullirse sobre la enorme pila de sandwichs. Dardo y yo nos servimos un vaso de Seven Up que nos invitó un mozo. Lo vacié de un solo trago. El gas se acumuló en mi garganta obligándome a toser convulsivamente. Enrojecí y los ojos se me llenaron de lágrimas. Dardo me palmeó la espalda, sin dejar de estudiarme, turbado. Respiré hondo y aclaré mi garganta. Me llevó unos minutos calmarme. Tolo Benítez se nos unió justo en el momento en que había elegido comenzar a hablar. Detrás aparecieron Lucía, Paulita y Raúl riendo cómplices. Los maldije por dentro. Marianita regresó exhibiendo un plato lleno de comida y, en tono de broma, dió un empellón a Raúl, que salpicó algunas gotas de su bebida sobre Tolo. Rieron con ganas, y, al ver a Dardo hacerlo, me forcé yo también. Atrapé un trago de una bandeja que pasó a mi lado. Marianita abrió el fuego, interrogándolo filosa y suspicaz.
- Bueno, misterioso, ¿nos vas a contar en qué has andado todo este tiempo de una vez?
Dardo sonrió, como era su costumbre, mostrando sus dientes grandes y muy blancos. - Digamos que he andado por ahí... Veamos. - repasó mentalmente y prosiguió - Estudié ingeniería hasta que me di cuenta de que no era lo mío, casi comenzando el cuarto año... después decidí viajar un poco. Me quedé unos años en Costa Rica, recalé en Perú un tiempo más y cuando regresé al país ya sabía lo que quería: - se detuvo unos segundos, disfrutando de nuestra expectativa. - Ser guardaparques. Así es que estudié, me recibí, y, desde entonces, mi trabajo me ha tenido andando de una punta a otra del país. Sólo vuelvo, muy de vez en cuando, para ver a mis viejos. - Hizo otra pausa. Mariana lo miraba sin pestañear, interrogadora. - Y en todo este tiempo no ha habido matrimonios, ni hijos, ni nada... lo siento. - agregó, dirigiéndose a ella, al tiempo que se encogía de hombros.
Una tenue sensación de júbilo me entusiasmó y serenó lo que palpitaba dentro mío con invasiva ansiedad. Dardo no se había casado. Dardo NO se había casado.
- Matrimonio puede que no, pero alguien siempre hay, ¿o no? Los parques esos deben ser muy solitarios... - inquirió, sugerente, Paulita Segredo.
Dardo se limitó a sonreirle, enigmático. Pensé en Pablo y mi ánimo se nubló, angustiándome. Llevé el vaso a la boca para ocultar mi gesto descorazonado. Mi teléfono celular sonó, y todos me miraron. Lo había hecho antes y no le había prestado atención, así que ahora me aparté del grupo para atender el llamado. El encargado de proyecto me anunciaba, con voz seria, que habían surgido complicaciones en la última fase del desarrollo, así que debería volver a Mendoza a hacer los ajustes necesarios cuanto antes. Me volvería a llamar cuando tuvieran mi billete de avión listo. Corté la comunicación muy molesto con la noticia. Miré el reloj. Puteé por lo bajo.
- ¿Problemas? - preguntó Tolo al ver mi cara. Dardo me miraba desde un poco más allá.
- Sí... ¡no!... - dudé.- ...algo del trabajo, nada grave. - balbuceé, resoplando.
Hizo un gesto comprensivo y se volvió hacia el grupo, que conversaba a grito pelado. Recordaban anécdotas, bromas de todo tipo, travesuras y personas de nuestros tiempos jóvenes y felices. Se interrumpían constantemente, corrigiéndose o desmintiéndose, y cada acotación traía renovados chillidos y carcajadas. Ellos rieron hasta las lágrimas, yo sólo tenía capacidad para sonreír. El resto de los integrantes de aquel lejano quinto año B no tardó en unírsenos, para intervenir con frenesí adolescente. Yo, estúpidamente distante, parecía el pájaro de mal agüero observando la jovial escena desde su puesto en lo alto. Lúgubre, así era mi sentir, y, muy para mi pesar, no pude hacer nada para evitarlo.

Lalo Cárdenas se encargó de retratar nuestra unión disparando su minúscula camarita a mansalva. Para la fotografía grupal, en medio del caos que la propuesta generó, Dardo se apresuró a ubicarse pegado a mi. Segundos antes del fogonazo del flash me rodeó con su brazo.
Ese brevísimo instante, que el cosmos jamás registró, fue para mi un mundo conquistado, la ansiada condonación de la imperdonable falta cometida en mi juventud. Logró hacerme sonreir naturalmente y, con ello, disipar mi aflicción.
Pude entonces, ahora sí, disfrutar de los últimos momentos de la particular celebración.
Continúa.

lunes, 23 de julio de 2007

Un Hada Vaquera cumple años


Una voz cristalina, dulce, amigable desde el primer saludo a través de la línea telefónica.
Un caudal de palabras que se atoraban al querer salir todas juntas de la boca.
Risas, coincidencias y el mundo alrededor que se había desvanecido en ese primer largo rato de charla.




No podía haber sido de otra manera.
Ya conocía la magia de Sus Palabras.
Ella, el Hada al Sur del Mundo y yo, un incipiente Vaquero Soñador.
Habíamos dado el primer paso.
Seguramente, algo de ese inmenso cosmos de magia, deseos y sueños que merodea constantemente sonreía satisfecho.


Casi un año ha pasado desde ese encuentro, Ana querida, y, sin embargo, lo que nos ha unido, lo que hemos tenido oportunidad de compartir, lo que nos hace coincidir, parece, de tan intenso, hablar de mucho más tiempo.
La película de los dos Vaqueros enamorados en la montaña de nombre difícil de pronunciar nos hizo bien.

Muy bien.




Conocerte me ha demostrado que en este mundo hay, todavía, gente increíble.

De corazón batiente, de abnegación pura.
De ternura, de inocencia e ilusión.
De magia y poesía cotidianas.
De celebración constante.
De inspiración.
De sentimiento franco y emoción evidente.
De fé.
De amor.

Por eso, y por todo lo por venir, gracias, Amiga.
Este Vaquero Soñador en que me he convertido mucho te lo debe a vos.

Feliz, feliz, feliz, Muy Feliz Cumpleaños, Mi Hada Vaquera.
Te quiere, siempre,

JfT
Un Vaquero Soñador y Muy Olvidadizo.

jueves, 19 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Séptima parte



Estuve a punto de no volver al gimnasio. Después pensé que tendría que dar demasiadas explicaciones, así que deseché la idea. Dejé pasar unos días antes de regresar, y cuando lo hice, sentí, nuevamente, llevar una evidente marca en mi cara, que todo el mundo interpretaba a la perfección. Mi exagerada humillación, si es que era esa la palabra que describía lo que sentía, me volvió más cabizbajo y titubeante que antes. Los pasos apurados, las voces que se acercaban, cualquier movimiento a mi alrededor me obligaban a estar a la expectativa de la aparición de Pablo. Me esforcé, Dios sabe cuánto, por alejar esas emociones que me carcomían por dentro y me hacían sentir el corazón en la boca, pero hasta que no salía para regresar raudo a casa no lo conseguía.
Me detestaba por sufrir esa tortura estúpida, pero aún más por no ser lo suficientemente hombre para no prestarle atención, por no poder idear nada para remediarla. Los días fueron pasando, Pablo no apareció, y pude respirar aliviado. Sin embargo, sabía demasiado bien que ese alivio era ficticio. Mi supuesto sosiego escondía en el fondo una decepción de magnitud tal que, estaba seguro, no me recuperaría fácilmente. Forcé a mi mente a borrar lo vivido con él tal como lo había hecho con Dardo durante mi juventud, aunque en esta ocasión era yo mismo el que se condenaba. Y Pablo el que decidía desaparecer de mi vida. Qué sabia solía ser, a veces, la vida. No cesaba de repetirme que todo había sido el fruto de un desliz, de una tentación de la que no tuve escapatoria posible. Cuánto me devané justificándome y engañándome ingenuamente. A la vez que intentaba barrer con mis tortuosos recuerdos, una situación paralela me tuvo con el corazón palpitante pues, como un adolescente ansioso, me dediqué a chequear mi correo electrónico con más asiduidad que nunca o me lanzaba desesperado sobre el celular cada vez que sonaba. Todo, para que mi desazón permaneciera inalterable. Me comporté demasiado cobardemente todo ese tiempo como para poder actuar con lógica. No borré, merced a una recóndita esperanza que albergaba en los confines de mi consciencia, ni la dirección ni el número de teléfono de Pablo, a pesar de que constantemente lo maldecía a él, su computadora y su puta película de la montaña.
Las tentativas por comprender lo que había hecho y lo que hice después continuaron asaltándome a cada momento, en todo lugar. Podía permanecer con la mirada perdida durante mucho tiempo, ajeno a lo que me rodeaba, de tal forma que casi todo el mundo comenzó a preocuparse, Cecilia la más entre todos. Si bien me conoce más que nadie, sé, aunque tácitamente, que hay toda una parte de mi que ella jamás se atrevió a explorar, y ese respeto y discreción, duros para su naturaleza inquisidora y curiosa, no hacían más que aumentar mi culpa. Pero, ¿qué podía decirle? ¿Acaso sería capaz de comprender algo de lo que me pasaba? No, y jamás en mi sano juicio podía pretender semejante cosa. Nadie me entendería, por lo tanto, no busqué comprensión. Mis hijos, entonces, constituyeron el mundo donde me sentí a salvo. Ellos fueron la redención de todas mis perversiones y alucinaciones, el símbolo del mundo de luz, de bondad e inocencia al que necesitaba aferrarme. Con ellos me sentía limpio, puro, un niño más, aquel que debía resguardarse de todo un mundo dañino y oscuro. Pasé con ellos más tiempo del que solía, dejando mis pasatiempos y programas de tv o libros de lado, y los tres fuimos muy felices. Eso también calmó a Cecilia, lo comprobé una noche cuando, mientras leía un cuento a los chicos, giré la cabeza hacia la puerta y la vi asomada con sus ojos brillosos. Las experiencias, para mi asombro, afloraron mi excelencia como padre, pero también, para mi espantada consternación, habían, sin que lo advirtiese antes, desvirtuado profundamente mi rol de esposo. Podía enterrar lo que había vivido con Pablo, pero nunca sería capaz de olvidar que existía otra forma de amar. Y mucho menos podría olvidar su nombre: homosexualidad.
Las semanas que siguieron a esos días se sucedieron a ritmo feroz. La rutina invadió, despiadada, cada milímetro de mi existencia logrando, poco a poco, alejarme de mis distracciones. Logré así mitigar el peso de los recuerdos, y, para los demás, en breve volví a ser el de siempre. La febril preparación de un desarrillo informático de envergadura no sólo me tuvo ocupadísimo y muy tenso por la cantidad de detalles a considerar, sino que me retuvo en la oficina hasta muy tarde en varias oportunidades.
En una de esas atareadas noches, la chicharra del administrador de correo electrónico de mi computadora me anunció la llegada de cuatro mensajes a la vez. Intrigado, decidí hacer una pausa y ver de qué se trataba. Los cuatro mensajes pertenecían a Juanjo Iriarte, mi compañero y amigo de la escuela secundaria que hacía algunos años no veía. El motivo de los mensajes era el mismo en los cuatro: Convocatoria a Reunión 20 años, escrito en mayúsculas. Algo se revolvió dentro mío mientras presionaba el botón del ratón para abrirlos. Había una lista enorme de direcciones de correo electrónico encabezando el escrito, la mayoría pertenecientes a nombres conocidos para mi. Sonreí al leer algunos. El mensaje de Juanjo invitaba a una reunión de ex compañeros que se realizaría el mes siguiente con motivo del vigésimo aniversario de nuestro egreso en el año 1986. Explicaba también que no le había sido posible localizarnos a todos, por eso nos instaba también a comunicar el encuentro a todos aquellos que no figuraran en la lista si es que aún teníamos contacto. La noticia me alegró enormemente. Tanto, que uno de mis colegas, al verme, quiso saber si había logrado, por fin, resolver un proceso que me tenía algo atorado.
- Nada que ver. - le contesté - Es otra cosa... algo del pasado que vuelve. - me sorprendió lo analítica de mi respuesta. Mis dedos se movían ágiles sobre el teclado mientras hablaba. Envié mi respuesta a Juanjo y me levanté. - Me voy a casa. Nos vemos mañana.
Tomé mi saco y mi bolso y caminé al ascensor tarareareando una melodía que tardé en reconocer. Al llegar al garage me di cuenta de que era de una canción de Elton John que hacía tiempo no escuchaba. Tampoco recordaba el nombre ni la letra, pero algo me obligaba a repetirla una y otra vez, con tal insistencia que no se me despegó hasta que encendí la radio del auto. La música que sonaba al sintonizar mi estación favorita se mezcló con la que repiqueteaba en mi mente, diluyéndola, y pronto la olvidé.
El trayecto hasta casa me arrojó a un mar de recuerdos de los años de escuela secundaria. Como una compilación de instantáneas de momentos que se me antojaban muy recientes, caras, ruidos, situaciones y emociones, todo en una extraña gama de colores chillones, desfilaron por mi mente, borroneando las calles que atravesaba. La luz roja de un semáforo me obligó a frenar en seco y entonces reparé en dos figuras que comenzaban a cruzar, vestidas con atuendos deportivos y riendo cómplicemente. Mi corazón dio un salto al reconocer a Pablo cuando volteó y me miró con indiferencia, para volver a girar y pasar su brazo por el hombro de su acompañante, un hombre muy joven de su misma estatura. Fingí, veloz, buscar algo en el asiento a mi lado, pero luego pensé que había sido ridículo hacer eso, el encandilamiento de la luz de los faros de mi auto, sin duda, le había impedido distinguir nada más allá. Los seguí con la mirada y allí me di cuenta de que estábamos a escasa distancia del departamento donde se había concretado nuestro esperado encuentro. El espejo retrovisor, acto seguido, me los mostró de espaldas, caminando contentos, tomados, ahora, uno del hombro del otro. Aceleré con furia, haciendo rechinar los neumáticos, pero ninguno de los dos se dio vuelta para ver.
- ¡Puto hijo de puta! - Grité desgañitado, escupiendo. - ¡Qué puto maldito!... - Jadeaba, mi corazón latía fuerte. Reduje la velocidad y escudriñé la calle oscura delante mío. Sacudí la cabeza intentando alejar la ira. La seductora voz de la locutora anunciaba que Elton John interpretaría el tema Daniel a continuación. Con el ceño fruncido eché un rápido vistazo al centro del tablero, donde se ubica la radio.Y caí en la cuenta. ¡Daniel! Esa era la bendita canción. La casualidad me golpeó serenándome como si alguien de pronto hubiese vaciado un cubo de agua fría encima mío.
¿Por qué diablos me sonaba?... and I can see Daniel waving goodbye... God it looks like Daniel, must be the clouds in my eyes... Canté suavemente, en tanto sonaba, mientras mi mente, afanosa, hurgaba en mi memoria.
La cálida bienvenida de mis hijos y Cecilia a mi llegada terminó por evaporar de mis pensamientos a Pablo y su menosprecio. Testarudos, por alguna singular razón que no conseguía recordar y mucho menos entender, los acordes de la canción se resistieron a abandonarme y continuaron resonando dentro mío por varios días más.
La próxima reunión con mis ex compañeros de escuela me renovó llenándome de entusiasmo y energía. No sólo mantuve comunicaciones telefónicas frecuentes con Juanjo las semanas previas a celebrarse, sino también correos con muchos a los que no veía desde, por lo menos, diez años atrás. Una cadena tan febril como espontánea de mensajes diarios se gestó entre nosotros, donde las palabras expresaron fielmente el espíritu de regocijo que nos colmaba y nos mantenía expectantes e ilusionados por el reencuentro. Cada uno contó brevemente a dónde lo había llevado la vida desde entonces pero nos pusimos de acuerdo en no adelantarnos en recuerdos o anécdotas hasta ese día, así que las bromas y chistes de todo tipo que nos enviamos hasta tanto me hicieron reír con ganas, y, sobre todo, sentirme como un muchachito alegre y despreocupado. Ya no pensé en mi edad. Era exactamente eso lo que necesitaba, la vida me lo obsequiaba, y punto.
Después de la tormenta todo fue volviendo a su lugar, y pude concentrarme en mi familia y mi trabajo ya sin ningún esfuerzo.
El proyecto que estaba dirigiendo me obligó a viajar continuamente al interior del país durante esas semanas, así que el tiempo se escurrió entre mis manos y lo agradecí. Me alarmé cuando comprobé, trabajando en Mendoza la última semana, que debía resolver una cantidad considerable de aspectos si quería asistir a la reunión. El no respetar mi horario de almuerzo y trabajar en mi notebook en la habitación del hotel por la noche me permitió ultimar lo pendiente a la velocidad del rayo y regresar a Buenos Aires justo en fecha.
Esmeré mi aspecto esa noche. Elegí mi mejor camisa, una de un azul casi negro, y un saco informal color habano que uso para ocasiones especiales. Cecilia no ahorró elogios cuando me vio salir, ya listo, de nuestra habitación. Me acomodó un mechón de pelo, me besó con amor y me despidió diciéndome:
- Que seas muy feliz esta noche, mi vida.
La abracé con fuerza y partí. Mi mano temblaba cuando introduje la llave en el encendido del auto.

domingo, 15 de julio de 2007

Nadie te Amará como Yo - Sexta parte


Esa tarde, la de mi regreso al gimnasio, se despidió apurado, minutos antes de que finalizara la clase, sin dejar de recordarme nuestra cita del viernes siguiente. Habíamos convenido, tiempo atrás, que aquel día, en virtud de mi profesión de analista en sistemas, le echaría un vistazo a su computadora personal.
- No se la confío a nadie más, Ro. - Me había dicho, mientras caminábamos hacia el auto. - Mirá, la ves, le arreglás lo que sea necesario, y mientras, te preparo la carne con papas a la crema de la que ya te hablé, que me sale in-cre-í-ble. ¿Qué tal?
La idea me encantó, pero me mostré distante.
- Supongo que no habría problema, el tema es el día, ando medio complicado y...
- Ya está... ¡Un viernes, después de la clase! - me interrumpió, vivaz. - ¿Dale?
Podía haberme escudado en mi ancestral cansancio previo al fin de semana, pero su entusiasmo barrió con el miedo atroz que también me generaba la propuesta, así que acepté. Me tranquilicé luego, pensando que, después de todo, pasase lo que pasase, yo podía decir no. Y me inquieté más tarde al darme cuenta de que mi negativa no estaba garantizada. Comencé entonces a justificarme tontamente. Elaboré mil y un hipótesis considerando los sí y los no. En principio, nada indicaba que yo le atraía. En segundo lugar, jamás me había dado detalles de su vida íntima, todo podía ser producto de mis proyecciones y asignaturas pendientes, de construcciones mías, absolutas pendejadas. A mis treinta y siete años. Y, acto seguido, se me ocurría pensar que nunca terminaba de cerrarme que un hombre atractivo como él fuese soltero a su edad. Y segundos después, que todas mis especulaciones podían perfectamente ser otro resultado de la obsesión, que no se me quitaba nunca, de ver comportamientos homosexuales en casi todos los varones que acuden al gimnasio. Pero qué gracioso, yo no me incluía en esa clasificación. De cualquier modo, su propuesta y la mención de la película y la conversación aquella en mi auto, nada de esto podía ser una mera casualidad. A ello se sumó el sorpresivo y oportuno viaje de Cecilia y los chicos. La maldita conspiración cósmica, o lo que fuese, lo concreto es que al haber aceptado la invitación de Pablo había desencadenado algo, y debía estar preparado mínimamente. Estremecido hasta el tuétano, como si se tratase de un enigma misterioso, o un códice que me revelaría claves desconocidas de un mundo insospechado, así fue que resolví, después de dudarlo mucho, alquilarla durante aquel frío, gris y regresivo fin de semana.
Dormí mal las dos noches previas a nuestro anhelado encuentro. Cecilia se percató de mi nerviosismo y no dejaba de hacerme preguntas que, muy a mi pesar, contesté con vaguedad y frases hechas. Inventé un encuentro de trabajo para ese significativo viernes sin mirarla a los ojos cuando se lo anuncié. Si lo hubiese hecho, con seguridad jamás hubiese cumplido con mi palabra. Me sentí un traidor, igualmente, entre otras tantas cosas, ya que nunca antes me había visto obligado a mentirle a Cecilia. De hecho, hasta el momento no la había engañado con nadie, y ahora cabía la posibilidad, y sería con un hombre. Dos fuerzas en pugna tironeaban de mi a la manera de los descuartizamientos de la época de la colonización. Sentí desgarrarme y caer en una desesperación tan absurda como cobarde e infantil.
Lo real es que el viernes llegó y pronto me encontré entrando al departamento de Pablo, un dos ambientes muy espacioso, decorado con estilo "trendy", pero sobrio. Un gran espejo presidía el vestíbulo, y alcancé a comprobar mi aspecto. Estaba rojo, como pensaba, y me detesté. Con orgullo Pablo se dedicó a relatarme las instancias tanto de la compra como de la posterior refacción mientras recorríamos cada ambiente, y eso me serenó un poco. Después él puso música celta, o del estilo, desapareció en la cocina y yo me senté frente a su computadora. Me llevó poco más de tres cuartos de hora solucionar el atasco que se había producido en el disco rígido, nada de gravedad. Sentí una enorme curiosidad por hurgar sus archivos mientras reparaba los que estaban dañados, pero no podía perder energías en eso, las necesitaba para mantener la calma. Estiraba mi espalda cuando sentí la calidez de las manos de Pablo sobre mis hombros. Me asustó y me estremecí.
- ¿Cansado? - me preguntó, casi en un susurro, mientras me masajeaba suavemente.
- Sí, mucho. - Exhalé un suspiro profundo. - Pero ya está, se reinicia el sistema y listo. - Declaré con voz insegura, algo aflautada.
- Relajate. - Me ordenó suavemente. - Cerrá los ojos. - Sus dedos se cerraron firmemente y recorrieron los huesos de la parte superior de mi espalda. Di un respingo cuando se apoyaron sobre mi cuello. Su piel tocaba la mía ahora.
- Tranquilo... así... - Musitó. Su voz tenue y grave se unió a la música que, como un arrullo, me envolvió con dulzura sumergiéndome de a poco en un aterciopelado trance. Su palpable destreza en el manejo de la situación consiguió aflojar un poco la tensión que me tenía dominado y celebré sentir que la zona de mi cerebro que controlaba todo me iba abandonando sin oponer resistencia. Su mano cálida sobre la mía me condujo mansamente hacia el sofá, le obdececí como si estuviese sonámbulo. Me tumbó boca abajo con extrema delicadeza y se deslizó felinamente hasta la pared de en frente para atenuar las luces. Quedamos iluminados sólo por el sugestivo reflejo de la luz de la cocina. Sentado sobre el fin de mi espalda continuó su ritual de masajes, pellizcos y caricias. Gemí ahogadamente, el dolor se entremezcló con un placer tan fascinante como extenuante. Mi docilidad fue alimentando su osada determinación, y ésta, a su vez, mi creciente encantamiento. Levantó mi camisa e introdujo sus manos, rodeando mi abdomen. No pude reprimir un temblor de inmenso placer que me sacudió con brusquedad. Se recostó sobre mi, frotó con delicada firmeza mis pectorales mientras mordisqueaba los lóbulos de mis orejas y me susurraba quedamente:
- Lindo, mi lindo Ro...
Permanecí inmóvil, aceptando todo, gozando de su tacto, de su jadeo como brisa tenue, el peso de su cuerpo sobre el mío. Una voz interior se escandalizaba y me gritaba, como a lo lejos, "¡qué estás haciendo, puto!", pero me negué a prestarle atención. Las manos de Pablo emergieron y fueron a jugar con mis cabellos, acomodándolos con ternura, produciendo sus dedos un exquisito roce que me sobrecogió deliciosamente. Con sutileza y sin demasiado esfuerzo tiró luego de mi hasta girarme totalmente, lo cual me asombró, dadas mis dimensiones. Mantuve mis ojos cerrados con fuerza y por eso, cuando rotaba mis pesadas piernas, mi pie, aún calzado, golpeó su mejilla con un ruido seco. Los abrí para verlo acomodar su mandíbula como si hubiese recibido un cross de izquierda. Me disculpé y eso lo hizo estallar en risotadas. Tomó mi cara con sus dos manos y la atrajo hacia sí. Sus labios húmedos se apoyaron en los míos en un beso caluroso pero tieso. Nuestros músculos pronto se soltaron, nuestras bocas se abrieron, la mía muy tímidamente. Mordió mis comisuras, causándome un cosquilleo que volvió a hacerme temblar ligeramente, su lengua aprovechó a buscar la mía y la amarró envolviéndola, como arropándola. Cuando fantaseaba con ese preciso instante, recuerdo haberme serenado pensando en que si llegaba a experimentarlo alguna vez, seguramente no sería tan diferente de cualquier otro beso. Me equivoqué, rotundamente. Besar un hombre sabía a sal, a piel áspera, a pegajosa saliva, a sudor ligero. Así y todo, aún con eso, había en Pablo delicadeza, una que escondía una solapada brutalidad, una cuya protección, descubrí, había buscado todo este tiempo. Pablo controló sabiamente la situación como siguiendo un plan que yo aprobaba íntimamente con admiración y deleite. Seguí cada uno de sus pasos a ciegas, confiado, pero hecho un estúpido manojo de nervios.
Me besó con pasión controlada, y aunque era totalmente consciente de lo que me estaba pasando, algo en mi no concebía que yo tuviese mis labios unidos a los de otro hombre. Y que además, lo gozara de esa maldita forma.
Las yemas de los dedos Pablo rozaban apenas mis mejillas, cuando separó de pronto sus labios de los míos, y con su dedo índice los acarició de lado a lado. Me contempló con intensidad, y una señal imperceptible me indicó lo que vendría. Me quitó los zapatos y calcetines, y frotó mis pies desnudos. Se deshizo de la corbata, uno a uno desprendió los botones de mi camisa y la hizo deslizar con suavidad. Aflojó el cinturón y bajó el cierre de mi bragueta con lentitud, buscando mi aprobación. Asentí imperceptiblemente. Tiró de las piernas de mis pantalones y quedé sólo con mis calzoncillos grises de algodón. El corazón no cesaba de latirme con desbocada fuerza. Quería decir algo, pero no supe qué, y lo que pasaba por mi mente me parecía fuera de lugar. Me hizo seña de que me pusiese de pie. Clavó sus ojos en los míos con complicidad, y, pausadamente, fue recorriendo los lados de mi cuerpo con sus palmas. Al chocar con el elástico de mis calzoncillos sus dedos lo abrieron para empujarlos en seguida hacia abajo. Con desazón y no poca vergüenza comprobé que el placer indescriptible que me sostenía en delicioso trance no conectaba todavía con mi miembro. Me lo sacudí con fastidio. Pablo sonrió y me estudió con lascivia, luego levantó sus brazos esperando mi avance. Tiré de su jersey con fuerza y lo arrojé lejos. Le quité la camiseta y con dedos temblorosos intenté soltar el fuerte nudo del cordón de su pantalón deportivo, sin éxito. Pablo me tomó de la barbilla, me guiñó un ojo y se apartó un paso. Se puso de espaldas, e, imitando a un stripper, se inclinó deslizando su pantalón con suma facilidad por sus piernas para dejar sus redondeadas nalgas al desnudo ante mi mirada incrédula. Cuando volteó, su mirada se clavó en mi entrepierna, que comenzaba a exhibir ya mi ansiada y ahora húmeda erección. Su rostro se iluminó inmediatamente. Agilmente saltó sobre mi anudando sus trabajadas piernas a mi espalda y cubriendo toda mi boca con la suya. Lo sostuve asiéndolo con firmeza mientras nos besábamos sin respiro. Cuidadosa y lentamente volví a sentarme en el sofá, con él colgado de mi. El extremo de mi pene se apoyó entonces sobre el recto de Pablo, obligándolo a lanzar un fuerte gemido. Mi mente luchaba denodadamente por controlar una eyaculación prematura cuando él se incorporó, se echó a mi lado, separó todo el ancho de sus piernas y, tomándose de sus tobillos elevó su cadera, acercándola, mostrándome, ardiente, el oscuro y velludo espacio entre sus nalgas. Allí me zambullí, fuera de mi, incapaz de medir nada de lo que hacía, explorándolo con mi lengua, mientras Pablo, diestramente, tanteaba el piso y de algún lugar extraía un condón. Me lo coloqué con desesperación y, brutal y furiosamente, lo penetré. Eyaculé y él lo hizo algo después. Mis latidos continuaban tan vigorosos que creí iba a infartarme cuando me dejé caer encima suyo, sudoroso y exhausto. Permanecimos de esa manera, en absoluto silencio, un buen rato, hasta que, repentinamente, se apartó de mi con violencia y corrió a la cocina.
- ¡Boludo, la comida! – gritó.
Su famosa carne no se quemó por poco, sólo algunas papas se habían chamuscado. El corrió al baño a higienizarse, luego lo hice yo. En ese momento sonó el teléfono. Cerré el grifo pero no oí nada de lo que hablaba, pues su voz era un murmullo. Me dio curiosidad saber quién habría llamado, y mucha más todavía cuando salí del baño al encontrarme con que Pablo ya se había vestido íntegramente, por lo cual mi propia desnudez y mis renovadas intenciones me avergonzaron hasta ruborizarme. Percibí, además, para aumentar mi sensación de total desubicación, un gesto de extrañeza en él que me indicaba que algo había cambiado. Traté de restarle importancia y, escondiendo mi euforia y tragando mis ansias de más, corrí a vestirme. Como si nada hubiese pasado intenté disfrutar de la comida que Pablo había preparado, pero no lo conseguí. Durante toda la cena tuve la horrorosa sensación de que el mundo real, convencional y normativo me había devuelto a sus garras después de permitirme echarle un fugaz vistazo al verdadero significado de mis deseos y pasión durante tanto tiempo contenidos. Sin perder su tono cordial Pablo había abandonado abruptamente el cariño y se había vuelto lejano y correcto. Como producto del fin de un hechizo, habíamos vuelto a convertirnos en los dos conocidos del gimnasio que se habían puesto de acuerdo en compartir un encuentro. Y nada de lo que nos rodeaba hacía pensar lo contrario. Me enfureció enormemente, pero, fiel a mi, no me acerqué a él ni hice comentario alguno. En su lugar, mientras las imágenes de lo que habíamos hecho bombardeaban mi cerebro, comencé a sentirme sucio, como un patético marica que no podía controlar sus malditas tentaciones. A pesar de eso, no lograba comprender cómo alguien como él podía, tan fácilmente, pasar de ser sometido a cenar y conversar como si tal cosa. Quería huir de allí a toda costa, sin explicaciones ni justificaciones de ningún tipo. Mi teléfono celular sonó, salvador, avisando un mensaje de Cecilia, que me preguntaba si aún tenía para mucho más con mi encuentro de trabajo. Sin dudarlo, le envié otro diciéndole que ya estaba en camino. Eso me alivió. Apuré el postre agradeciendo a Pablo la velada con una formalidad ridícula. En realidad, no sabía qué decir, si hubiese podido, sin decir palabra me hubiera lanzado directamente desde el balcón a mi auto. Reuní mis cosas con prisa culposa y cuando estábamos a punto de salir me detuvo en seco.
- Ro, sos muy lindo. Lo pasé genial, ¿sabés? – me dijo, y su beso desapasionado me estaba anunciando ya que esa sería nuestra única y última vez juntos.
Conduje con la mente en blanco. No quería pensar, el darme cuenta de a dónde me había llevado mi egoísmo y mis perversiones me hubiese matado.
Cecilia estaba acostada, leyendo, cuando llegué. La abracé y besé con fruición. Suspiró y me dijo al oído: - Mmm, ¿tan aburrido fue? ¿Las chicas no fueron esta vez?
- No, éramos todos hombres. – Mascullé. Y en eso sí que no le mentía. Me quedé aferrado a ella, con la cara hundida entre su pelo y la almohada, la mirada perdida en el espaldar de la cama.
Mi vida segura. Mi bendita vida segura, me repetí por dentro una y otra vez.