viernes, 27 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Octava parte




El enorme edificio del colegio ocupa gran parte de una manzana en la zona norte de la ciudad, a diez calles del río. Llevaba bastante tiempo sin pasar por allí, pero cada vez que lo hacía me producía una sensación semejante a lo que una vez leí llaman déjà vu. Advertí que los frentes habían sido remodelados y se había agregado un ala lateral que conservó bastante bien el estilo de la construcción original. Las sombras que proyectaban los frondosos árboles sobre los recovecos de su arquitectura neogótica la hacían parecer algo fantasmal, tal como se me antojaba en los primeros años de la escuela primaria. Recordé mi primer grado, cuando todo me atemorizaba y el colegio era para mi un castillo embrujado lleno de seres siniestros. Los recuerdos fueron sucediéndose dentro de mi mente alborotada.
La calle estaba atestada de coches detenidos y gran cantidad de gente se arremolinaba en torno a la entrada. Era una noche fresca, surcada por ráfagas que llegaban desde el río. Tardé en encontrar un lugar donde dejar el auto, lo conseguí finalmente a tres cuadras de la escuela.
Sudé al desandar el camino y el viento se empecinó en jugar con mi pelo atestado de gel. Me detuve a arreglarlo mirándome en la ventanilla de un auto estacionado. Sonreí contemplando mi tenue reflejo. Mis cabellos siempre arremolinados, la gran obsesión de todos aquellos años. Consultaba toda superficie que reflejara mi imagen antes entrar a clase, cada coche, cada vidriera, cada charco de agua. Un mechón fuera de lugar significaba el insoportable escarnio de mis compañeros y la perdición para mi, pero más esto último. Meneé la cabeza, mordiéndome el labio inferior, incrédulo ante mis preocupaciones de aquella época. Alguien me hacía señas desde la vereda opuesta y me paré en seco. Una mujer cruzó a grandes zancadas, sacudiendo sus brazos y lanzando un chillido agudo.
- ¡Rooo, qué alegría! - gritó mientras se trepaba de mi. - ¿Cómo estás? - me estampó un beso sonoro y se apartó para observarme. - ¡Ah, pero no tenés derecho vos! ¡No cambiaste nada!!
La estudié, mientras mi memoria fingía identificarla. Sus mejillas brillaban y sus labios esbozaban una sonrisa desaprobadora. Entorné los ojos en señal de confusión.
- ¡Entiendo que esté oscuro, y... - se aclaró la garganta - ... yo, un poquito cambiada, pero tampoco es para tanto! - me gritó, entre divertida e indignada - ¡Ro, bolas, soy Mariana!
- ¡Marianita! - reí. - ¿Cómo no voy a recordarte? - La abracé con fuerza.
- ¡Pelotudo, me lo creí! - me golpeó cariñosamente. - No te imaginás cuánta alegría me da verte...
Mi última novia del secundario lucía muy distinta. Había cortado su cabello, que ahora era de un rubio ceniciento, y su cara se había hinchado un poco en las mejillas y debajo de la barbilla. Su voz y su frescura, comprobé en seguida, las conservaba inalteradas. Resultó curioso para mi naturaleza acostumbrada a poner distancias que se comportase como si el tiempo no hubiese pasado, expresándose con confianza cómplice, por momentos burlona. Rodeándola con mi brazo, caminamos pegados hasta el colegio, mientras ella hablaba profiriendo chillidos ansiosos. Me contó que había estado años fuera del país con su marido e hijos, y recién en los últimos cinco había echado raíces.
- ... así que vos te casaste, finalmente, guacho! ¡No me digas que con Marcela porque te mato!
- No, nada que ver... - me hacía reir con sus comentarios. - Se llama Cecilia, nos conocimos trabajando y...
- ¡Ah, miralo vos al señor! ¡De picaflor de la clase a donjuan de oficinas! - exclamó. - Bueno, yo no puedo hablar mucho... Sabés, a mi...
No pudo terminar la frase, al aproximarnos a la entrada del colegio Juanjo surgió de entre la multitud que se agolpaba con sus brazos abiertos. Me dio un fuerte apretón de manos mientras nos estudiábamos sonrientes. Me chocó un poco ver en él ya los signos de madurez. En los tres o cuatro años que habían pasado sin vernos había perdido mucho de su otrora abundante cabellera, y su cuello y abdomen lucían abultados.
- ¡Rodrigo Leiva, carajo! - Me abrazó con fuerza, balanceándome con afecto. - ¿Cómo andás? - me susurró palmeándome la cara - Se te ve bien, viejito...
- No sabés las ganas que tenía de verte... de verlos. - Carraspée, luego solté una carcajada y entonces Juanjo dio la vuelta para encontrar a Mariana teatralizando su impaciencia con los brazos apoyados en su cadera, resoplando airadamente.
- ¡Claaaro, los señores hablen, que total yo estoy de adorno acá! - espetó.
Al oir nuestras risas pronto otros se nos unieron, y la vereda se pobló de exclamaciones y alaridos, carcajadas y aullidos. Pronto éramos alrededor de veinte personas hablando al unísono, joviales y nostálgicas. Salvo algunas excepciones, la mayoría había cambiado significativamente. A algunos compañeros me fue difícil reconocerlos, de otros su cara me resultó familiar al instante, no así su nombre. Juanjo en algún momento pudo relatar las peripecias de lo que fue una búsqueda de meses hasta dar con el paradero de algunos. Casi todos los asistentes nos habíamos visto diez años atrás, en la primera celebración, pero durante ese lapso, muchos se habían mudado sin dejar rastro. Como ocurre siempre.
Alguien se acercó para invitarnos a pasar al salón de actos donde se daría inauguración al evento. Allí nos dirigimos, sin dejar de hablar como loros, en una larga fila conformada también por ex compañeros de las otras divisiones del año 86.
Hubo un discurso inicial del actual director y de dos profesores, de los que yo no conservaba casi registro. Aproveché ese momento para mirar en derredor. Juanjo esperaba su turno en una fila frente a mi para decir también unas palabras en nombre de nuestra división. A su lado estaba Lalo Cárdenas con su mujer, Virginia Laurenzi, la única, de las tantas parejas que se formaron en esos años, que había formalizado y seguía unida, y, en seguida, Raúl Storm, el pintón de la clase. Más atrás, Fer Márquez, Marcela Auregui, mi primera novia, guiñándome un ojo, las chismosas eternas de Lucía Pintos y Paulita Segredo cuchicheando y conteniendo la risa, Tolo Benítez, el tragalibros de la clase, Marcelo, Luis y Alfredo, el trío inseparable, y justo en ese punto mi reconocimiento se interrumpió cuando un mínimo tumulto a espaldas de Juanjo atrajo mi atención hacia donde él estaba ubicado. Varios de los que se encontraban rodeando a Juanjo también voltearon sus cabezas hacia alguien de cabello atado en una colita. Intrigado, seguí con la mirada fija en el grupo, que se abrazaba y sonreía, hasta que Juanjo me señaló con el dedo, Lalo y Raúl se hicieron a un lado y entonces mi corazón dio un salto. Un par de ojos color miel que reconocí de inmediato me taladraron a través de un par de gafas pequeñas, mientras su dueño levantaba su mano, saludándome con timidez. Tardé en reaccionar, y cuando lo hice comencé a transpirar y la garganta se me anudó impidiéndome el paso de aire. Mi corazón latía como queriendo salirse del pecho. Esbocé una mueca que quiso ser una sonrisa, pero una oleada de ira hacia Juanjo me lo impidió. ¿Por qué no me había avisado?
Uñas filosas se clavaron en mi brazo izquierdo, y acto seguido Marianita, excitadísima, me susurró al oído:
- ¡Ro, mirá quién vino! ¡Dardo! ¡Dardo Davese, qué increíble!, ¿no? ¡También está hecho un pendejo el hijo de perra!
Yo apenas podía mover los labios. Era verdad, casi no había modificado su aspecto, salvo por el pelo largo. Volví a menear la cabeza asintiendo.
- Este Juanjo es de película... ¿Cómo habrá hecho para localizarlo? Hacía años que nadie sabía de él...
Carraspée nerviosamente, y pude decir: - ¿Ah, no?
- No. Se había borrado totalmente... - volvió a tomarme del brazo - Che, pero qué genial, ¿no te parece? Ahora sí que estamos todos... aunque Dardito no haya egresado de acá, qué importa? Hizo con nosotros toooodos los años anteriores... - y con misterio agregó - Yo jamás entendí por qué cambió de colegio, faltando un año nada má...
Alguien a nuestras espaldas espetó un cortante "Shh", Marianita miró de reojo como para decir algo pero calló. Volvimos a concentramos en los discursos. Juanjo tomó la palabra.
La rabia había dejado ahora su lugar a la culpa. ¿Cómo lo enfrentaría, qué le diría?... "¿Perdoname, Dardo, por tirar por la borda todos nuestros hermosos años de amistad, pero me cagué todo cuando mi viejo me prohibió tener de amigo a un marica?" Para luego agregar, conciliador, "Y fijate qué gracioso, porque, al final, el más marica resulté siendo yo. ¿Me perdonás?" Me merecía un buen gancho de derecha por haber actuado con tan poca hombría, y todo su rencor por haberlo negado como lo hice. Me estremecí, inquieto.
Por el rabillo del ojo atisbé nuevamente hacia donde estaba parado Dardo. Parte de su perfil era lo único visible. Marianita se quedaba corta con su apreciación, no había cambiado prácticamente nada en veinte años. El cabello, sin canas, le caía en mechones desordenados sobre la cara. Lucía una barba crecida, pero de contornos prolijamente delineados, y la piel de su cara se veía bronceada. La señal del paso del tiempo parecía sólo estar representada por los anteojos de marco negro que llevaba. Con la velocidad de un ave de rapiña desvié la mirada al verlo girar. Algo como un suspiro o un espasmo de congoja me sacudió con fuerza, haciéndome tambalear levemente.
- Ro, ¿qué pasa? ¿Estás bien? - inquirió Mariana, preocupada.
- Sí, creo... está algo viciado el ambiente, voy afuera a tomar un poco de aire.
- ¿ Te acompaño? - me miraba ansiosa.
Negué con la cabeza, le sonreí y me abrí paso entre la muchedumbre. Cuando llegué al patio interno me di cuenta de que respiraba entrecortadamente. El aire limpio alivió en algo mi estado pero me hizo estremecer, la temperatura había descendido notoriamente ahora. Un ruido seco me asustó, obligándome a levantar la vista. La bandera flameaba con fuerza en lo alto del mástil, iluminada por dos reflectores que emitían una fuerte luz blanca. Pasée la mirada por los balcones que rodeaban el patio con impaciencia, asaltado por pensamientos que giraban en mi cabeza como burbujas de agua en ebullición. ¿Qué carajo me pasaba? Mis emociones se empeñaban en manifestarse libres, decidiendo expresarse espontáneamente, y eso estaba bien, pero no entendía por qué necesitaban hacerlo todas a la vez, y a la vista de todo el mundo. Necesitaba beber algo fuerte. Di media vuelta resuelto a conseguirlo. Dardo estaba parado bajo la arcada de la entrada, observándome fijamente, sus labios unidos en una mueca parecida a una semisonrisa. Me sobresalté, boquiabierto. Lo pude ver bien ahora. La luz del patio resaltaba los rasgos de su cara angulosa y, la barba, el pelo lloviéndole sobre la frente y las pequeñas gafas le daban un aire de científico salido de un documental de National Geographic. Completaban el efecto un sweater de cuello de tortuga gris muy gastado, con dibujos incaicos, pantalones cargo color chocolate dos talles más grande y borceguíes que hacía tiempo no lustraba.
- Hola Rodri. - me dijo suavemente, con gesto serio.
Tragué ruidosamente antes de poder corresponderle. - Dardo... - hice una pausa y agregué - ¿Qué tal? - Me detesté. No era mi voz habitual la que le hablaba. Me ruboricé.
El asintió con lentitud. Me estudió con detenimiento y dijo, por fin: - Se te ve bien.
- Gracias. A vos también. - Fui incapaz de sostener la mirada. No supe qué diablos agregar. Finalmente, él volvió a quebrar el silencio.
- Ha pasado mucho tiempo desde aquel año. - dijo, dubitativo.
Afirmé con la cabeza. Quise comenzar a disculparme pero mis labios temblaron y se me humedecieron los ojos. Incliné la vista para que no reparara en ello.
- ¡Estás tiritando! Vení, vamos para adentro. - Avanzó hacia mi con la intención de rodearme con su brazo, pero me aparté bruscamente. No sé por qué actué de esa forma tan brutal. Me limité a salir sin apartar mis ojos del piso, reprimiendo un escalofrío. Su presencia me había conmovido, pero no podía demostrárselo. La desilusión, lo sabía, me mataría. Odié mi actuada indiferencia, mi falta de seguridad y mis constantes temores. Mariana nos interceptó cuando ingresábamos en el ancho pasillo.
- ¡Ah, ahí están ustedes dos! - nos retó.- ¡Dardito!¿Cómo andás, lindoooo? - Se tiró sobre él abrazándolo con ternura y estampándole un beso sonoro en los labios. - ¡Tantos años, picarón! ¿Dónde te habías escondido? - Le estrujó con fuerza la mejilla y luego se dirigió a mi. - Ro, ¿cómo te sentís?
- Ya estoy mejor, gracias, Mariana. - pude contestarle. Dardo no sacaba sus ojos de mi, con gesto perplejo.
- Genial, entonces, porque ya pasamos al ágape. ¿Vamos, mis soles? - anunció y nos tomó del brazo, ubicándose en el medio de los dos, como en las viejas épocas, y sin darse cuenta de nada, afortunadamente.
Marianita, Dardo y yo conformábamos el segundo trío inseparable de la división. No hubo cosa que no hiciéramos juntos en los alegres días del secundario. Ella supo ser el contrapeso que equilibraba nuestra pegajosa relación y la confidente de nuestras quejas hacia el otro. Después que Dardo cambió de escuela, gracias a mi perseverante insistencia, nos pusimos de novios. Ella había sido su novia el año anterior, y sentía que, si aceptaba, salir conmigo sería una traición. Yo sólo deseaba lo que no me atrevía ni a confesar para mis adentros: besar los únicos labios que Dardo había besado, además de los míos. No se me ocurrió mejor forma de aferrame a él, de mitigar el espantoso peso de su ausencia. Marianita, ajena completamente a nuestra verdad, pensó que la partida de Dardo me había dejado vía libre para poder, finalmente, estar con ella.
Debo decir que aceptó ser mi novia a regañadientes. Jamás consiguió ver en mi otro más que el amigo que siempre había sido, así que la relación no duró más que dos cuatrimestres.
Una muchedumbre colmaba el bullicioso salón contiguo al de actos. Una larga mesa ocupaba el centro atiborrada de vasos, platos con comida y jarras con jugos y refrescos. Mariana se separó de nosotros abruptamente para zambullirse sobre la enorme pila de sandwichs. Dardo y yo nos servimos un vaso de Seven Up que nos invitó un mozo. Lo vacié de un solo trago. El gas se acumuló en mi garganta obligándome a toser convulsivamente. Enrojecí y los ojos se me llenaron de lágrimas. Dardo me palmeó la espalda, sin dejar de estudiarme, turbado. Respiré hondo y aclaré mi garganta. Me llevó unos minutos calmarme. Tolo Benítez se nos unió justo en el momento en que había elegido comenzar a hablar. Detrás aparecieron Lucía, Paulita y Raúl riendo cómplices. Los maldije por dentro. Marianita regresó exhibiendo un plato lleno de comida y, en tono de broma, dió un empellón a Raúl, que salpicó algunas gotas de su bebida sobre Tolo. Rieron con ganas, y, al ver a Dardo hacerlo, me forcé yo también. Atrapé un trago de una bandeja que pasó a mi lado. Marianita abrió el fuego, interrogándolo filosa y suspicaz.
- Bueno, misterioso, ¿nos vas a contar en qué has andado todo este tiempo de una vez?
Dardo sonrió, como era su costumbre, mostrando sus dientes grandes y muy blancos. - Digamos que he andado por ahí... Veamos. - repasó mentalmente y prosiguió - Estudié ingeniería hasta que me di cuenta de que no era lo mío, casi comenzando el cuarto año... después decidí viajar un poco. Me quedé unos años en Costa Rica, recalé en Perú un tiempo más y cuando regresé al país ya sabía lo que quería: - se detuvo unos segundos, disfrutando de nuestra expectativa. - Ser guardaparques. Así es que estudié, me recibí, y, desde entonces, mi trabajo me ha tenido andando de una punta a otra del país. Sólo vuelvo, muy de vez en cuando, para ver a mis viejos. - Hizo otra pausa. Mariana lo miraba sin pestañear, interrogadora. - Y en todo este tiempo no ha habido matrimonios, ni hijos, ni nada... lo siento. - agregó, dirigiéndose a ella, al tiempo que se encogía de hombros.
Una tenue sensación de júbilo me entusiasmó y serenó lo que palpitaba dentro mío con invasiva ansiedad. Dardo no se había casado. Dardo NO se había casado.
- Matrimonio puede que no, pero alguien siempre hay, ¿o no? Los parques esos deben ser muy solitarios... - inquirió, sugerente, Paulita Segredo.
Dardo se limitó a sonreirle, enigmático. Pensé en Pablo y mi ánimo se nubló, angustiándome. Llevé el vaso a la boca para ocultar mi gesto descorazonado. Mi teléfono celular sonó, y todos me miraron. Lo había hecho antes y no le había prestado atención, así que ahora me aparté del grupo para atender el llamado. El encargado de proyecto me anunciaba, con voz seria, que habían surgido complicaciones en la última fase del desarrollo, así que debería volver a Mendoza a hacer los ajustes necesarios cuanto antes. Me volvería a llamar cuando tuvieran mi billete de avión listo. Corté la comunicación muy molesto con la noticia. Miré el reloj. Puteé por lo bajo.
- ¿Problemas? - preguntó Tolo al ver mi cara. Dardo me miraba desde un poco más allá.
- Sí... ¡no!... - dudé.- ...algo del trabajo, nada grave. - balbuceé, resoplando.
Hizo un gesto comprensivo y se volvió hacia el grupo, que conversaba a grito pelado. Recordaban anécdotas, bromas de todo tipo, travesuras y personas de nuestros tiempos jóvenes y felices. Se interrumpían constantemente, corrigiéndose o desmintiéndose, y cada acotación traía renovados chillidos y carcajadas. Ellos rieron hasta las lágrimas, yo sólo tenía capacidad para sonreír. El resto de los integrantes de aquel lejano quinto año B no tardó en unírsenos, para intervenir con frenesí adolescente. Yo, estúpidamente distante, parecía el pájaro de mal agüero observando la jovial escena desde su puesto en lo alto. Lúgubre, así era mi sentir, y, muy para mi pesar, no pude hacer nada para evitarlo.

Lalo Cárdenas se encargó de retratar nuestra unión disparando su minúscula camarita a mansalva. Para la fotografía grupal, en medio del caos que la propuesta generó, Dardo se apresuró a ubicarse pegado a mi. Segundos antes del fogonazo del flash me rodeó con su brazo.
Ese brevísimo instante, que el cosmos jamás registró, fue para mi un mundo conquistado, la ansiada condonación de la imperdonable falta cometida en mi juventud. Logró hacerme sonreir naturalmente y, con ello, disipar mi aflicción.
Pude entonces, ahora sí, disfrutar de los últimos momentos de la particular celebración.
Continúa.

lunes, 23 de julio de 2007

Un Hada Vaquera cumple años


Una voz cristalina, dulce, amigable desde el primer saludo a través de la línea telefónica.
Un caudal de palabras que se atoraban al querer salir todas juntas de la boca.
Risas, coincidencias y el mundo alrededor que se había desvanecido en ese primer largo rato de charla.




No podía haber sido de otra manera.
Ya conocía la magia de Sus Palabras.
Ella, el Hada al Sur del Mundo y yo, un incipiente Vaquero Soñador.
Habíamos dado el primer paso.
Seguramente, algo de ese inmenso cosmos de magia, deseos y sueños que merodea constantemente sonreía satisfecho.


Casi un año ha pasado desde ese encuentro, Ana querida, y, sin embargo, lo que nos ha unido, lo que hemos tenido oportunidad de compartir, lo que nos hace coincidir, parece, de tan intenso, hablar de mucho más tiempo.
La película de los dos Vaqueros enamorados en la montaña de nombre difícil de pronunciar nos hizo bien.

Muy bien.




Conocerte me ha demostrado que en este mundo hay, todavía, gente increíble.

De corazón batiente, de abnegación pura.
De ternura, de inocencia e ilusión.
De magia y poesía cotidianas.
De celebración constante.
De inspiración.
De sentimiento franco y emoción evidente.
De fé.
De amor.

Por eso, y por todo lo por venir, gracias, Amiga.
Este Vaquero Soñador en que me he convertido mucho te lo debe a vos.

Feliz, feliz, feliz, Muy Feliz Cumpleaños, Mi Hada Vaquera.
Te quiere, siempre,

JfT
Un Vaquero Soñador y Muy Olvidadizo.

jueves, 19 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Séptima parte



Estuve a punto de no volver al gimnasio. Después pensé que tendría que dar demasiadas explicaciones, así que deseché la idea. Dejé pasar unos días antes de regresar, y cuando lo hice, sentí, nuevamente, llevar una evidente marca en mi cara, que todo el mundo interpretaba a la perfección. Mi exagerada humillación, si es que era esa la palabra que describía lo que sentía, me volvió más cabizbajo y titubeante que antes. Los pasos apurados, las voces que se acercaban, cualquier movimiento a mi alrededor me obligaban a estar a la expectativa de la aparición de Pablo. Me esforcé, Dios sabe cuánto, por alejar esas emociones que me carcomían por dentro y me hacían sentir el corazón en la boca, pero hasta que no salía para regresar raudo a casa no lo conseguía.
Me detestaba por sufrir esa tortura estúpida, pero aún más por no ser lo suficientemente hombre para no prestarle atención, por no poder idear nada para remediarla. Los días fueron pasando, Pablo no apareció, y pude respirar aliviado. Sin embargo, sabía demasiado bien que ese alivio era ficticio. Mi supuesto sosiego escondía en el fondo una decepción de magnitud tal que, estaba seguro, no me recuperaría fácilmente. Forcé a mi mente a borrar lo vivido con él tal como lo había hecho con Dardo durante mi juventud, aunque en esta ocasión era yo mismo el que se condenaba. Y Pablo el que decidía desaparecer de mi vida. Qué sabia solía ser, a veces, la vida. No cesaba de repetirme que todo había sido el fruto de un desliz, de una tentación de la que no tuve escapatoria posible. Cuánto me devané justificándome y engañándome ingenuamente. A la vez que intentaba barrer con mis tortuosos recuerdos, una situación paralela me tuvo con el corazón palpitante pues, como un adolescente ansioso, me dediqué a chequear mi correo electrónico con más asiduidad que nunca o me lanzaba desesperado sobre el celular cada vez que sonaba. Todo, para que mi desazón permaneciera inalterable. Me comporté demasiado cobardemente todo ese tiempo como para poder actuar con lógica. No borré, merced a una recóndita esperanza que albergaba en los confines de mi consciencia, ni la dirección ni el número de teléfono de Pablo, a pesar de que constantemente lo maldecía a él, su computadora y su puta película de la montaña.
Las tentativas por comprender lo que había hecho y lo que hice después continuaron asaltándome a cada momento, en todo lugar. Podía permanecer con la mirada perdida durante mucho tiempo, ajeno a lo que me rodeaba, de tal forma que casi todo el mundo comenzó a preocuparse, Cecilia la más entre todos. Si bien me conoce más que nadie, sé, aunque tácitamente, que hay toda una parte de mi que ella jamás se atrevió a explorar, y ese respeto y discreción, duros para su naturaleza inquisidora y curiosa, no hacían más que aumentar mi culpa. Pero, ¿qué podía decirle? ¿Acaso sería capaz de comprender algo de lo que me pasaba? No, y jamás en mi sano juicio podía pretender semejante cosa. Nadie me entendería, por lo tanto, no busqué comprensión. Mis hijos, entonces, constituyeron el mundo donde me sentí a salvo. Ellos fueron la redención de todas mis perversiones y alucinaciones, el símbolo del mundo de luz, de bondad e inocencia al que necesitaba aferrarme. Con ellos me sentía limpio, puro, un niño más, aquel que debía resguardarse de todo un mundo dañino y oscuro. Pasé con ellos más tiempo del que solía, dejando mis pasatiempos y programas de tv o libros de lado, y los tres fuimos muy felices. Eso también calmó a Cecilia, lo comprobé una noche cuando, mientras leía un cuento a los chicos, giré la cabeza hacia la puerta y la vi asomada con sus ojos brillosos. Las experiencias, para mi asombro, afloraron mi excelencia como padre, pero también, para mi espantada consternación, habían, sin que lo advirtiese antes, desvirtuado profundamente mi rol de esposo. Podía enterrar lo que había vivido con Pablo, pero nunca sería capaz de olvidar que existía otra forma de amar. Y mucho menos podría olvidar su nombre: homosexualidad.
Las semanas que siguieron a esos días se sucedieron a ritmo feroz. La rutina invadió, despiadada, cada milímetro de mi existencia logrando, poco a poco, alejarme de mis distracciones. Logré así mitigar el peso de los recuerdos, y, para los demás, en breve volví a ser el de siempre. La febril preparación de un desarrillo informático de envergadura no sólo me tuvo ocupadísimo y muy tenso por la cantidad de detalles a considerar, sino que me retuvo en la oficina hasta muy tarde en varias oportunidades.
En una de esas atareadas noches, la chicharra del administrador de correo electrónico de mi computadora me anunció la llegada de cuatro mensajes a la vez. Intrigado, decidí hacer una pausa y ver de qué se trataba. Los cuatro mensajes pertenecían a Juanjo Iriarte, mi compañero y amigo de la escuela secundaria que hacía algunos años no veía. El motivo de los mensajes era el mismo en los cuatro: Convocatoria a Reunión 20 años, escrito en mayúsculas. Algo se revolvió dentro mío mientras presionaba el botón del ratón para abrirlos. Había una lista enorme de direcciones de correo electrónico encabezando el escrito, la mayoría pertenecientes a nombres conocidos para mi. Sonreí al leer algunos. El mensaje de Juanjo invitaba a una reunión de ex compañeros que se realizaría el mes siguiente con motivo del vigésimo aniversario de nuestro egreso en el año 1986. Explicaba también que no le había sido posible localizarnos a todos, por eso nos instaba también a comunicar el encuentro a todos aquellos que no figuraran en la lista si es que aún teníamos contacto. La noticia me alegró enormemente. Tanto, que uno de mis colegas, al verme, quiso saber si había logrado, por fin, resolver un proceso que me tenía algo atorado.
- Nada que ver. - le contesté - Es otra cosa... algo del pasado que vuelve. - me sorprendió lo analítica de mi respuesta. Mis dedos se movían ágiles sobre el teclado mientras hablaba. Envié mi respuesta a Juanjo y me levanté. - Me voy a casa. Nos vemos mañana.
Tomé mi saco y mi bolso y caminé al ascensor tarareareando una melodía que tardé en reconocer. Al llegar al garage me di cuenta de que era de una canción de Elton John que hacía tiempo no escuchaba. Tampoco recordaba el nombre ni la letra, pero algo me obligaba a repetirla una y otra vez, con tal insistencia que no se me despegó hasta que encendí la radio del auto. La música que sonaba al sintonizar mi estación favorita se mezcló con la que repiqueteaba en mi mente, diluyéndola, y pronto la olvidé.
El trayecto hasta casa me arrojó a un mar de recuerdos de los años de escuela secundaria. Como una compilación de instantáneas de momentos que se me antojaban muy recientes, caras, ruidos, situaciones y emociones, todo en una extraña gama de colores chillones, desfilaron por mi mente, borroneando las calles que atravesaba. La luz roja de un semáforo me obligó a frenar en seco y entonces reparé en dos figuras que comenzaban a cruzar, vestidas con atuendos deportivos y riendo cómplicemente. Mi corazón dio un salto al reconocer a Pablo cuando volteó y me miró con indiferencia, para volver a girar y pasar su brazo por el hombro de su acompañante, un hombre muy joven de su misma estatura. Fingí, veloz, buscar algo en el asiento a mi lado, pero luego pensé que había sido ridículo hacer eso, el encandilamiento de la luz de los faros de mi auto, sin duda, le había impedido distinguir nada más allá. Los seguí con la mirada y allí me di cuenta de que estábamos a escasa distancia del departamento donde se había concretado nuestro esperado encuentro. El espejo retrovisor, acto seguido, me los mostró de espaldas, caminando contentos, tomados, ahora, uno del hombro del otro. Aceleré con furia, haciendo rechinar los neumáticos, pero ninguno de los dos se dio vuelta para ver.
- ¡Puto hijo de puta! - Grité desgañitado, escupiendo. - ¡Qué puto maldito!... - Jadeaba, mi corazón latía fuerte. Reduje la velocidad y escudriñé la calle oscura delante mío. Sacudí la cabeza intentando alejar la ira. La seductora voz de la locutora anunciaba que Elton John interpretaría el tema Daniel a continuación. Con el ceño fruncido eché un rápido vistazo al centro del tablero, donde se ubica la radio.Y caí en la cuenta. ¡Daniel! Esa era la bendita canción. La casualidad me golpeó serenándome como si alguien de pronto hubiese vaciado un cubo de agua fría encima mío.
¿Por qué diablos me sonaba?... and I can see Daniel waving goodbye... God it looks like Daniel, must be the clouds in my eyes... Canté suavemente, en tanto sonaba, mientras mi mente, afanosa, hurgaba en mi memoria.
La cálida bienvenida de mis hijos y Cecilia a mi llegada terminó por evaporar de mis pensamientos a Pablo y su menosprecio. Testarudos, por alguna singular razón que no conseguía recordar y mucho menos entender, los acordes de la canción se resistieron a abandonarme y continuaron resonando dentro mío por varios días más.
La próxima reunión con mis ex compañeros de escuela me renovó llenándome de entusiasmo y energía. No sólo mantuve comunicaciones telefónicas frecuentes con Juanjo las semanas previas a celebrarse, sino también correos con muchos a los que no veía desde, por lo menos, diez años atrás. Una cadena tan febril como espontánea de mensajes diarios se gestó entre nosotros, donde las palabras expresaron fielmente el espíritu de regocijo que nos colmaba y nos mantenía expectantes e ilusionados por el reencuentro. Cada uno contó brevemente a dónde lo había llevado la vida desde entonces pero nos pusimos de acuerdo en no adelantarnos en recuerdos o anécdotas hasta ese día, así que las bromas y chistes de todo tipo que nos enviamos hasta tanto me hicieron reír con ganas, y, sobre todo, sentirme como un muchachito alegre y despreocupado. Ya no pensé en mi edad. Era exactamente eso lo que necesitaba, la vida me lo obsequiaba, y punto.
Después de la tormenta todo fue volviendo a su lugar, y pude concentrarme en mi familia y mi trabajo ya sin ningún esfuerzo.
El proyecto que estaba dirigiendo me obligó a viajar continuamente al interior del país durante esas semanas, así que el tiempo se escurrió entre mis manos y lo agradecí. Me alarmé cuando comprobé, trabajando en Mendoza la última semana, que debía resolver una cantidad considerable de aspectos si quería asistir a la reunión. El no respetar mi horario de almuerzo y trabajar en mi notebook en la habitación del hotel por la noche me permitió ultimar lo pendiente a la velocidad del rayo y regresar a Buenos Aires justo en fecha.
Esmeré mi aspecto esa noche. Elegí mi mejor camisa, una de un azul casi negro, y un saco informal color habano que uso para ocasiones especiales. Cecilia no ahorró elogios cuando me vio salir, ya listo, de nuestra habitación. Me acomodó un mechón de pelo, me besó con amor y me despidió diciéndome:
- Que seas muy feliz esta noche, mi vida.
La abracé con fuerza y partí. Mi mano temblaba cuando introduje la llave en el encendido del auto.

domingo, 15 de julio de 2007

Nadie te Amará como Yo - Sexta parte


Esa tarde, la de mi regreso al gimnasio, se despidió apurado, minutos antes de que finalizara la clase, sin dejar de recordarme nuestra cita del viernes siguiente. Habíamos convenido, tiempo atrás, que aquel día, en virtud de mi profesión de analista en sistemas, le echaría un vistazo a su computadora personal.
- No se la confío a nadie más, Ro. - Me había dicho, mientras caminábamos hacia el auto. - Mirá, la ves, le arreglás lo que sea necesario, y mientras, te preparo la carne con papas a la crema de la que ya te hablé, que me sale in-cre-í-ble. ¿Qué tal?
La idea me encantó, pero me mostré distante.
- Supongo que no habría problema, el tema es el día, ando medio complicado y...
- Ya está... ¡Un viernes, después de la clase! - me interrumpió, vivaz. - ¿Dale?
Podía haberme escudado en mi ancestral cansancio previo al fin de semana, pero su entusiasmo barrió con el miedo atroz que también me generaba la propuesta, así que acepté. Me tranquilicé luego, pensando que, después de todo, pasase lo que pasase, yo podía decir no. Y me inquieté más tarde al darme cuenta de que mi negativa no estaba garantizada. Comencé entonces a justificarme tontamente. Elaboré mil y un hipótesis considerando los sí y los no. En principio, nada indicaba que yo le atraía. En segundo lugar, jamás me había dado detalles de su vida íntima, todo podía ser producto de mis proyecciones y asignaturas pendientes, de construcciones mías, absolutas pendejadas. A mis treinta y siete años. Y, acto seguido, se me ocurría pensar que nunca terminaba de cerrarme que un hombre atractivo como él fuese soltero a su edad. Y segundos después, que todas mis especulaciones podían perfectamente ser otro resultado de la obsesión, que no se me quitaba nunca, de ver comportamientos homosexuales en casi todos los varones que acuden al gimnasio. Pero qué gracioso, yo no me incluía en esa clasificación. De cualquier modo, su propuesta y la mención de la película y la conversación aquella en mi auto, nada de esto podía ser una mera casualidad. A ello se sumó el sorpresivo y oportuno viaje de Cecilia y los chicos. La maldita conspiración cósmica, o lo que fuese, lo concreto es que al haber aceptado la invitación de Pablo había desencadenado algo, y debía estar preparado mínimamente. Estremecido hasta el tuétano, como si se tratase de un enigma misterioso, o un códice que me revelaría claves desconocidas de un mundo insospechado, así fue que resolví, después de dudarlo mucho, alquilarla durante aquel frío, gris y regresivo fin de semana.
Dormí mal las dos noches previas a nuestro anhelado encuentro. Cecilia se percató de mi nerviosismo y no dejaba de hacerme preguntas que, muy a mi pesar, contesté con vaguedad y frases hechas. Inventé un encuentro de trabajo para ese significativo viernes sin mirarla a los ojos cuando se lo anuncié. Si lo hubiese hecho, con seguridad jamás hubiese cumplido con mi palabra. Me sentí un traidor, igualmente, entre otras tantas cosas, ya que nunca antes me había visto obligado a mentirle a Cecilia. De hecho, hasta el momento no la había engañado con nadie, y ahora cabía la posibilidad, y sería con un hombre. Dos fuerzas en pugna tironeaban de mi a la manera de los descuartizamientos de la época de la colonización. Sentí desgarrarme y caer en una desesperación tan absurda como cobarde e infantil.
Lo real es que el viernes llegó y pronto me encontré entrando al departamento de Pablo, un dos ambientes muy espacioso, decorado con estilo "trendy", pero sobrio. Un gran espejo presidía el vestíbulo, y alcancé a comprobar mi aspecto. Estaba rojo, como pensaba, y me detesté. Con orgullo Pablo se dedicó a relatarme las instancias tanto de la compra como de la posterior refacción mientras recorríamos cada ambiente, y eso me serenó un poco. Después él puso música celta, o del estilo, desapareció en la cocina y yo me senté frente a su computadora. Me llevó poco más de tres cuartos de hora solucionar el atasco que se había producido en el disco rígido, nada de gravedad. Sentí una enorme curiosidad por hurgar sus archivos mientras reparaba los que estaban dañados, pero no podía perder energías en eso, las necesitaba para mantener la calma. Estiraba mi espalda cuando sentí la calidez de las manos de Pablo sobre mis hombros. Me asustó y me estremecí.
- ¿Cansado? - me preguntó, casi en un susurro, mientras me masajeaba suavemente.
- Sí, mucho. - Exhalé un suspiro profundo. - Pero ya está, se reinicia el sistema y listo. - Declaré con voz insegura, algo aflautada.
- Relajate. - Me ordenó suavemente. - Cerrá los ojos. - Sus dedos se cerraron firmemente y recorrieron los huesos de la parte superior de mi espalda. Di un respingo cuando se apoyaron sobre mi cuello. Su piel tocaba la mía ahora.
- Tranquilo... así... - Musitó. Su voz tenue y grave se unió a la música que, como un arrullo, me envolvió con dulzura sumergiéndome de a poco en un aterciopelado trance. Su palpable destreza en el manejo de la situación consiguió aflojar un poco la tensión que me tenía dominado y celebré sentir que la zona de mi cerebro que controlaba todo me iba abandonando sin oponer resistencia. Su mano cálida sobre la mía me condujo mansamente hacia el sofá, le obdececí como si estuviese sonámbulo. Me tumbó boca abajo con extrema delicadeza y se deslizó felinamente hasta la pared de en frente para atenuar las luces. Quedamos iluminados sólo por el sugestivo reflejo de la luz de la cocina. Sentado sobre el fin de mi espalda continuó su ritual de masajes, pellizcos y caricias. Gemí ahogadamente, el dolor se entremezcló con un placer tan fascinante como extenuante. Mi docilidad fue alimentando su osada determinación, y ésta, a su vez, mi creciente encantamiento. Levantó mi camisa e introdujo sus manos, rodeando mi abdomen. No pude reprimir un temblor de inmenso placer que me sacudió con brusquedad. Se recostó sobre mi, frotó con delicada firmeza mis pectorales mientras mordisqueaba los lóbulos de mis orejas y me susurraba quedamente:
- Lindo, mi lindo Ro...
Permanecí inmóvil, aceptando todo, gozando de su tacto, de su jadeo como brisa tenue, el peso de su cuerpo sobre el mío. Una voz interior se escandalizaba y me gritaba, como a lo lejos, "¡qué estás haciendo, puto!", pero me negué a prestarle atención. Las manos de Pablo emergieron y fueron a jugar con mis cabellos, acomodándolos con ternura, produciendo sus dedos un exquisito roce que me sobrecogió deliciosamente. Con sutileza y sin demasiado esfuerzo tiró luego de mi hasta girarme totalmente, lo cual me asombró, dadas mis dimensiones. Mantuve mis ojos cerrados con fuerza y por eso, cuando rotaba mis pesadas piernas, mi pie, aún calzado, golpeó su mejilla con un ruido seco. Los abrí para verlo acomodar su mandíbula como si hubiese recibido un cross de izquierda. Me disculpé y eso lo hizo estallar en risotadas. Tomó mi cara con sus dos manos y la atrajo hacia sí. Sus labios húmedos se apoyaron en los míos en un beso caluroso pero tieso. Nuestros músculos pronto se soltaron, nuestras bocas se abrieron, la mía muy tímidamente. Mordió mis comisuras, causándome un cosquilleo que volvió a hacerme temblar ligeramente, su lengua aprovechó a buscar la mía y la amarró envolviéndola, como arropándola. Cuando fantaseaba con ese preciso instante, recuerdo haberme serenado pensando en que si llegaba a experimentarlo alguna vez, seguramente no sería tan diferente de cualquier otro beso. Me equivoqué, rotundamente. Besar un hombre sabía a sal, a piel áspera, a pegajosa saliva, a sudor ligero. Así y todo, aún con eso, había en Pablo delicadeza, una que escondía una solapada brutalidad, una cuya protección, descubrí, había buscado todo este tiempo. Pablo controló sabiamente la situación como siguiendo un plan que yo aprobaba íntimamente con admiración y deleite. Seguí cada uno de sus pasos a ciegas, confiado, pero hecho un estúpido manojo de nervios.
Me besó con pasión controlada, y aunque era totalmente consciente de lo que me estaba pasando, algo en mi no concebía que yo tuviese mis labios unidos a los de otro hombre. Y que además, lo gozara de esa maldita forma.
Las yemas de los dedos Pablo rozaban apenas mis mejillas, cuando separó de pronto sus labios de los míos, y con su dedo índice los acarició de lado a lado. Me contempló con intensidad, y una señal imperceptible me indicó lo que vendría. Me quitó los zapatos y calcetines, y frotó mis pies desnudos. Se deshizo de la corbata, uno a uno desprendió los botones de mi camisa y la hizo deslizar con suavidad. Aflojó el cinturón y bajó el cierre de mi bragueta con lentitud, buscando mi aprobación. Asentí imperceptiblemente. Tiró de las piernas de mis pantalones y quedé sólo con mis calzoncillos grises de algodón. El corazón no cesaba de latirme con desbocada fuerza. Quería decir algo, pero no supe qué, y lo que pasaba por mi mente me parecía fuera de lugar. Me hizo seña de que me pusiese de pie. Clavó sus ojos en los míos con complicidad, y, pausadamente, fue recorriendo los lados de mi cuerpo con sus palmas. Al chocar con el elástico de mis calzoncillos sus dedos lo abrieron para empujarlos en seguida hacia abajo. Con desazón y no poca vergüenza comprobé que el placer indescriptible que me sostenía en delicioso trance no conectaba todavía con mi miembro. Me lo sacudí con fastidio. Pablo sonrió y me estudió con lascivia, luego levantó sus brazos esperando mi avance. Tiré de su jersey con fuerza y lo arrojé lejos. Le quité la camiseta y con dedos temblorosos intenté soltar el fuerte nudo del cordón de su pantalón deportivo, sin éxito. Pablo me tomó de la barbilla, me guiñó un ojo y se apartó un paso. Se puso de espaldas, e, imitando a un stripper, se inclinó deslizando su pantalón con suma facilidad por sus piernas para dejar sus redondeadas nalgas al desnudo ante mi mirada incrédula. Cuando volteó, su mirada se clavó en mi entrepierna, que comenzaba a exhibir ya mi ansiada y ahora húmeda erección. Su rostro se iluminó inmediatamente. Agilmente saltó sobre mi anudando sus trabajadas piernas a mi espalda y cubriendo toda mi boca con la suya. Lo sostuve asiéndolo con firmeza mientras nos besábamos sin respiro. Cuidadosa y lentamente volví a sentarme en el sofá, con él colgado de mi. El extremo de mi pene se apoyó entonces sobre el recto de Pablo, obligándolo a lanzar un fuerte gemido. Mi mente luchaba denodadamente por controlar una eyaculación prematura cuando él se incorporó, se echó a mi lado, separó todo el ancho de sus piernas y, tomándose de sus tobillos elevó su cadera, acercándola, mostrándome, ardiente, el oscuro y velludo espacio entre sus nalgas. Allí me zambullí, fuera de mi, incapaz de medir nada de lo que hacía, explorándolo con mi lengua, mientras Pablo, diestramente, tanteaba el piso y de algún lugar extraía un condón. Me lo coloqué con desesperación y, brutal y furiosamente, lo penetré. Eyaculé y él lo hizo algo después. Mis latidos continuaban tan vigorosos que creí iba a infartarme cuando me dejé caer encima suyo, sudoroso y exhausto. Permanecimos de esa manera, en absoluto silencio, un buen rato, hasta que, repentinamente, se apartó de mi con violencia y corrió a la cocina.
- ¡Boludo, la comida! – gritó.
Su famosa carne no se quemó por poco, sólo algunas papas se habían chamuscado. El corrió al baño a higienizarse, luego lo hice yo. En ese momento sonó el teléfono. Cerré el grifo pero no oí nada de lo que hablaba, pues su voz era un murmullo. Me dio curiosidad saber quién habría llamado, y mucha más todavía cuando salí del baño al encontrarme con que Pablo ya se había vestido íntegramente, por lo cual mi propia desnudez y mis renovadas intenciones me avergonzaron hasta ruborizarme. Percibí, además, para aumentar mi sensación de total desubicación, un gesto de extrañeza en él que me indicaba que algo había cambiado. Traté de restarle importancia y, escondiendo mi euforia y tragando mis ansias de más, corrí a vestirme. Como si nada hubiese pasado intenté disfrutar de la comida que Pablo había preparado, pero no lo conseguí. Durante toda la cena tuve la horrorosa sensación de que el mundo real, convencional y normativo me había devuelto a sus garras después de permitirme echarle un fugaz vistazo al verdadero significado de mis deseos y pasión durante tanto tiempo contenidos. Sin perder su tono cordial Pablo había abandonado abruptamente el cariño y se había vuelto lejano y correcto. Como producto del fin de un hechizo, habíamos vuelto a convertirnos en los dos conocidos del gimnasio que se habían puesto de acuerdo en compartir un encuentro. Y nada de lo que nos rodeaba hacía pensar lo contrario. Me enfureció enormemente, pero, fiel a mi, no me acerqué a él ni hice comentario alguno. En su lugar, mientras las imágenes de lo que habíamos hecho bombardeaban mi cerebro, comencé a sentirme sucio, como un patético marica que no podía controlar sus malditas tentaciones. A pesar de eso, no lograba comprender cómo alguien como él podía, tan fácilmente, pasar de ser sometido a cenar y conversar como si tal cosa. Quería huir de allí a toda costa, sin explicaciones ni justificaciones de ningún tipo. Mi teléfono celular sonó, salvador, avisando un mensaje de Cecilia, que me preguntaba si aún tenía para mucho más con mi encuentro de trabajo. Sin dudarlo, le envié otro diciéndole que ya estaba en camino. Eso me alivió. Apuré el postre agradeciendo a Pablo la velada con una formalidad ridícula. En realidad, no sabía qué decir, si hubiese podido, sin decir palabra me hubiera lanzado directamente desde el balcón a mi auto. Reuní mis cosas con prisa culposa y cuando estábamos a punto de salir me detuvo en seco.
- Ro, sos muy lindo. Lo pasé genial, ¿sabés? – me dijo, y su beso desapasionado me estaba anunciando ya que esa sería nuestra única y última vez juntos.
Conduje con la mente en blanco. No quería pensar, el darme cuenta de a dónde me había llevado mi egoísmo y mis perversiones me hubiese matado.
Cecilia estaba acostada, leyendo, cuando llegué. La abracé y besé con fruición. Suspiró y me dijo al oído: - Mmm, ¿tan aburrido fue? ¿Las chicas no fueron esta vez?
- No, éramos todos hombres. – Mascullé. Y en eso sí que no le mentía. Me quedé aferrado a ella, con la cara hundida entre su pelo y la almohada, la mirada perdida en el espaldar de la cama.
Mi vida segura. Mi bendita vida segura, me repetí por dentro una y otra vez.

viernes, 6 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo - Quinta parte


En los días que siguieron a aquel fin de semana me resultó arduo conectar con el mundo rutinario. Una región de mi ser, rebosante de un espíritu contestatario y anárquico que me asombró, comenzó a revolverse incómoda en medio de una realidad que, indiferente e imperturbable, se le mostraba a años luz de sus renovados anhelos. Todo lo que escuchaba de los demás me parecía vacío y carente de sentido. Empezó a molestarme casi todo lo que decían o decían que hacían. Los miraba con lástima, y algo de soberbia, también. Para mi todo el mundo presumía, nadie se conducía con naturalidad, todos escondían algo oscuro y peligroso. La monótona paz de mi trabajo, mis horarios prefijados, los días sin sobresaltos se me antojaban sencillamente detestables, mediocres. Mi vida había sido un sinfín de parámetros preestablecidos, y culpaba a todo el mundo por eso. En el fondo, uno que aún no me atrevía a asumir, me sentía un completo idiota, un ingenuo que pensaba que ciertas cosas se resolvían tomando decisiones que desviaran la atención hacia otros temas. Con eso, el problema desaparecía por completo. Como cuando mi viejo me prohibió seguir viendo a Dardo. Igual que cuando se lleva lo barrido abajo de un mueble.
Mi familia, que siempre había constituído la fortaleza que protegía mis iracundos cuestionamientos y titubeos, el lugar donde me sentía a salvo de tentaciones y desvíos, fue cobrando, lentamente, un cariz que me hizo comenzar a tener miedo de mi mismo. Cecilia y mis hijos se convirtieron en estorbos, y sentirlos así me llenaba de una culpa paralizante. Y lo que me obligaba a verlos de esa siniestra manera, de fascinación o rechazo, dependiendo de los días. Mi vida olvidada se encargaba muy bien de hacerme ver que no estaba dispuesta a esperar más, a seguir tolerando mi indiferencia.
No conseguí quitarme a Pablo de la cabeza, fantasée una y mil veces con nuestro reencuentro y nuestras conversaciones, ahora, llenas de insinuaciones y doble sentido. No pude ir al gimasio el lunes siguiente a mi tormentoso fin de semana, una reunión que maldije primero y agradecí, cobardemente, más tarde, me obligó a quedarme después de hora en el trabajo. Sí lo hice el miércoles, con la ridícula sensación de portar un cartel claramente visible donde se leía, sugestivamente, "ahora sí estoy listo para ser puto". Los nervios, delatores, lucharon por dominarme mientras me cambiaba en el vestuario y casi me obligan a huir. No me atreví a mirar alrededor mío, temiendo encontrar a Pablo, temiendo que mis ojos reflejaran demasiado nítidamente el estado de mi alma.
- Ro, ¿qué hacés? - Su voz cristalina y alegre me sobresaltó. - ¡Pensé que no llegaba a tiempo! Me cambio en un segundo, ¿me bancás?
- Claro, dale... - El nudo en la garganta impidió que mi voz sonara natural. El apuro de Pablo no dio tiempo para nuestro saludo con un beso, me entristeció y me pareció infantil sentir eso, tanto como la idea de zambullirme dentro del locker y cerrar la puerta con candado de la vergüenza que la situación me forzaba a sentir.
- ¿Qué te pasó el lunes? Me extrañó no verte...
Lo miré para responderle mientras se desvestía a toda velocidad. Mis ojos se posaron en su pecho sin vello. Los desvié vergonzosa y velozmente cuando vi que los suyos esperaban mi respuesta.
- ¡Ah, el lunes!... sí... una reunión del laburo, algo de último momento, por eso...
- Me lo imaginé. ¿Te acordás de lo del viernes, no? Ya habíamos quedado... - Me sonrió mientras levantaba una de sus cejas perfectamente delineadas. Nunca me atreví a preguntarle si hacía algo para tenerlas así.
- ¿Lo del viernes?... - fingí no recordar - ¡Uh, cierto! Qué bueno que me dijiste... Seguro... Después de la clase, como quedamos... - Le dije mientras un escalofrío me recorría la espalda.
- Genial, entonces. Ahora vamos que ya es casi la hora.
Mientras lo observaba caminar a paso agitado delante mío pensé en cuánto me empecinaba en ocultar lo que verdaderamente sentía. Qué ridículo. Si Pablo sólo hubiese sabido que no había dejado de pensar en eso desde que acepté, si supiera que decidí ver la película adelantándome a lo que pudiera pasar, si por un momento pudiera ver a través mío, no hubiese dudado en recomendarme que estudiara arte dramático.
Pablito. Yo lo llamaba así, en mi interior, mi boca jamás lo pronunció. Cuando lo vi por primera vez al ubicarse a mi lado durante mis sagradas clases de entrenamiento deportivo, un par de meses antes, había exclamado, para mis adentros, "¡qué maricón este tipo!". La camiseta calzándole a medida, a tono con el pantalón de marca, las zapatillas impecables, el corte de pelo de moda. Bajo, pero de fuerte contextura, nariz importante, mentón marcado, ojos vivaces y cuidada barba incipiente. Impecable. Lo rechacé sin titubear, y no cruzamos palabra hasta que coincidimos en el vestuario una noche al terminar la clase. Su armario estaba pegado al mío. El rompió el hielo con formalidades y comentarios triviales acerca del esfuerzo y el cansancio que supone la actividad física. Su voz no demostraba afectación alguna, sus modales tampoco. Yo me había puesto en guardia de todos modos. No le fue nada fácil derribar los muros de concreto que yo había levantado, y no sé si fue su perseverancia o la creciente presión de mi deseo, pero antes de que pudiera darme cuenta, nos habíamos hecho algo parecido a amigos. Siempre hablamos generalidades, aunque yo me apresuré a contarle que era un hombre muy bien casado. Solíamos hablar de mujeres, aunque él jamás mencionó nada específico de su vida íntima, y yo nunca me atreví a ingresar en ese terreno. No pareció molestarle ni inquietarle en absoluto el que lo pillara observándome mientras me bañaba en frente suyo, por el contrario, con la confianza que me fue ganando no tuvo reparo en contemplar quedamente mi miembro o mis labios al hablar. Yo, en cambio, no logré comportarme naturalmente cuando hablábamos desnudos. O no apartaba los ojos de los suyos, o bien me concentraba en enjabonarme y enjuagarme. Aprovechaba, sin embargo, cada uno de sus descuidos para estudiar su anatomía y grabarla en mi memoria. Dentro mío había otro ser, en llamas, al que podía domar sin esfuerzo, porque lo consolaba con los recuerdos de lo que veía a través del vapor de agua al llegar a casa. Nuestro trato se fue haciendo más estrecho, así que del formal Rodrigo con que se dirigía a mi pasó al Rodri y al más afectuoso Ro en poco tiempo. Al principio me avergonzaba, después me encantaba la manera en que lo decía, con su voz grave y rasposa.
Su departamento estaba camino del mío, así que comenzamos a irnos juntos en mi auto. Una de esas noches, sin rodeos, antes de bajarse, me dijo:
- Ro, ¿alguna vez tuviste dudas de tu sexualidad?
Su pregunta me hizo tragar ruidosamente, como si hubiese tenido un bloque de piedra en la boca. Carraspée antes de hablar.
- ¿Dudas? ¿Cómo, dudas? - Sonreí forzadamente.
- Sí, dudas, cuestionamientos... pensamientos, cómo te puedo explicar..., distintos, de otro tipo.
El corazón empezó a latirme con fuerza. Repentinamente el aire dentro del coche se hizo más pesado y nuestra charla, más turbadora.
- Nno, supongo que no... nunca. - Mentí descaradamente.
- ¿Viste Secreto en la Montaña?
Volví a aclarar mi garganta. - ¿La de los... ?
- ... Vaqueros gay, sí, esa, ¿la viste? - No dejaba de mirarme inquisidoramente.
- No, no la vi.
- ¿Por qué?
- N-no me interesa el tema, ¡¿por qué va a ser?! - Le contesté con indisimulable irritación.
- Ahá... Quizás deberías. Todos deberían. - Proclamó, desafiante. - Bueno, nos vemos el lunes. Buen fin de semana. - Dijo, cortante, y sin mediar más me estampó un beso en la comisura de los labios que me hizo cosquillas y salió del auto.
Aceleré haciendo rechinar los neumáticos y tuve que dar un par de vueltas antes de regresar a casa. Permanecí un rato más dentro del auto, en el garage, antes de subir. Las palabras de Pablo y la tibia y reconfortante sensación de sus labios cerca de los míos agitaron mis pensamientos como a un navío en una tormenta en alta mar.

martes, 3 de julio de 2007

Nadie te amará como Yo Cuarta parte


- Dardo... - musité.
Mis labios se movieron en sincronía con mis párpados, y me despabilé lentamente, como descendiendo de un torbellino astuto y selectivo, en el que giraban alocados los asuntos irresueltos de mi vida, y me depositaba en la misma situación, veinte años después. Tardé un momento en enfocar la vista. El espejo me revelaba ahora una mirada cansina de brillo casi ausente, rodeada de sombras profundas, en un gesto que encarnaba lo bueno obtenido pero lo mucho perdido también, que sólo yo podía clasificar. Y, el único resabio físico de aquel adolescente rebelde de a ratos: mi pelo, igual de revuelto pero algo menos indomable, con más canas de las que me hubiese gustado.
¿Era posible que no hubiese pensado en aquella experiencia en todo este tiempo? ¿Podía ser tan poderosamente negadora la mente que un hecho así podía ser borrado de cuajo y no quedasen, casi, rastros? Sí, claro que podía. Y la mente no había actuado sola, el juicio ajeno había completado el trabajo. Hasta la noche anterior, al menos. Miré el recorrido de mis lágrimas resbalando por las paredes del lavabo. Cubrí mi cara con las manos y volví a llorar, tragando mis lamentos. Me senté sobre el piso frío, sintiéndome débil y exhausto. Una buena parte de mi debe haber muerto en aquel preciso momento, porque miles de imágenes de mi vida se fueron sucediendo, entremezclándose unas con otras, en orden extrañamente cronológico.
Decidí darme un buen baño. Necesitaba purificarme, dejarme llevar, no sabía bien. Me incorporé trabajosamente, me saqué toda la ropa y puse el agua caliente a correr. Iba a meterme bajo la lluvia cuando, sin pensarlo demasiado, me dirigí, descalzo, al cuarto. Abrí las puertas del armario de Cecilia y me observé de cuerpo entero en el espejo donde a diario ella consultaba su aspecto con minuciosidad obsesiva. Me estudié con detenimiento, trabado como si posara ante un fotógrafo exigente. Hombros y brazos lucían el resultado de mis tantos años de gimnasio, mis pectorales lucían algo más caídos, creo, pero debía quitar algo de vello para comprobarlo, el vientre, zona donde mi cuerpo no se afinaba, seguía, sin embargo, siendo mi orgullo de cada verano en la pileta del club, porque, increíblemente, se conservaba liso y marcado. Mis piernas se habían vuelto anchas y fuertes gracias a los años de fútbol con mis compañeros del trabajo. Los treinta y siete años no me sentaban tan mal después de todo. Qué gracioso, durante veinte largos años pensé que pasar tiempo frente al espejo era algo de putos. Me daba cuenta ahora que era, en verdad, algo del puto que escondí todo ese tiempo. Suspiré, resignado. Me gusté y el hecho me animó un poco. Inmediatamente pensé en Pablo. Un estremecimiento recorrió todo el largo de mi espina dorsal y me hizo temblar.
Tomé una larga ducha. El agua deslizándose a raudales por la piel me serenó. Al terminar miré el reloj. Tenía tiempo suficiente de ver la película una vez más antes de devolverla. Envuelto en mi bata vieja y mullida, me preparé un café con leche gigante y me recosté frente al televisor nuevamente. Las escenas, de a poco, me transportaron en el tiempo, desenredando toda la gran madeja de recuerdos.
La experiencia con Dardo convulsionó cada instante de la semana que siguió. No lograba pensar en otra cosa, y recuerdo que me masturbé con más frecuencia que nunca, llegando a las ocho veces en un solo día, con intervalos. Mis hermanos me preguntaban qué me pasaba cada vez que entraba en el baño y salía un rato después. Recuerdo cómo me ruborizaba y cuánto los detesté por metidos. Odié mucho en esa época. Amé, también, por primera vez. Como un barco que suelta amarras y se lanza al mar abierto, el descubrimiento del placer sexual había logrado, por fin, desembarazarme del niño que era y lanzarme a la vida real.
Ni Dardo ni yo mencionamos, en toda esa semana, una palabra de lo que nos había pasado. Habíamos convenido en que sería nuestro secreto mejor guardado y lo que nos mantendría unidos, siempre. Me doy cuenta que fuera del contexto de libertad en que se desarrolló todo, y que nosotros le asignamos, nuestro encuentro físico, en el fondo, nos abochornaba y nos llenaba de sentimientos encontrados, la mayoría culposos y, algunos, hasta repulsivos. Sin embargo, la tentación de repetirlo, a mi, me llenaba de deseo.
Tampoco nos vimos fuera del horario de colegio, fue semana de exámenes así que las tardes debíamos dedicarlas al estudio exclusivamente. Concentrarme entre el continuo bombardeo de ideas y fantasías lujuriosas fue una verdadera odisea que sólo calmaba con mis descargas en el cuarto de baño. Ambos obtuvimos muy buenas notas, éramos destacados alumnos en realidad, y el viernes por la noche recibí mi premio. La excitada voz de Dardo en el teléfono me anunció que pasaríamos otro fin de semana en su casa de Escobar.
Esta vez, los padres no se nos separaron ni por un instante. Ni siquiera pudimos caminar solos hasta el almacén, como nos gustaba. Tuvimos que ir en el auto, conducidos por el latoso de su viejo, obviamente. Pero Dardo no dejaría de salirse con la suya. La casa estaba rodeada de un gran terreno cubierto de césped y salpicado de árboles de todo tipo que terminaba en el arroyo. Casi pisando la orilla, detrás de unos arbustos, fue donde decidió armar la tienda, aprovechando que sus padres, viendo que no nos movíamos de los límites de la casa, decidieron concentrarse en la preparación de un asado. Luego de comer, vimos una película, que aburrió a sus viejos y por eso, antes del final, decidieron ir a dormir. Esperamos hasta ver la luz apagarse, y, en puntas de pie, munidos de lo necesario, e iluminados por una pequeña linterna, saltamos por la ventana y corrimos hacia la carpa. De esa noche, extrañamente, no conservo más que recuerdos difusos, algunos más claros, otros muy lejanos. El cielo rebosante de estrellas blanquecinas, el cantar de los grillos y el vuelo de las luciérnagas. Las dudas pulverizadas por el coraje que nos infundió la cerveza que Dardo había conseguido nunca supe cómo, el sello implacable de la primera vez que hice, hicimos, realmente, el amor, y la cara de Dardo mientras dormía plácidamente, acariciada por el anaranjado sol del amanecer que inundaba la carpa. Esa mágica noche fue la última que pasé en aquella casa.
Después de nuestro fortuito encuentro en la librería no volví a saber nada de Dardo. Como no tuvimos materias que rendir, el final de clases fue también el último día que pisé el colegio. Jamás lo crucé en mis escasos paseos por el barrio, nuestros amigos en común no lo nombraron. Y yo no intenté preguntar o cambiar nada. La prohibición de mi padre me había paralizado en más aspectos de los que llegaba a imaginar, y, entonces, de a poco, mansamente, fui olvidando.
El comienzo de mi último año de escuela secundaria fue devastador. Juanjo Iriarte, buen amigo de los dos, fue quien me dio la noticia que me destrozó el corazón. Dardo había cambiado de colegio, los viejos lo habían inscripto en uno de escolaridad doble, en la zona norte de la ciudad, al parecer, porque querían para él una mejor preparación para la universidad. Le extrañó que yo no lo supiera y no supe qué decirle. Sí supe, en seguida, que todo eso era una mentira grande como mi propia estupidez y ceguera.
Su ausencia me regresó al mundo seguro. Juanjo se convirtió en mi mejor amigo, y a papá él le caía muy bien. Frecuenté los innumerables bailes y fiestas, salí con muchas chicas, y no me costó nada hacerme de mi primera novia. Qué curioso. De ella, ahora me doy cuenta, recuerdo apenas su cara, su nombre se me había borrado.
No tuve tiempo para nuevos duelos. Sintiéndome un Ennis del Mar sin rumbo, a toda prisa me vestí con mi peor sweater y pantalón de gimnasia y salí hacia el alquiler de videos. Después caminé a la deriva, soportando el peso de mi alma quebrada. Todo a mi alrededor se me antojaba agresivo y conspirador. Cuando volví a casa, Cecilia y los chicos ya habían llegado. Su abrazo caluroso y sus chillidos de alegría disiparon el empecinado torbellino que me acorralaba.
Pero sólo por un corto tiempo.
Continúa

viernes, 29 de junio de 2007

Nadie te amará como yo - Tercera parte


Enfilamos de regreso a la casa cabizbajos y sombríos. Una llovizna persistente y muy molesta me obligaba a pestañear continuamente. Me sentía invadido por una extraña desazón mezclada con una ira descomunal hacia el papá de Dardo, y mi mente, muy ingenua todavía, trazaba planes de venganza alocados pero proyectaba también fantasías que me estremecían. Muchas veces me parecía que mi amigo era capaz de leer mis pensamientos, porque en el medio de mis cavilaciones se dio vuelta delante mío y me guiñó un ojo con una picardía diferente a la de nuestra acostumbrada complicidad.
La madre nos esperaba fumando nerviosamente en la galería y, no bien pudo apreciar nuestro, a su modo de ver, escandaloso aspecto, se deshizo en gritos, recriminaciones y amenazas y nos ordenó bañarnos y ponernos ropa seca de inmediato. Un obediente Dardo desapareció dentro de la casa antes de que ella terminara con su diatriba.
- Se puede saber qué esperás vos para hacer lo que acabo de decir? - se interrumpió para espetarme con desdén. La miré con fijeza temerosa y luego, tragando mi pisoteado orgullo pero detestándola con todo mi ser, entré en la casa. Alcancé a ver a Dardo metiéndose en el baño, completamente desnudo. Como si el día no me hubiese deparado sorpresas suficientes, con preocupación sentí cómo mi corazón daba un salto al verlo así. Aunque nos habíamos hecho inseparables y compartíamos casi todo, hasta el momento la propia desnudez era algo desconocido para los dos. Mi cuerpo había cambiado tanto en tan poco tiempo que, a la manera de los animales que mutan su piel y se esconden hasta que no termina el proceso, evitaba desesperadamente las situaciones en las que debía desvestirme. Todo había crecido sin mi control, el pelo había aparecido por todas partes, y ciertas emociones y elucubraciones me asustaban. La mayoría de los chicos de la clase no había experimentado aún esa repentina transformación y algunos me miraban raro, creo que con cierta envidia, que me hacía sentir no como un precursor sino como Hulk o alguien parecido. Por esa razón, jamás me duchaba después de las clases de gimnasia en el colegio. La desnudez era, para mi, un terreno que no me atrevía a pisar en público, empujado por un exagerado sentimiento de vergüenza que, después me di cuenta horrorizado, ocultaba el verdadero miedo que me forzaba a actuar de esa manera.
Temblando ligeramente porque había comenzado a sentir frío, preparé la muda de ropa que había llevado y esperé mi turno junto a la puerta del baño. Dardo salió con una toalla anudada a la cintura y con otra se sacudía el pelo dejando un ligero aroma a crema de enjuague en el aire. Me deslicé dentro sin mirarlo demasiado y me dejé llevar por la suave caricia del chorro de agua caliente, que de a poco fue calmando un nerviosismo no tan inexplicable como inquietante. Cuando salí del baño en la casa reinaba el silencio. Fui hasta la habitación a terminar de secarme y de detrás de la puerta Dardo saltó sobre mi lanzando un alarido que me puso la piel de gallina y me hizo gritar poco hombríamente. Se colgó de mi cuello y trepó sobre mi espalda moviéndose como si yo fuese un caballo, riendo desaforado.
- ¡Pelotudo! ¿Querés que tus viejos nos griten de nuevo?! - Le grité enojado.
- ¡Te cagaste todo, qué boludo! - Me dejó libre y agregó, sugestivamente. - No están, se fueron al pueblo a hacer un llamado y comprar medialunas para el té.
Al girar y verlo con el toallón aún anudado a su estrecha cintura y el torso desnudo pude sentir la sangre circular a mayor velocidad por todo mi alterado ser. Me ruboricé y fingí ocuparme de ordenar mis cosas, inusitadamente entusiasmado.
- Mirá, boludo, tengo casi más que vos ya. - me susurró cerca del oído, y mi corazón dio un vuelco. Con los brazos abiertos sosteniendo los extremos del toallón, exhibía triunfal un lacio y poblado vello púbico coronando su miembro. - Y mirá, en el culo, también.- Me dio la espalda mientras el bendito toallón caía al piso, descubriendo un trasero pequeño, pero muy redondo y tapizado por un manto de pelitos cortos y claros. Dio unos pasos meneándolo graciosamente para que lo apreciara y se volvió hacia mí. - ¿Qué tal?... - y exclamó, señalándome, satisfecho - ¡Ves, boludo, a vos también te pasa!
Fruncí el ceño, rojo como un tomate. Sus ojos apuntaban a la bragueta de mis pantaloncitos cortos, los seguí y divisé, consternado, que una forma vergonzantemente piramidal se alzaba allí, acusadora, y la punta de mi miembro asomaba por entre los pliegues de la tela. Me escudriñó mientras sus manos comenzaban a recorrer mis costados lentamente y percibía el intenso y cautivante calor de su cercanía. Su aliento, levemente agitado, olía a menta y a una fragancia peculiar, tibia y húmeda. Una parte mía quería huir despavorida, pero no respondió a ese deseo, afortunadamente. Cerré los ojos, dócil, en el momento en que sus labios se posaron sobre los míos acariciándolos con una suavidad indescriptible, que me llenó de un placer tan nuevo como fascinante. En algún momento del que no tuve noción alguna, la camiseta que llevaba puesta se separó de mi para terminar en el piso y permitirme la tierna sensación de sentir su pecho y su abdomen firmes sobre los míos. Había fantaseado una y mil veces con el roce de otra piel sobre la mía, e imaginado su efecto en mis cada vez más adictivos jugueteos al abrigo de la protectora privacidad del baño de casa. En nada se parecía eso a experimentar la sensación real de la tersura de las manos de Dardo envolviéndome como una frazada tibia.
Su lengua separó mis fruncidos labios acabando con la tensión que los mantenía ridículamente sellados. Jugó y se enroscó con la mía, que de manera repentina cobró vida propia, mi boca se llenó de su saliva y recuerdo que no me gustó. Pretendí querer separarme de su amarradura, pero enseguida me dejé llevar por lo que, me di cuenta ahora, había deseado con avidez. Ansiosamente, mis manos se deshicieron de mis pantaloncitos, que se deslizaron hasta mis pies y salieron despedidos por los aires con una patada sutil. Nuestros miembros, tiesos y húmedos, se encontraron estrechándose con pasión para enfrascarse en una fricción desesperada. Mis manos, indecisas, se habían aferrado a su espalda y luego descendieron tímidamente hasta sus nalgas suaves y frías y allí, confiadas del paso a seguir, se manejaron diestras, como en campo conocido. Reprimiendo un rechazo combinación de pudor y curiosa ansia, hurgué en el espacio intermedio con mis dedos mayores, mansamente. Dardo emitió un profundo quejido y sentí su mano sobre la mía empujarlos más profundamente.
- Dardo, qué estamos haciendo, boludo? - Murmuré débilmente sin lograr detenerme.
Su mano libre me tomó de la barbilla y en susurros me dijo: - Algo que hace mucho quería, Rodri... - hizo una pequeña pausa - ... queríamos, o no?
- Yo, no... sos... sos mi amigo, y... no, nunca... - Balbucée lo que ni yo me creía.
- Si no fuésemos lo amigos que somos, nunca lo hubiéramos hecho, Rodri... ¿O acaso no te gusta?
Sus ojos contemplándome, recuerdo, terminaron por hechizarme y todo lo que me rodeaba, todo lo que hasta ese glorioso momento consituía mi deseable y supuesta vida de macho varón desapareció por completo y sin que eso me afectara me zambullí apasionadamente en sus labios brillosos y sedientos. Terminamos yaciendo sobre la cama, él sobre mi, su mano envolviendo mi miembro a un ritmo embriagador, susurrando todo el tiempo las dos primeras sílabas de mi nombre, respirando agitado, y mis dedos acariciando su interior cálido y esponjoso, besándonos, llenos de la saliva del otro. En segundos Dardo se sacudió plácidamente, como queriendo hundirse en mi, liberando el mismo torrente tibio y espeso que yo. Agotados, y extasiados, no sé cuánto tiempo habremos permanecido acurrucados, su cara contra mi pecho, nuestras manos aferradas, las piernas entrelazadas. El sonido metálico de las puertas del auto cerrándose nos hizo reaccionar súbitamente, y, salimos despedidos como misiles tierra-tierra, yo hacia el baño con la ropa que pude atrapar, hecha un bollo, y Dardo a deshacerse de las huellas de nuestra reciente experiencia. Mi corazón latía desbocado mientras me limpiaba sonriente. Escuché las pisadas del padre rumbo a la habitación, luego saludar a Dardo y preguntarle dónde estaba yo. Un lejano "¿qué es eso?" inquirido por su voz resonó en alguna parte de mi consciencia, pero no le di importancia, yo estaba demasiado aborto contemplando mi cara de felicidad reflejada en el espejo.

martes, 26 de junio de 2007

Nadie te amará como yo - Segunda parte




Antes no lo creía, o directamente no reparaba en ese tipo de cosas. Ahora me sorprende, y en muchas ocasiones me asusta ver cómo, ciertos hechos, pequeños e insignificantes a simple vista, desatan toda una serie de acontecimientos encadenados entre sí de tal manera que, vistos a distancia temporal, se pueden deducir como una asombrosa señal de que aquello que tiene que ser, será, hagas lo que hagas para ocultarlo o negarlo. Algo así como una fuerza invisible con un poder extraordinario que lucha y no se detiene hasta hacerse real, y que te atrapará, no importa cuánto hagas por distraerla o a qué ardides recurras para camuflarte allí a donde hayas huído a negarla.
Supongo que sería diciembre, un par de semanas antes de la conversación con mi padre. Los viejos de Dardo tenían una casa de fin de semana en la zona de Escobar, próxima a un arroyo serpenteante muy quieto y marrón. Me invitaban de vez en cuando y cuando eso ocurría me sentía feliz, o lo más parecido a esa palabra, porque yo amaba ir allí. Los dos éramos muy fantasiosos, cada experiencia diferente que vivíamos nos parecía una aventura, cada riesgo un peligro mortal, y eso nos acercaba y nos hacía añorar la presencia del otro. Teníamos mucho de niños todavía, aunque ya el vello nos había crecido por todo el cuerpo, a mi más que a él. Dardo era único hijo, consentido y centro absoluto del universo familiar, lo cual me fastidiaba con frecuencia, aunque él no lo demostrara conmigo. Sus viejos jamás me gustaron demasiado, supongo que yo a ellos tampoco, si no jamás hubieran escatimado las invitaciones a esos fines de semana tan deseados por mi como lo hacían. Dardo me había comentado alguna vez que le habían dicho que se cuidara, porque creían que yo le estaba metiendo ideas raras en la cabeza. Qué gracioso, si hubiesen sabido la verdad. Con Dardo lo de "de tal palo, tal astilla" no se cumplía. Era lo opuesto a ellos en muchos sentidos, pero eso, ellos lo ignoraban, y a mi me encantaba que fuese así.
Ese día era muy gris, y me extrañó, pero celebré desde luego, que fueran igual a Escobar. La casa con techo a dos aguas se encontraba al final de una calle de tierra que terminaba en un campo enorme, lleno de cardos, arbustos, arbolitos y hormigueros, los cuales investigábamos con curiosidad científica y algo morbosa. Aquel imborrable día, después de almorzar, Dardo anunció que iríamos hasta el almacén por algo dulce. Recuerdo que la pesada de su madre me miró con odio mientras intentaba, suavemente, disuadirlo. A través del gran ventanal el cielo gris violáceo confirmaba que llovería en cualquier momento. Dardo no le dio tiempo a reaccionar, salió corriendo, y yo tras él, al tiempo que le gritaba que volveríamos enseguida. Rodeamos las casas de enfrente, para engañarlos por si vigilaban nuestra huida, y, saltando la alambrada, ingresamos al campo, riendo y gritando como forajidos. Caminábamos hablando tonterías cuando, a un trueno que nos estremeció, le siguió una lluvia torrencial que en cuestión de segundos nos empapó de arriba abajo. Mis piernas se movieron ágiles siguiendo a Dardo, que había salido disparado y, hábilmente, esquivaba a toda carrera unas plantas enormes y amarillas que abundaban por todo el campo. No corría en dirección a la casa, sino, según divisé por encima suyo, hacia una especie de torreta abandonada que, brumosa, se erguía cercana en uno de los tantos recodos del arroyo. El suelo ya se había convertido en un inmenso lodazal pegajoso atravesado por pequeños surcos de agua correntosa. Sorprendentemente, pude frenar a tiempo cuando de pronto Dardo aterrizó de bruces tras patinar en una hendidura. No reí, sino que me desgañité, y, ahogado por mis ruidosas carcajadas, trastabillé y fui a dar de traste a un charco a mis espaldas. Al verme, Dardo rompió a reír también con esa risa contagiosa, aguda, que mostraba sus dientes parejos y muy blancos y que tanto me gustaba. Nos levantamos, completamente embarrados y sin parar de reír, dándonos la mano, y caminamos a paso ligero hasta la torreta. Alguien utilizaba ese lugar como refugio para pescar o algo así, porque adentro había trozos de cartón, papeles y envases viejos. Extendimos un trozo grande de cartón sobre el piso y nos sentamos. Nos miramos, cómplices y estallamos en carcajadas nuevamente al ver nuestro aspecto. Dardo era apenas más bajo que yo, de cabello castaño claro muy lacio y llovido, algo que siempre le había envidiado porque jamás se despeinaba, así arreciaran los vientos más huracanados. En aquellos tiempos, el pelo se había convertido en un tema muy importante, y yo debía luchar denodadamente, y en todo momento, por darle a mis indomables rulos oscuros una apariencia más o menos aceptable. Cuando lo conseguía, debía evitar a toda costa cualquier corriente de aire que pusiera en peligro mi trabajo de horas frente al espejo en el baño de casa. Jamás abría las ventanillas de ningún vehículo en los que me tocara viajar, ni aún en el sofocante calor del verano. Qué ridículo. Ese día no había chicas presentes, así que no me importó en absoluto cuando Dardo, entre lágrimas y agarrándose la panza me gritó entrecortadamente que se me había desarmado la peluca. Festejé la ocurrencia riendo más y revolcándome sobre mi espalda. Cuando calmaron las risas recuerdo que giré la cabeza hacia él y quedamos mirándonos, ya no divertidos o chistosos sino cómplices de algo difícil de definir, que yo intuía se estaba cerniendo sobre nosotros poco a poco. Sus labios esbozaban una semisonrisa y sus ojos me contemplaban con intensidad y con algo que, para mi espanto, detecté como deseo. Asustado y fascinado a la vez, el descubrimiento me obligó a rechazar sus ojos y mirar en dirección a la entrada.
- Parece que está parando... - comenté con forzada naturalidad.
- Msí... - observó el cielo gris furioso y sin mirarme, como al pasar, me dijo: - Rodri, vos te hacés mucho la paja?
Enrojecí a la velocidad de los relámpagos que encendían el horizonte de tanto en tanto. Sentí como si su pregunta me hubiese vuelto transparente y pudiera ver todo de mí. Me chocó. Pero debo confesar que también me fascinó su desenfado. Como la turbación me impidió responder se volvió hacia mi y me miró fijamente.
- Yo sí. Muchísimo.- Y, sugerentemente, siguió.- Casi todos los días. Y sabés en quién pienso mientras lo hago?
No necesité de espejo para representar la peor cara de pánico posible frente a lo que estaba seguro iba a escuchar de su boca.
- En vos, Rodrigo. - Dijo sin que le temblara la voz. - Sólo en vos.
- Ah... - conseguí pronunciar mientras tragaba sonoramente.
- A vos no te pasa lo mismo? - Sus ojos ansiosos ahora me escrutaban sin dejarme escapatoria. Se me acercó en un movimiento felino y sutil. Yo me sentía incapaz de moverme, aturdido como si alguien de pronto hubiese arrojado una poderosa bomba alrededor nuestro. Mi boca se abrió finalmente pero no pude llegar a modular sonido alguno porque un grito seco nos heló la sangre.
- Dardo, estás ahí? - No fue necesario contestar, la cabeza de su padre cubierta por una ridícula capucha amarilla ya se recortaba contra el fondo en la entrada de la torreta. - Pero, son inconscientes ustedes dos? Cómo se les ocurre...? - No terminó la frase, me clavó la mirada fulminándome. - Háganme el favor de salir ya de ahí adentro! - nos ordenó con furia. - Cuando te vea tu madre en el estado en que estás... Caminá, por favor. - Se dirigió a él pero a quien empujó fue a mi. En ese preciso instante confirmé lo que ya pensaba: qué poco le importaba yo a su padre. Me dolió, creo, no tanto su evidente indiferencia sino la convicción en sus ojos y sus palabras de que había sido yo el autor de la travesura.
Lo que ocurrió después borraría de un plumazo ese sentimiento, y traería otros, tan desconocidos como perturbadores de mi, hasta ese momento, serena adolescencia.
Continuará.

viernes, 22 de junio de 2007

Nadie te amará como yo - Primera parte


Todo ocurrió tan de repente que muchos de los hechos se entremezclan y se me vuelven confusos. Recuerdo claramente, sin embargo, esa fría noche de otoño de un año atrás. No había conseguido parar de temblar aún bajo la gruesa frazada que me envolvía, me había preparado un té pero no lo había probado. Sentí la humedad levemente fría sobre mis mejillas cuando al conseguir tragar pestañée, y un inesperado caudal las bañó. Mis manos no se movieron, por lo que el profuso cauce de lágrimas descendió libre y ágilmente por mi cuello. Líneas de letras, borrosas, desfilaban sobre un fondo negro, mientras afuera una llovizna tímida golpeteaba el marco de la ventana. Mi mente, involuntariamente, a diferencia de la parálisis que dominaba todo mi cuerpo, captó con la claridad que me era esquiva en esos días, algunas palabras de la canción que interpretaba Willie Nelson. Y fue sólo cuando las comprendí cabalmente que rompí a llorar. Cuánto tiempo llevaba sin hacerlo? No llevaba la cuenta, pero seguro era mucho, supongo que desde el nacimiento de Clarita. Y ni aún en ese momento, glorioso para mí, había llorado de la manera que lloré esa noche. Recuerdo que me había asustado de mi mismo, al descubrirme haciéndolo como un chico, gritando, luego enmudeciendo, ahogado de pena y dolor, entendiendo la diferencia.
Descubrirme, exactamente eso, a mis treinta y siete años. Recién a mis treinta y siete años. Lo habría intentado antes, al menos, alguna vez? No tenía registro alguno, pero ahora sabía bien la razón. La vida, entonces, había tomado nota y actuado en mi lugar, porque en el curso de un par de meses los acontecimientos me habían obligado a ver lo que nunca me había atrevido siquiera a mirar de reojo.
Esa misma tarde cómo me había odiado en el local de alquiler de películas. Mi corazón latía como si con lo que iba a hacer fuese a perder la vida, o algo muy preciado, y por más que daba vueltas aparentando mirar distraídamente la infinidad de títulos en los estantes, no lograba calmarlo. El lugar estaba colmado de gente y nadie reparaba en mis actos, pero eso no conseguía disipar mi incomodidad. Una fastidiosa rubia de pelo lacio le leía, uno a uno, a viva voz, los títulos infantiles a su hijo y éste le espetaba un insorportable "¡no me gusta!". En otra circunstancia hubiese sonreído, comprensivo, ahora me fastidiaba enormemente. No sé cuánto tiempo demoré en decidirme, pero fue demasiado considerando que sabía perfectamente lo que había ido a buscar. Hacía días que no tenía otra idea en la cabeza. Ese sábado me había armado de coraje en virtud del viaje de Cecilia y los chicos a Tandil. De otra manera, dudo que lo hubiese hecho. Qué imbécil. Tomé la última de las Misión Imposible luego de fingir que leía detenidamente la trama en la caja original y, raudo, atrapé la que moría por ver y la escondí abajo. Transpiré estúpidamente mientras esperaba que el muchacho me atendiera, y no me salió la voz para corresponderle cuando me saludó amablemente. Tomó las dos cajas y sin dejar de mirar el monitor de la computadora me consultó:
- Muy bien, entonces... te llevás Misión Imposible tres y... Secreto en la Montaña, Rodrigo...
Cuando me miró para confirmarlo yo ya había enrojecido furiosamente. Por el rabillo del ojo detecté, pegada a mi, a la rubia de pelo lacio y su hijo que se había decidido por una película justo en ese maldito momento. Asentí, turbado y deseando desaparecer por completo de allí. Mi mano tembló ridículamente al pagarle, tomé las películas y me marché groseramente, atropellando a un hombre antes de llegar a la puerta. Corrí las dos cuadras que me separaban de casa, dominado por una vergüenza y un nerviosismo espantosos, preguntándome el por qué de tamaña idiotez, de semejante vergüenza. Llegué con un estremecimiento que no conseguí calmar sino hasta el final de la película. Entonces, todo cambió y cobró sentido. Uno muy profundo y terrible para mí. Tomé el control remoto y busqué el menú de escenas. Con el rostro quedo, contemplé una y otra vez los besos, el encuentro íntimo en la carpa, todas las escenas que, lejos de rechazar, me arrebataron de una forma que se me hace imposible explicar con las palabras adecuadas. Lloré nuevamente, ahora sin que me importara tanto. Me detuve cuando se me ocurrió que dañaría el dvd, o que tal vez lo notaran en el local de alquiler. Mi cabeza daba vueltas, se me ocurrían millones de cosas a la vez, episodios pasados, fantasías reprimidas, deudas varias se agolparon luchando por imponerse y hacerme perder la poca cordura que me quedaba. Decidí volver a verla entera, pero antes de que terminara me quedé profundamente dormido. Recuerdo haber soñado esa noche con Pablo, por primera vez, de una manera diferente a las anteriores. Reíamos ingenuamente, al salir del gimnasio, como hacemos con frecuencia, con nuestro cabello húmedo, oliendo bien, a lavanda o alguna fragancia semejante. La calle no era tal, sino un sendero que atravesaba un campo de hierba crecida que se movía con el viento. El sol brillaba en su cara y su sonrisa, esa que me fascinaba en él, era aún más blanca en la luz diáfana. De pronto estábamos los dos desnudos, y lo miré, no como suelo hacer en el vestuario sino directa, insinuadamente. El verlo sin ropas, la piel pálida, su mirada cómplice, pícara, me llenaba de alegría y un entusiasmo desconocidos en mi. Comenzamos a golpearnos y empujarnos como niños hasta que me abrazó para derribarme y caímos al suelo, suavemente. Sin mediar nada, enseguida me encontré yaciendo boca abajo sobre él, nuestros labios unidos, nuestras pieles frotándose, haciéndole el amor con paciente ternura. Eyaculaba cuando desperté plácidamente. Miré mi pantalón pijama manchado. Un sueño húmedo, a mis treinta y siete años. Miré en derredor mío. Ya era de día, y el sol iluminaba tenue a través de un cielo encapotado. Me incorporé aturdido, sintiéndome inmensamente triste. Contemplé absorto la vista a través de la ventana, observando ingenuamente que afuera todo seguía igual, nada había cambiado en absoluto, un mundo indiferente y gris transcurría ajeno a mis procesos internos. El televisor repetía una y otra vez la música de la película y las imágenes del menú principal. No lo apagué. Tropezando con casi todo lo que encontré en el camino, fui al baño a asearme. Me detuve frente al espejo. Mi propio reflejo me inquietó. Durante mi pesado sueño algo había hecho las pequeñas arrugas que surcan mis ojos más profundas, más marcadas. Los contornos de mis mejillas se habían hundido, y el incipiente gris de mis revueltos cabellos oscuros se había aclarado y abundaba por toda mi cabeza. Los treinta y siete años que cargaba me saludaban burlonamente ahora. Miré fijamente mis ojos algo enrojecidos y acuosos. Los atravesé afanosamente, buscando más allá del iris. Encontré allí un leve brillo que no había visto jamás, destellos de ternura sin encarnar, que me resultaban extrañamente familiares, filamentos de pasiones reprimidas, o algo parecido. Repentinamente, algo insospechado, una suerte de plan tramado por la vida que omití, me había arrancado de mi cotidianeidad, de una vida previsible y sin complicaciones mayores, casi segura, diría, que no había dudado nunca en elegir, porque hasta ese momento siempre había estado convencido de que no había opciones, ni las habría.
La imagen de la mirada de mi viejo se me apareció como un refucilo de esos que nos aterrorizaban de chicos en la playa. Tendría yo unos quince o dieciseis años y estaba por salir a buscar a Dardo, como casi todas las tardes de esa adolescencia eterna. El venía poco a casa, nunca le pregunté por qué, se había dado así, naturalmente según mi parecer, que fuera yo el que pasara siempre por la suya. Esa tarde comprendí la verdadera causa. Mi papá me llamó aparte, cuando pasaba sigilosamente, a la habitación que llamábamos escritorio, porque ahí se ocupaba de sus asuntos o leía. Tragué saliva ruidosamente cuando me pidió que cerrara la puerta y me sentara. Siempre había sido severo y exigente, pero raramente me había hablado en privado, y, cuando lo había hecho, siempre había sido con mis hermanos presentes. En realidad, supongo que antes no lo había necesitado, mi vieja había oficiado en todo momento de vocera de su pétrea voluntad. Me taladró con sus ojos oscuros y directamente me dijo:
- Otra vez vas a lo del maricón ese vos?
Puedo imaginar mi cara desencajada y el salto que esa maldita palabra me hizo dar como si en aquel momento incómodo hubiera estado viéndome desde fuera. Sentí tanto miedo que no pude articular palabra alguna, y, al mismo tiempo, tanta furia que me dieron unas ganas enormes de golpearlo sin piedad.
- A lo del marica ese no vas más, me entendiste? No quiero enterarme, bajo ningún concepto, que lo seguís frecuentando. Está claro?
No me moví, mi corazón latía desbocado. Pensé que rompería a llorar si hablaba, así que luché con todas mis fuerzas por contenerme.
- Está claro, carajo?!! - gritó fuera de sí, sin dejar de atravesarme con sus ojos llameantes.
Me limité a asentir lentamente, puteándolo y maldiciéndolo por dentro, paralizado por el terror que sentía.
- Y ahora tráigame un té con limón, rápido. - me ordenó satisfecho, mientras volvía a los papeles que leía.
Me sentí ridículo, avergonzado, poco hombre y unas cuantas cosas más al dirigirme a paso apurado a la cocina. Puse agua a calentar sintiendo una mano tibia apoyada en mi hombro. Me di vuelta y encontré a mi abuela Elba guiñándome uno de sus ojos siempre chispeantes y sonriendo compasiva. Sus dedos atajaron dulcemente las lágrimas que, contra mi voluntad, se precipitaban por mis mejillas. Me atrajo hacia sí para abrazarme y, apoyando su cabeza en mi pecho, me dijo:
- Hoy piensa eso, mañana vas a ver que no.
El calor de mi abuela era tranquilizador pero no logró apaciguar mi estado. Nunca entendí por qué me conformé, por qué jamás quise saber la razón de la orden de mi viejo, y, lo peor, por qué la acaté de manera implacable. En realidad, nunca quise entender.
No volví a hablar con Dardo después de ese penoso día, y, extrañamente, él jamás me preguntó nada. Tarde me di cuenta de que no lo necesitaba, oportunamente lo había leído en mis ojos esquivos cuando nos encontramos por casualidad en la librería del barrio.
Continuará.

viernes, 1 de junio de 2007

Marcas

Misteriosamente, ciertos hechos del diario vivir nos transportan a vivencias del pasado, algunas olvidadas, otras no tanto. Y esos recuerdos se encadenan con momentos del presente, se funden y retroalimentan y nos permiten rearmar y tener una mejor perspectiva del rompecabezas que constituye la vida de cada uno. A la distancia, la marca dejada por Brokeback me hizo reflexionar sobre otras marcas, aquellas de cuando era un niño y no alcanzaba a comprender la verdadera dimensión de la profundidad de ciertos aspectos de la vida, tal vez porque los aceptaba con naturalidad o no había nada que pensar entonces, no estoy muy seguro.



Una revista que devoraba con ansioso placer en aquellos años, la legendaria Billiken, me brindó la oportunidad de conocer un personaje que se convirtió en el favorito de mis tantos héroes de entonces. Con él vi plasmada mi sed de aventura, de viajar por el mundo, de hacer amigos donde quiera que fuese, de vivir a corazón batiente. Tintín reflejó en cada cuadrito, en cada página, como ninguno, la clase de vida que quería tener. El descubrir cada uno de sus libros, que mi madre nos compraba muy de cuando en cuando a mi hermano y a mí, era un festín inigualable, una travesía por un mundo fascinante que creía posible y cercano. Sus aventuras lo llevaban siempre lejos, a regiones inexploradas, bordeando riesgos enormes, desentrañando enigmas, enfrentando maleantes y bandas de delincuentes, haciendo justicia por doquier, con un excelso sentido del bien y el respeto, del deberse al otro, sin importar costos ni sacrificios. Todo un paladín, un héroe ejemplar, un boy scout.



Una de sus aventuras tatuó indeleblemente mi corazón algo débil e inocente en aquellos días de alegría irresponsable. Tintín en el Tíbet resume con exquisita sensibilidad e increíbles dibujos, que admiraba fervientemente y trataba de imitar trabajosamente con trazos y líneas inexpertas, los elementos esenciales para una de las más bellas historias que haya leído o visto jamás:





Un amigo entrañable viaja para encontrarse con él en Europa desde China, pero el avión se estrella contra un pico en los Himalayas. Un sueño vívido le revela a Tintín que su amigo Tchang sobrevivió al accidente y espera que lo rescate. La historia relata las innumerables peripecias que debe enfrentar hasta llegar, finalmente, al lugar donde el avión se estrelló, acompañado por su fiel perro Milú, su amigo el capitán Haddock y el guía sherpa, Tharkey, ya que los demás integrantes de la expedición huyen despavoridos al encontrarse frente a frente con las huellas del abominable Hombre de las Nieves.
Ni el ver allí confirmados los pronósticos de todos aquellos que se oponían a su pálpito de hallar a Tchang en medio del frío atroz y la desolación abatieron el indómito y tesonero corazón de Tintín, pues señales concretas, una bufanda enganchada en la piedra entre ellas, alimentaron y fortalecieron su espíritu intuitivo para continuar la riesgosa búsqueda. Una tormenta furiosa barre con las pocas fuerzas restantes y Tintín acepta lo imposible de su meta. A punto de partir del monasterio donde se habían recuperado él y sus compañeros, en pleno Tíbet, un monje Lama que tiene visiones mientras levita ve a Tchang débil, enfermo y en poder del Migou, el Yeti. Guiado por semejante revelación, una vez más, Tintín emprende, esta vez solo, el viaje hasta la gruta en la montaña Ojo de Yack. Encuentra allí a Tchang volando de fiebre pero vivo... Adivinen quién lo había abrigado y alimentado todo ese tiempo y quién lloró cuando partió con Tintín y Milú?

Esta inolvidable historia está llena de magia, amor y redención, convirtiéndose en un himno para aquellos que, guiados por su espíritu, actúan y viven con convicción soportando los más duros y agoreros vendavales, además de honrar y celebrar la amistad y su verdadero significado.


Entrando ya en la preadolescencia vi en el cine una película que jamás olvidé: Lollipop, amigos inseparables. Recuerdo caminar de regreso a casa con mis hermanos y unos amigos de ese entonces en absoluto trance. No podía dejar de pensar que alguien había filmado la historia que, descubrí fascinado, siempre había querido ver, el relato que simbolizaba los sentimientos y emociones, secretos e ingenuos, y hasta algo utópicos, desde ya, que gobernaban mis actos en esos tiernos días. Y con eso, también, la triste confirmación de que el mundo real que me esperaba sería muy distinto al que soñaba... Aquel verano en casa de mis abuelos en la Patagonia volví a ver la película, creo, unas cuatro o cinco veces más, gracias a que el dueño del cine era un sobrino de mi abuelo, así que asistíamos a las funciones la cantidad de veces que se nos antojara. Extrañamente, o no, tanto mi hermano como dos amigos, compañeros de andanzas y travesuras y vecinos de mis abuelos, jamás se opusieron a mis enormes ganas de ver la historia una y otra vez...




En la lejana Sudáfrica, más precisamente en Lesotho, un niño negro, llamado Tsepo, y uno blanco, huérfano, Jannie, se hacen amigos inseparables. Un accidente durante un juego obliga a Jannie a trasladarse hasta EE.UU. para ser operado con urgencia. Durante su estadía allí, familiares de sus padres se ponen en contacto con él, pero una vez recuperado, éste vuelve al colegio donde vivía en Africa. Tiempo después, sus parientes aparecen allí dispuestos a llevarse al niño con ellos. Jannie y Tsepo se enteran de esto y deciden huir a donde no pudieran encontrarlos. Así llegan hasta las montañas donde el frío los obliga a refugiarse en un estrecho agujero entre las piedras. Jannie no estaba curado por completo aún, y tanto él como su entrañable amigo recordaban que los médicos les habían advertido que las bajas temperaturas podían poner en peligro su vida. Comienza a nevar, el tremendo frío adormece a Jannie. Tsepo decide desnudarse para cubrir con su ropa a su amigo y así darle el calor que necesita. Recuerdo no haber derramado una lágrima pero si sentir mi garganta fuertemente anudada cuando las imágenes que siguieron a esas escenas mostraron una pradera verde donde, bajo un cielo gris y una lluvia persistente, tenía lugar un funeral. Entre el grupo de gente que lloraba con desconsuelo se encontraba Jannie, con la cabeza gacha y escoltado por sus familiares norteamericanos.

Semanas atrás decidí navegar la web rastreando datos de ésta, para mi, bellísima historia. Para mi sorpresa, encontré mucho más de lo que esperaba, ya que la industria cinematográfica sudafricana no ha sido muy extensa y E´Lollipop (ese es el nombre original) es uno de sus productos más representativos. Lo más lindo fue saber que Norman Knox (nunca olvidé sus nombres reales), el Jannie de la historia, decidió localizar a Muntu N´dbele, Tsepo, del que había perdido todo contacto, pero sabía que después de convertirse en estrella local había llevado una vida de excesos, droga y delincuencia. Le llevó más de dos años dar con él, convencerlo de volver y darle la ayuda que necesitaba. Se reunieron recientemente en una conmemoración en Cannes, treinta años después del estreno de la película, en 1975.




Ah, aquellos días en que todo parecía posible y el mundo era tan fantástico! El tiempo aquel cuando aún no se tiene una idea cabal de lo oscuro en la naturaleza humana, de la magnitud de los errores que se cometerán, del tiempo que habrá que esperar... de todo cuanto hay aún por saber, por experimentar, por llorar, por arriesgar, por errar, por celebrar, por vivir.

Y, sin embargo, de algo estaba muy seguro en esa niñez culposa y anhelante. Dos historias sublimes me lo habían demostrado. La clase de vida que ya había elegido iba a vivir era posible. No sería nada fácil, de hecho, resultaría ser mucho más difícil de lo que hubiese podido imaginar. Las distancias a recorrer serían enormes, los riesgos a sortear, innumerables, los puentes a construir requerirían de toda la ingeniería humana posible y más, los accidentes me harían tambalear y caer malherido, las esperas serían muchas veces torturantes, matadoras casi. Pero había un deseo. Un ferviente deseo. Y cuando éste se pone en marcha, en mi caso, es muy difícil que se detenga hasta concretarse. A medias, por un tiempo corto, da igual. Así funciona conmigo.

Fueron muchos los deseos que, gestados en mi niñez, se hicieron realidad. Los medios para que resultara así, fueron una verdadera aventura, algo así como una historia digna de ser filmada.